Los pañuelos en el debate electoral que ya ha comenzado

SEÑAL DE PARTIDA

Unos buscan la mejor manera de ganarle a Macrì, otros no ocultan que su principal temor es el regreso de Cristina. Muchos se ilusionan con que Cristina participe pero no sea candidata y que ellos puedan beneficiarse con sus votos. Demasiado bueno para ser cierto.
POR HORACIO VERBITSKY
Las principales fuerzas políticas del país encendieron los motores y comenzaron la carrera hacia las elecciones presidenciales del año próximo. La única fecha cierta es el 27 de octubre, cuando se correrá la primera vuelta. En cambio, están en duda las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias, que deberían realizarse en agosto pero que el gobierno duda en mantener. Tampoco está definido el cronograma de elecciones provinciales, ya que varios distritos están estudiando realizarlas en fecha distinta a la presidencial, para desengancharse de la suerte de los candidatos al Poder Ejecutivo. Una característica general es que en cada agrupamiento proliferan las divisiones y conflictos que en el oficialismo se disimulan por el discreto encanto de la lapicera de distribuir recursos y del rebenque para negarlos.

Carisma.
La semana pasada, la ex presidente CFK se presentó por primera vez desde las elecciones del año pasado en una concentración masiva que se estima entre 30 y 50.000 personas, a las que dirigió un discurso programático cuyas reverberaciones polémicas continúan, en torno de la propuesta coexistencia de los pañuelos verdes con los celestes, que para muchos sonó a mezcla imposible del aceite con el vinagre. Más allá del polémico contenido del discurso, cuando Cristina salió a saludar a la multitud que la había escuchado en una pantalla gigante bajo el rayo del sol de mediodía, en una de las cinco pistas habilitadas para contener a la asistencia, fue recibida con alaridos de entusiasmo que nadie más que ella concita en la política argentina.
La ex presidente llega a los sectores más humildes, allí donde sólo habían penetrado Perón y Evita. Tiene eso que es más fácil llamar carisma que explicarlo.

La tara de Macrì.
El oficialismo ratificó que su candidato será el actual presidente Maurizio Macrì, y que los gobernadores de las dos Buenos Aires tratarán de repetir en sus distritos. Pero aun si no pasaran más cosas que descalabren este propósito, resta por ver con qué alianza lo harán, dado el malestar de la UCR, expresado en términos duros y agresivos, luego de perder la banca de Mario Negri en el Consejo de la Magistratura. Las distintas vertientes del justicialismo le devolvieron la gentileza a Cambiemos, que en su primer año le había birlado un asiento en el Consejo al Frente para la Victoria, con la misma interpretación reglamentaria. El lugar se lo lleva la mayoría que se arme al efecto, no el bloque mayoritario de cada cámara. Fastidiosa como fue entonces para el kirchnerismo y ahora para los radicales, esa interpretación es la más coherente con el semiparlamentarismo implantado desde 1994 en la Constitución de Olivos por Alfonsín y Menem. Los gobernadores radicales de Mendoza, Alfredo Cornejo, y de Jujuy, el contador Gerardo Morales, amagan con desenganchar las elecciones provinciales de la nacional. En parte por el malhumor que les dejó el contraste en el Consejo de la Magistratura, que la pluma de Cornejo plasmó en la declaración donde acusa nada menos que de “impericia, mala praxis y desidia política” a sus socios de PRO. Pero además de ese berrinche tienen una motivación más inquietante para el gobierno, que es la tara que significa para los candidatos provinciales tener que cargar con el desprestigiado y en algunos sectores aborrecido Macrì. Incluso comienzan a escucharse voces que pasan del rezongo a la fantasía de enfrentar a Macrì con un candidato propio, que podría ser el ex ministro de Economía de Cristina, Martín Lousteau, el autor de la Resolución 125/08, que en aquel momento puso al radicalismo en pie de guerra contra el gobierno. El ex joven radical Federico Storani se declaró “partidario de concurrir con fórmula propia radical, dentro de Cambiemos”, ya que las decisiones más importantes, como el regreso al Fondo Monetario Internacional y la reforma previsional, fueron decisiones inconsultas con los aliados radicales. Aún así explicó que una ruptura “sería irresponsable”, lo cual confirma que no hay radical que piense en patear el tablero. Algunos quieren llevárselo a casa y otros incrementar el número de fichas propias, pero no más que eso. Algo similar ocurre con la tercera pata de la Alianza, la Coalición Cívica Libertadora, que tampoco quiere romper pero cada día le resulta más difícil evitarlo, dada la pérdida de confianza en el Presidente de su musa, Elisa Carrió, que en cualquier instante puede hacer tronar el escarmiento, aunque no vuele como un cisne ni su bronceado perpetuo llegue al color negro.

El Peornismo Federal.
El Grupo de los Cuatro logró una foto más poblada que la del lanzamiento en las oficinas de Management & Fit, la consultora del ex guardián y vocero de Menem y de Cavallo, Guillermo Seita. Esta vez Juan Urtubey, Juan Schiaretti, Miguel Pichetto y Sergio Massa estuvieron acompañados por siete gobernadores (la fueguina Rosana Bertone, el entrerriano Gustavo Bordet, el chaqueño Domingo Peppo, el misionero Hugo Passalacqua, el tucumano maronita Juan Manzur, el riojano Sergio Casas y el chubutense Mariano Arcioni). Eligieron la denominación de Alternativa Federal para su emprendimiento y dijeron que se ubicaban tan lejos del ciclo cumplido del pasado como del fracaso del gobierno de Macri, ya que “la Argentina necesita otro camino, mirando hacia el futuro”. Es decir, la avenida del medio entre Macrì y Cristina.
Massa y Florencio Randazzo la imaginaron tan ancha que al transitarla lucían minúsculos. Pero la realidad parece indicar que hoy es tan estrecha que nadie cabe allí. Esta vez Massa y Randazzo han mantenido contactos exploratorios sobre la posibilidad de una llave en la que el ex jefe de gabinete postule a la presidencia y el ex ministro del Interior a la gobernación de Buenos Aires. Este encuentro en la casa de Entre Ríos en Buenos Aires es la demostración de fuerza que Pichetto necesitaba con desesperación luego del desgranamiento de su bloque de senadores dispuesto a acompañar las votaciones que reclama el Poder Ejecutivo. Pero ese amontonamiento no garantiza una potencia electoral que permita acercarse a Cristina, si es que la ex Presidente decide participar personalmente. Hasta ahora se advierte un fenómeno similar al de Brasil, donde Lula no consiguió transferir su caudal al candidato escogido para correr con sus colores. Los federales también tienen por delante decisiones complejas: consolidar ese espacio para dirimir la candidatura presidencial con el kirchnerismo, como se inclinan a pensar varios de esos gobernadores, o para enfrentarlo en las urnas, según el modelo que blasona el más locuaz de ellos, el senador Micky Vainilla, quien se preocupa por aclarar que él no es el Bolsonaro argentino.

Sumas y restas.
Mientras Massa se codea con los gobernadores, su propia tropa se dispersa. El intendente de Tigre, Julio Zamora, ha decidido acercarse a Cristina, porque entendió que con otra elección como la de 2017 perdería el control del municipio. En la misma tesitura está Gabriel Katopodis, de San Martín, quien en el pasado fue el intendente más próximo a Massa. De su bloque de diputados se desprendieron las principales figuras: Felipe Solá, quien dijo que competiría por la presidencia, y que hoy tiene el apoyo del Movimiento Evita, que en 2017 empujó a Randazzo hasta estrellarlo contra la pared; Daniel Arroyo, que fue viceministro de desarrollo social del kirchnerismo, y Facundo Moyano, quien dejó el sindicalismo para dedicarse de lleno a la política. Massa repite en esta etapa la conducta que lo desinfló de gran esperanza blanca a tercero lejano: a cada uno le dice lo que quiere escuchar. Junto a Urtubey sostiene que va a confrontar con Cristina. A la ex Presidente le transmite el mensaje de que confluirá en una primaria con ella, pero que antes necesita acumular fuerzas para que esa competencia tenga sentido. A esta última opción se han sumado Pino Solanas, Alberto Rodríguez Saa y Alberto Fernández. Esto saca de quicio a los voceros mediáticos del oficialismo, que se desgañitan en invectivas contra el peronismo, considerado alternativamente como el pecado original o la enfermedad terminal de la democracia argenta.
La fluidez peronista es tan grande que Schiaretti se reunió en Córdoba con el ex candidato presidencial Daniel Scioli, quien personifica la consigna histórica de Aparición con Vida, e intenta convertirse en el polo de reagrupamiento de fuerzas. Pero la novedad mayor es el lanzamiento como posible candidato de Roberto Lavagna, el ex funcionario de Alfonsín, Duhalde y Kirchner, quien con su visita al sindicato gastronómico de José Luis Barrionuevo confirmó la primicia de El Cohete del 22 de julio, cuando anunciamos que el ex candidato presidencial de la UCR “hizo saber desde su cabaña en el oeste bonaerense que estaría dispuesto a desconectarse de Netflix para completar el mandato de Macrì y postularse para un solo periodo en 2019”.
El día de la Tradición, Lavagna almorzó chez Barrionuevo con la cúpula del sindicalismo participacionista, que también incluyó al eterno Armando Cavallieri (de Comercio y Servicios), Andrés Rodríguez (UPCN), José Luis Lingeri (Obras Sanitarias), Omar Maturano (La Fraternidad), Roberto Fernández (UTA) y Gerardo Martínez (Uocra). En forma explícita se consideró la candidatura presidencial de Lavagna, quien habla de un solo periodo porque en 2023 tendría 80 años. “Vamos a tener que convivir con el FMI al menos cinco años más”, le atribuyó haber dicho un sindicalista consultado por La Nación.
Como lo esencial es invisible a los ojos, hay que decir que el principal soporte de Lavagna no es la vieja guardia sindical, sino Paolo Rocca, el jefe de Techint, que junto con Luis Pagani, Eduardo Eurnekián y otros peso pesados, no ven el momento de que Macrì se recluya en Nueva York o Roma (donde ya hizo colocar las cortinas de la casa), para disfrutar de su fortuna. Durante su última gestión ministerial, Lavagna redactó la ley de diferimiento impositivo para grandes inversores, que benefició a Rocca.
El aristócrata milanés siempre despreció al ladrillero calabrés y además durante los años en que Fiat franquició la producción argentina de su marca en Sevel, esta inquina se llenó de contenido económico, porque Techint vendía la chapa que Macrì estampaba, con lo cual la pugna por los precios del insumo llegó a ser salvaje. Además, ahora Rocca teme ser atrapado por la máquina de cortar boludos que Macrì consintió que se instalara en Comodoro Py, a cargo del cada día más místico e incontrolable doctor Glock. El lanzamiento de Lavagna con el apoyo de los italianos de la empresa argentina con sede en Luxemburgo, sería un golpe duro para Massa, quien perdería su principal argumento de venta. El gobierno enfureció en los últimos meses, cuando sus servicios detectaron contactos de los principales lugartenientes de Rocca con el kirchnerismo: Luis Betnaza visitó el Instituto Patria y Daniel Novegil se encontró con Axel Kicillof.

Unidos o dominados
Como escribió Alain Rouquié en su libro El siglo de Perón, el movimiento clave de la política argentina no es el peronismo sino el antiperonismo, que lo precedió.
Lo que sucede es que nadie antes de Macrì tuvo la habilidad para organizarlo en una fuerza política compacta y con capacidad electoral. En 2015 cerró un ciclo de 99 años en el que la alta burguesía debió recurrir a la colonización de partidos populares o a los militares, siempre adoctrinados por la jerarquía eclesiástica católica, para imponer sus intereses, ya que la contienda democrática le fue adversa, primero con Yrigoyen y más tarde con Perón.
La mejor elección histórica del peronismo se produjo en 1973, cuando Juan Perón ganó su tercer mandato con el 62% de los votos. Es decir que aún en su peor momento, el 38% de las voluntades se manifestaba en contra. Ese es el piso sobre el que Macrì apoya su ilusión. Para robustecerla procura colocar frente al peronismo el espejo de las divisiones históricas del otro campo, cuando socialistas, radicales, demócratas e izquierdas varias se sacaban los ojos y perdían una elección tras otra, salvo que vedaran la participación de la fuerza mayoritaria.
Esta vez la profundidad de la crisis, con la economía en caída libre, un endeudamiento externo que supera el 90% del PIB, los mercados voluntarios de crédito cerrados a cal y canto, una cuota diaria de intereses de 90 millones de dólares, una inflación del 50%, rebaja en las calificaciones crediticias de las tres grandes consultoras (Fitch, Moody’s y Standard & Poor’s), recálculo a la baja del crecimiento del PIB en 2019 (o mejor dicho, al alza del decrecimiento) por parte de la adorada OCDE, y un malestar muy fuerte contra el gobierno incluso entre los grandes empresarios, abundan las tomas de distancia para que el hundimiento de la nave insignia no chupe al resto por la vuelta de campana previsible a partir de marzo.
Por eso, aunque insistan en que el candidato será Macrì, Horacio Rodríguez Larreta y el Hada Buena están contemplando el desdoblamiento. El fundamento racional es alejar de Cristina a los intendentes peronistas como Martín Insaurralde y tantos otros, que se recuestan en la ex Presidente porque de otro modo temen perder el control de sus distritos. Ya lo experimentó el año pasado Juanchi Zabaleta en Hurlingham, quien abandonó a Randazzo a último momento e incluso bajó candidatos de su lista de concejales y cerró trato con el kirchnerismo, que tiene allí un intenso trabajo territorial. Si las elecciones provinciales y municipales se anticipan, imaginan en el gobierno, ese fenómeno no se produciría o, al menos sería más tenue. Lo que no dicen, pero tienen muy en cuenta, es que de ese modo también alejarían del Hada Buena los efluvios negativos que irradia el bailarín presidencial, en un sálvese quien pueda florentino.
También está más tensa que nunca la relación entre el núcleo duro PRO, que aún disciplina Marcos Peña Braun, y el ala política de Cambiemos, con aperturas hacia el radicalismo y el peronismo. A la anunciada salida del presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, anticipada por El Cohete el 22 de abril, se sumarían las de sus operadores, Nicolás Massot en el bloque propio y Silvia Lospennato, en la secretaría parlamentaria, y siempre está pendiente la decisión de o acerca de Rogelio Frigerio (n).

Los colores del pueblo
El discurso de Cristina en el microestadio de Ferro alborotó a la militancia, a partir de un párrafo que se viralizó.
Objetó como perimida la categoría de derechas y izquierdas, que sirve solamente para dividir y ser funcional al neoliberalismo.
En su lugar propuso concebir y acuñar lo que llamó “una nueva categoría de pueblo”, que diferenció tanto de la del peronismo del ’46, como de la teológica de pueblo de Dios.
“Me parece que debemos acuñar una nueva categoría de frente social, cívico, patriótico, en el cual se agrupen todos los sectores agredidos por las políticas del neoliberalismo”.
Ese frente “no es de derecha ni de izquierda”, porque “no puede ser esa la división. No puede ser la división entre los que rezan y los que no rezan, mala división también. División que no es nacional y popular además. Una división, un lujo que no nos podemos permitir”.
“Porque en nuestro espacio hay pañuelos verdes pero también hay pañuelos celestes, y tenemos que aprender a aceptar eso sin llevarlo a la división de fuerzas”.
Quien picó en punta para rechazar este enfoque fue la diputada marxista Myriam Bregman, para quien “el pañuelo celeste es símbolo de militancia para que las mujeres y niñas sigan muriendo en la clandestinidad”. Se generalizó entonces un debate que ya había despuntado cuando el Vaticano eligió como vía para acercarse a Cristina a un pequeño grupo de militantes con una conducción dividida, que venía de un pobre desempeño electoral, pero con un fuerte componente feminista.
La elección de esta pista de aterrizaje sólo puede entenderse a la luz de las tácticas que caracterizan toda la vida política de Jorge Bergoglio. Las pibas de ese frente le prohibieron al efector apostólico opinar sobre el tema y elaboraron dos documentos medulares. Uno, de autoría colectiva pero en cuya redacción descolló Diana Broggi, se tituló “Construyendo feminismo popular para la revolución” y afirma que “no nos definimos sólo como feministas sino como anticapitalistas, anticoloniales, militantes populares y latinoamericanistas”, dispuestas a “hacerle frente al neoliberalismo y disputar el Estado”.
“¿La centralidad siempre es de ellos?”, se pregunta el documento. “Si hay algo que la práctica feminista nos ha enseñado es a no centrar nuestras miradas en las referencias masculinas como representantes de los proyectos políticos. Lo relevante no es seguir discutiendo la política desde nombres de varón, sea el que sea”, responde. Un programa de acción impecable, pero desmentido en la práctica con la designación como referente de un varón que desdeña las reivindicaciones del feminismo como pulsiones de la clase media porteña. El texto concluye afirmando que seguirán luchando por la separación de la Iglesia y el Estado, el Aborto Legal y la Educación Sexual Integral.
El otro documento lo publicó en El Cohete la más joven militante del feminismo popular, Ofelia Fernández. Afirma que “la miseria, la pobreza, la marginación, o cualquiera sea la injusticia, queman más si además somos mujeres, si somos tortas o si somos trans” y advierte que “vamos a enseñar a derrumbarlo todo, a ser y hacer lo que soñamos. Van a patalear los machos y van a llorar los fachos”. Rechaza que la política pueda ir por un lado y el feminismo por otro. “Yo no hago política para salvar mi alma, hago política para cambiar vidas”. Luego de reivindicar las enseñanzas de las Abuelas y las Madres de Plaza de Mayo, anuncia que “no nos verán ir por ahí modositas y con joyas, vendiendo luchas, saludando al Papa, escondidas detrás de un tipo, abandonando nuestras luchas, jugando a la política con Awada”.
Un subtexto no explicitado es que el paracaidista de la Casa Santa Marta puede añadir caudal electoral al grupo que no llegó al piso en las primarias de 2017. Si así fuera, a Randazzo le hubiera ido mejor en la provincia de Buenos Aires. La única que hace la diferencia es Cristina, como bien saben Jaime Durán Barba y el tío de Massot, Vicente, ex columnista de Cabildo, ex propietario de La Nueva Provincia y defensor de la tortura, quien escribió que “la centralidad de la ex Presidente dentro de los anchísimos pliegues del justicialismo no admite discusión posible”. Mientras “los intendentes pejotistas del Gran Buenos Aires -por elementales razones de sobrevivencia- amenazan pasarse en masa a sus filas, en el oficialismo ha comenzado a discutirse en serio la alternativa de desdoblar los comicios municipales y provinciales de los presidenciales. No hay que ser un genio para darse cuenta de que -por motivos bien disimiles- en torno de los caudillos justicialistas bonaerenses y de la gobernadora María Eugenia Vidal ronda la sombra de la viuda de Kirchner”. En la misma cuerda, agrega que “en Roma no ha pasado desapercibido cuanto registran los relevamientos hechos acerca de las preferencias electorales de los argentinos”. Un famoso consultor, que ahora privilegia el análisis sobre las encuestas, tranquilizó: “No hay que preocuparse, porque este muchacho tiene la edad del Papa”.

Nacional, popular, democrático y feminista.
En esta misma edición, Agustina Paz Frontera, Florencia Alcaraz y Vanina Escales, de LatFem, abordan el tema de los pañuelos y el neoliberalismo y sostienen que es hora de complejizar, no de retirarse hacia las dicotomías. Allí mencionan las críticas de feministas y no kirchneristas y las atribuyen a la desnudez de la frase de CFK sobre los pañuelos, desprovista “de la compleja trama de la opresión que denunciamos. La perspectiva que esta frase evidencia sólo es posible leerla en el contexto de su discurso y de la región”. Su discurso es el que pronunció en el Senado al votar por la derogación de la clandestinidad e inseguridad del aborto, cuando dijo que “vamos a tener que incorporar la cuestión feminista a lo nacional y popular que caracterizó al peronismo durante décadas. Luego de la década de la dictadura incorporamos la cuestión democrática; y entonces dijimos ‘somos nacionales, populares y democráticos’. Vamos a tener que incorporarle ‘nacional, popular, democrático y feminista’, porque dentro de la explotación de los trabajadores, del capital sobre el trabajo, hay también una subcategoría de explotación: un trabajador es explotado, pero una mujer trabajadora es más explotada porque gana menos y trabaja más”. Agregó que las reivindicaciones de la mujer no se agotan en la Interrupción Voluntaria del Embarazo. “Yo siempre he defendido la vida. Defiendo la vida cada vez que voto en contra de políticas económicas que significan que la gente esté peor. He votado aquí siempre por la vida cada vez que me he opuesto a políticas de restricción social, de desconocimiento de derechos, de precarización de derechos. Precarizar derechos es votar contra la vida; porque le arruinamos la vida a la gente también cuando no tiene buena salud, cuando no tiene buen salario, cuando no tiene buen trabajo, cuando no le alcanza la guita, cuando están durmiendo en la calle”.
Aunque no lo haya repetido en Ferro, esa es su convicción. La referencia a los pañuelos celestes sólo puede entenderse como un rechazo a la exclusión sectaria de quienes no coinciden en un tema pero igual forman parte de la resistencia a la opresión del neoliberalismo, y de ninguna manera como neutralidad prescindente entre quienes procuran ampliar derechos y aquellos que intentan cercenarlos.