Un mensaje aleccionador
Según las encuestas, y también el sentido común, de las instituciones republicanas, que –pretendidamente— rigen en el país, la peor es la Justicia. Esa apreciación viene desde varios años y abunda en casos de indiferencia, postergación, corrupción, desatención a los preceptos constitucionales y otras irregularidades, innegables y abundantes en ejemplos. De estos uno de los más elocuentes es el de la jujeña Milagro Sala, de cuya injusta prisión se cumplieron diez años recientemente.
Tal como expresara un comentarista político, “nada de lo ocurrido alrededor de Milagro Sala es abstracto. Tiene nombres, cargos y firmas. Tiene fechas, decisiones reiteradas y un objetivo político preciso: disciplinar la organización popular, indígena y territorial en Jujuy y enviar un mensaje aleccionador a toda América Latina”.
Podría decirse que, con lo que precede -y sintéticamente- está todo dicho, y que en semejante proceder, que culminó con la condena a catorce años de cárcel de la dirigente del grupo Tupac Amaru, participaron todas las instituciones del gobierno jujeño, con el gobernador Gerardo Morales a la cabeza. Todo el proceso que la inculpa, pleno de irregularidades por otra parte, aparece como un aleccionamiento de quienes tienen el poder político para aquellos que propugnan otras formas de organizaciones populares, más efectivas y justas, que dirigía una mujer de clara ascendencia indígena.
Semejantes castigos intelectuales y físicos efectivizados a lo largo de más de cuatro mil días, también han ido deteriorando la salud de esta mujer, que debió soportar desde su prisión toda clase de descréditos, a lo que se sumó la muerte de su marido y de un hijo. Ahora, internada en un hospital (con tobillera electrónica, no fuera que se fugue…) es comprensible el deseo expreso que hiciera conocer en una conversación familiar: “A veces no quiero vivir más”. Increíblemente, sobre esta persona emocionalmente desestabilizada y con más de las dos terceras partes de su condena cumplida, el sistema judicial de su provincia vuelve a atacarla generando otras causas.
Aún reducida a esas condiciones, Milagro Sala sigue siendo un problema político porque si ese deterioro de su salud llevara a un deceso reavivaría un caso que en su momento sacudió a la población argentina y demostró, como se señalara al comienzo de este comentario, la ineficiencia de una justicia que inclina su balanza para el lado del poder político.
También una parte del periodismo tuvo culpa en esta vergonzosa situación, al tratar el caso con parcialidad o restarle importancia, haciéndose eco particularmente de las mentiras sobre los bienes materiales de la familia Sala –mansiones y automóviles de alta gama, que nunca existieron- y llevando agua hacia el molino político del gobernador Morales, que fue reelecto con el caso en vigencia. Por cierto que por parte de instituciones democráticas y de derechos humanos ha habido reacciones, tanto en el orden nacional como en el internacional, pero la justicia parece haber agregado una sordera manifiesta a la venda de sus ojos.
Años atrás, al momento de ser enjuiciada, fue la propia Milagro Sala quien con ironía elocuente y dolorosa, evidenció motivaciones para con ella y su gente y, de algún modo, anticipó su futuro al decir: ”Le pido perdón al gobernador Morales por ser negra y coya”.
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