Un hackeo a la Operación Bikini

Redacción 11/01/2022 - 00.30.hs

"Soltar la panza apela a soltar la incomodidad de estar apretada, soltar los discursos de odios sobre nuestros cuerpos y, reconocernos como somos ocupando el espacio material que ocupamos", explica Lala.

 

* VICTORIA SANTESTEBAN

 

En octubre de 2021, la campaña "Hermana Soltá la Panza", iniciada por Lala Pasquinelli desde la cuenta de Instagram @mujeresquenofuerontapa, inauguraba su quinta temporada, pero esta vez la propuesta era superadora: el hackeo a la operación bikini en su versión 2021-2022 invitaba a usuarias a participar de la maniobra emancipadora, posteando fotos de sus panzas, tan alejadas de las promocionadas en la red social.

 

Este verano, soltar la panza es lema feminista viralizado, con fotos de más de 4.000 usuarias de cuerpos desatados de la orden hegemónica de belleza lánguida. Contra el mandato opresivo de meter la panza, por fin soltarla para librarnos de los corsets ensimismados en que ocupemos el menor lugar posible.

 

Hackeo.

 

La propuesta de soltar las panzas recupera las bellezas contrahegemónicas que rara vez vemos en la red social popularizada por mostrar vidas lujosamente felices y rostros pasados de filtros. El hackeo a las operaciones Bikini y Llegar al Verano en pleno Instagram utiliza como dispositivo neurálgico de la maniobra disruptiva invadir de imágenes de cuerpos liberados, hartos de la exclusión, la vergüenza y el ocultamiento. Frente al bombardeo de cuerpos de mujeres jóvenes, flaquitas con horas de gimnasio encima, el operativo de desmantelamiento de las órdenes patriarcales de belleza hegemónica ocupa territorio virtual haciéndole frente con igual insistencia fotográfica: con miles de fotos de panzas, piernas, brazos y pieles que nada tienen que ver con la languidez caucásica exigida como requisito de belleza. Una consciencia inaudita del propio cuerpo se estrena en playas, plazas, montañas y patios con pelopincho a partir del lema liberador que invita a deshacernos de mandatos esclavizantes. La campaña impacta en la vida de todas, alivianándola al permitirnos disfrutar del verano: usar bikinis desvergonzadas, comer postres sin culpa y jugar al vóley en la playa con atención plena en el partido, sin preocuparnos por las carnes que se mueven al ritmo de cada jugada.

 

Mandato.

 

El mandato hegemónico de belleza además de capitalista y patriarcal - en tanto cosificante y sostén de la industria cosmética - es por supuesto clasista, racista, capacitista y gerontofóbico. Nos deja afuera a (casi) todas, indefectiblemente. Porque este único modelo de belleza válido, al que las mujeres pareciéramos estar obligadas a aspirar para "valer" como seres humanos, no sólo se agota en pesos livianos, en dietas para que los números de la balanza pesen poquito. Es mucho más exigente. Al cuerpo flaco se le suman pieles tersas, sin marcas, de muñecas plásticas, inmóviles, inertes. Que si quiera registran un rasguño ni años de existencia. Tampoco la orden estética se agota en peso pluma y piel de porcelana, y sigue más allá. Alcanza con exigencias a todos los atributos: dientes relucientes y ordenados, pelos sin canas, piernas sin pelos. Apela a los rasgos caucásicos y admite sólo narices pequeñitas, ojos grandes, blancura.

 

Esther Pineda, quien en 2012 comenzara a hablarnos sobre violencia estética como otro tipo de violencia de género, en su libro "Bellas para Morir", destaca en este sentido que la belleza predominante en occidente ha sido aquella heredada de Europa y posteriormente proveniente de los imaginarios estadounidenses, y que a pesar de los cambios en los estándares de belleza, se mantienen inalterables las condiciones de juventud, blancura y delgadez.

 

Pineda escribe esta semana en Revista Sudestada, sobre las aplicaciones de edición de fotos, casi todas dirigidas a mujeres, para cambiar la imagen corporal -color de piel incluido-. ¡Cómo si no alcanzara con los filtros drásticos de Instagram! Apps que aumentan pechos y altura, afinan cinturas, marcan abdominales, adelgazan el rostro, "corrigen" -sí, las aplicaciones dicen "corregir" como si hubiera algún error- el tono de la piel.

 

La socióloga detecta y denuncia los objetivos cosificantes de blanquear, adelgazar y rejuvenecer para manipular la propia imagen a fin de que, al menos en la realidad virtual, encajar en la categoría de hegemónicamente bella. En la era de la comunicación todavía sexista, por supuesto que soltar la panza en la vida de Instagram -y en la real- es todo un acto revolucionario.

 

Desaprender.

 

Entre los mantras para el adelgazamiento, el blanqueamiento y la juventud eterna que se valen de falsos discursos de autorrealización, cuidado y amor propio, es preciso activar mecanismos para dejar de caer en la emboscada de que la felicidad viene en pocos kilos y la trascendencia en esta vida pasa por ser hegemónicamente bonitas. Mona Chollet advierte sobre ese lugar de preponderancia que ocupa el ideal de belleza establecido, para coartarnos la felicidad y la autorrealización, que termina por reducir la existencia a la apariencia física. Soltar la panza en un mundo que nos inculcó el odio hacia el propio cuerpo -al punto tal de esconderlo y hambrearlo -, es requisito imprescindible para despabilarnos del conteo aburrido de calorías. Para romper el hechizo que nos detiene tristes frente al espejo que nunca refleja la imagen imposible. Soltar la panza para soltar esa tristeza absurda por no cumplir con las expectativas de un sistema opresor. Soltar la panza para soltar la risa alegre al vernos libres.

 

* Abogada, Magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles

 

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