¿Volveremos a cantar el Himno?
¿Podemos cantar hoy las estrofas de nuestro Himno Nacional Argentino que advertía, hace doscientos años, sobre los avances imperialistas: “¿No los veis sobre México y Quito/arrojarse con saña tenaz/¿no los veis sobre el triste Caracas luto y llanto y muerte esparcir?/¿no los veis devorando cual fieras/todo pueblo que logran rendir?”.
Con un gobierno argentino que aplaude el ataque a Caracas y el secuestro del presidente venezolano, cantar esas estrofas hoy en la Argentina haría pasible al que lo hiciera de ser acusado de terrorismo. Tal es el retroceso en términos históricos.
Al influjo de las redes sociales y los medios, gana protagonismo en buen parte de la sociedad un cierto sentido común que naturaliza la colonización. No es un fenómeno nuevo. La humanidad lo ha experimentado otras veces y en todas, la pasividad de los colonizados y la complicidad de las elites ha sido el caldo de cultivo para ese avance sobre las naciones.
Desde el mediterráneo al Atlántico, desde los griegos a España, un modo de apropiación de las riquezas naturales o de los excedentes ha sido la constante en las potencias con capacidad militar. No han sido procesos pacíficos pues una parte de los habitantes de los países que caen bajo el dominio de otros resisten esa ocupación, ya sea porque una burguesía local se siente desplazada en sus pretensiones económicas y de estatus social o porque lideres populares se alzan defendiendo su autonomía política y sus rasgos culturales. Una y otra, la oposición burguesa a la colonización o la rebelión popular a la dominación política y cultural suelen asociarse y enfrentan juntas los intentos colonizadores.
Algo de eso sucedió en nuestro país con un ejército libertador sanmartiniano que contaba en sus filas al unitario Lavalle, espada de la burguesía portuaria y al tribuno federal Dorrego, líder de las masas urbanas porteñas. Ambos tuvieron su lugar en la hazaña del Libertador cuya máxima descolonizadora era un llamado a la unidad nacional: “Seamos libres que lo demás no importa nada”.
Dos siglos después, aquélla gesta solo parece sobrevivir para no pocos argentinos en fechas vacías de contenido y en canciones patrias que se cantan sin asumir el compromiso que implica. Un anticipo lo dio la canción del mundial que proclamaba la lucha por la recuperación de nuestras islas entonando “los chicos de Malvinas que jamás olvidaré” y la contracara de la resignación ante el entreguismo libertario que hoy baja esa bandera aceptando la lógica del usurpador inglés y de los isleños.
Un tono de aceptación a la neocolonización ha ido ganando el ánimo y el universo político de buena parte de la sociedad y se ha puesto de manifiesto en la naturalización de la agresión militar y el secuestro del presidente de Venezuela.
El rol de los medios hegemónicos que ofician de voceros del ataque ha sido determinante para convencer a una masa importante de argentinos que esa agresión tenía justificativos.
No les ha importado caer en el ridículo de repetir la excusa del narco y del inexistente Cartel de los Soles cuando el presidente invasor confesó finalmente que todo fue porque se quiere quedar con el petróleo del país bolivariano.
¿Cuánto falta para que un futuro gobierno argentino que, respetando la tradición nacional, reivindique la soberanía política y la independencia económica, sea puesto en la mira de un ataque similar por nuestro petróleo, nuestro gas, nuestro litio o nuestro cobre? ¿Cuántas corinas machado se postularán aquí para asumir el rol de administradores coloniales en el camino que ya está abriendo desvergonzadamente el gobierno libertario?
Como la canción del mundial y la promesa a los “chicos de Malvinas”, ¿volveremos a cantar nuestro Himno sin ser tildados de terroristas?
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