Un sacrificio interminable
La abstinencia del consumo de carnes rojas en Semana Santa es una de las tradiciones católicas más populares. Aunque muchos desconocen razones y significados, es inevitable que cada año más de uno pregunte cuáles son las comidas permitidas, aunque al final casi todos terminan contagiados por quienes ofrecen pescados, cazuelas, tartas de atún y empanadas de vigilia.
De acuerdo con estas creencias, durante la Semana Santa, Jesús fue crucificado y murió por los pecados de la humanidad, ofreciendo su cuerpo y sangre como sacrificio. Esta sería una de las principales razones por las que no se come carne estos días: privarse del consumo de carnes se convierte de este modo en una forma de recordar el sufrimiento de Jesucristo en la cruz.
El ritual de la abstinencia se transforma así en “una manera de ejercer el autodominio de nuestro cuerpo al que tanto le damos”. Sin embargo, la actualidad argentina nos impone otras reglas que impide cumplir a la mayoría –creyentes o no tanto- con estos preceptos.
Cuestiones relativas.
El hábito impuesto por la Iglesia Católica de no comer carnes rojas –principalmente durante el Viernes Santo- terminó considerado como una “condición relativa” , luego de advertir la suba en el precio de los pescados, a cargo de los aprovechadores de siempre que juegan con el crecimiento de la demanda para esta particular fecha. Hasta algún vocero eclesiástico se animó a decir que ante esa alternativa que “los católicos pueden optar por alimentarse incluso con carne vacuna”, asegurando que "nadie se irá al infierno por eso".
Esta declaración podría significar cierto alivio para muchos católicos que han estado aferrados a una rígida liturgia de la Pascua, ya que el pescado viene registrando alzas de precios importantes. Sin ir más lejos en los archivos, un informe publicado ayer en estas mismas páginas dio cuenta de la estrepitosa caída del consumo de pescado en Santa Rosa, luego de un incremento en los valores de los productos de mar que durante la actual gestión de gobierno alcanzaron en algunos casos hasta el 800 por ciento.
Claro que ese ritual que en muchos casos se inicia el jueves también suele extenderse al “Sábado Santo”, donde por costumbre se mantiene el clima de luto y abstinencia hasta la “Vigilia Pascual” de la noche. Finalmente, con el “Domingo de Resurrección” se pone fin a la festividad y se levantan todas las limitaciones alimentarias. Y en este punto volvemos a una problemática que se repite: más allá de las costumbres, según las estadísticas, cada vez son más los que quisieran levantar la veda de la carne, pero la realidad económica no los deja.
Los informes de los últimos días, tanto oficiales como privados, son contundentes. Hay precios exorbitantes y caídas en el consumo, con raros fenómenos derivados de la escasa demanda, como que se ofrecieron los huevos de chocolate de a dos al precio de uno en la semana previa al festejo. Increíble pero real, solo con un panorama de inédita recesión se puede dar una situación que rompe con los preceptos de todos los manuales.
Congelamiento y destrucción.
En la misma semana pascual, políticamente tan intensa como las anteriores, entre tantos viajes irregulares y compras injustificables de propiedades, se lanzó el llamativo anuncio de un congelamiento de precios de los combustibles por 45 días. Acá quemaron los libros del liberalismo, del libertarismo o de como quieran llamar a esta línea de gestión económica que decía que jamás se iba a intervenir en el mercado.
Son los mismos que decían que iban a incendiar los bancos oficiales y ahora se quedan con todos los créditos hipotecarios de privilegio, con beneficios propios de una casta. ¿Será esa la forma en la que piensan cumplir con su declamado objetivo de destruir al Estado?
Para este domingo de reflexión queda flotando una duda: ¿Nos extenderán por más tiempo esta Semana Santa de sacrificio sin poder comer ni pescado ni asado ni huevos de Pascua? ¿O cambiarán sus recetas y empezarán a congelar más precios como hicieron con los combustibles?
Sea como sea, los antecedentes no ayudan a esperar algún atisbo de coherencia. Tenemos un presidente que dice defender a Malvinas pero que confiesa su idolatría por Margaret Thatcher. Es el mismo que lo único que tuvo para festejar fue un fallo a favor de YPF, pero gracias a todo lo que hizo una gestión kirchnerista a la que no para de criticar, aún cayendo en sus propias contradicciones. Encabeza un gobierno que habla de “la moral como política de Estado” y está cada vez más salpicado por la corrupción circundante.
Mientras, lo único que queda claro es que al pueblo se lo obliga a hacer un sacrificio de Pascua que se extiende por más tiempo y que parece interminable: la estadística muestra que cada vez son más los que comen menos. La promesa de la llegada de los buenos tiempos se sigue demorando. Y lo peor es que quedan pocas esperanzas en un milagro de resurrección.
DANIEL ESPOSITO
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