Cielo de entonces

Redacción Avances 24/10/2021 - 07.29.hs

Roberto Yacomuzzi realiza en la canción “Cielo de entonces” un homenaje a la infancia que lucha por no quedar desmantelada o arrinconada en algún lugar de la vivienda.

 

Ernesto del Viso *

 

No es nuevo que el hombre con el paso del tiempo, al dejar su tierra de nacimiento, recuerde su comarca, los juegos de la infancia, sus amigos, la primera mirada entre pícara y osada –que como dice Alberto Cortez en su canción Distancia “no pasa del intento”–, lo frustrado de un amor que no fue, vaya a saber por qué.
Lo novedoso, es cómo cada uno lo plantea, con mayor o menor acento en las calles o los patios de su vivir primero. La idealización de lo que dejó, con lo que halla al retorno, suele proponer desencuentros con el propio corazón y la razón cierta de la realidad que afronta ese ser.
El exilio, marca indeleble para muchos, promovido en los años 70 en la Argentina, ha inducido muchas de estas contrariedades al alma y al espíritu de quien está de vuelta. Ese “ex solum”, imperativo del mandamás de turno, esa fuerza centrífuga que a manera de “exsilio” lanzó fuera del territorio geográfico y social a cientos de miles de compatriotas y los puso ante la delicada situación de perder todo un horizonte material de vida cotidiana, como bien lo explica Julio C. Raffo (ex Rector de la Universidad de Lomas de Zamora en 1973/1975).
Hay y hubo exilios y exilios. Unos compulsivos y otros promovidos en busca de otros espacios, de posibilidades diferentes a las que ofrece el terruño.
Ambos señalan un rumor grande de nostalgias y polvaderales y de “pañuelitos blancos” que al decir de Morisoli, no dejan de agitarse en permanente despedida.
El que se retira de la cuna original, es posible que, como solía contarnos el poeta uruguayo Mario Benedetti, funde “patrias interinas”, territorios que en lo ajeno se tornan propios con el correr del tiempo y vuelven a ser extraños, al momento de abandonarlos.

 

Soñar con el regreso.
Las mudanzas, siempre promueven alegrías, tristezas, o como decía Esquilo: “Ya sé que los desterrados se alimentan de esperanzas”. Y el acertar en cumplir con esas esperanzas pueden ofrendar decepciones. Variopinto en el ir y venir de un lado a otro. A veces se sueña con la vuelta y los interrogantes crecen desmesuradamente.
Martín Fierro, al regresar de la entonces denominada “frontera”, “tan solo halló la tapera”, y el escenario resulta desolador en lo afectivo y en lo espacial. Análogamente puede suceder con el poeta, que en presencia o en mirada rasante, vuelve a su pueblo.
Pero la “patria chica” nunca se olvida, jamás queda relegada al corazón del que en ella por primera vez abrió los ojos y se bebió la luz terrena de un solo sorbo, de una sola inspiración.
Es la primera imagen, la que queda impregnada en nuestro ser y es la que hace su entrada triunfal cada vez que el alma compungida o no, la reclama.
Espejuelo de la nostalgia, alega simplemente José Roberto Giacomuzzi, el Yaco o fonetizado su apellido simplemente Yacomuzzi. Pero también solicitud que los caminos desandados, cada tanto esgrimen: detener el paso y descalzarse en la niñez, en el origen.
Algo de todo eso, más un grito oprimido o restringido para la expresión justa y necesaria, para reivindicar a esos gringos, que llegaron a un territorio diferente al de su cuna, pero que hicieron propio, lo enaltecieron, a fuerza de manos que empuñan la cuchara, enhebran ladrillo a ladrillo y provocan paredes de moradas futuras. Como lo hizo su padre (“y en el antiguo oficio de mi padre”).
Muchos cielos son los cielos que ha mirado Yacomuzzi en su andar, desde aquel de Tres Cerros en el sur-sur de la Argentina que le dictó algo o todo de la “De ida y Vuelta”, consagrada como huella cuando Lalo Molina le acerca melodía cierta.
Muchas madrugadas bajo otros limbos, hasta éste que se reitera en las pupilas de Roberto, cuando se dispone a descansar su paso o cuando nostalgiosamente pide a Quemú, le devuelva aquella luz primera o sea aquel “Cielo de entonces”, el de la niñez despreocupada u ocupada en otros menesteres. El del andar travieso por entre las orillas de un deseo prohibido, sostener una vida familiar que nunca florece en excesos ni en desmesuradas actitudes de prepotencias. Habitar, humilde primera morada de sus utopías y futuros junto a hermanos, su “viejita” Elida, así siempre la ha nombrado, y Raimundo, el gringo de las manos que untadas en la mezcla, sella paredes y funda cimientos a otras casas.
Llega entonces el poema primero y luego la canción que madura todas aquellas aspiraciones, con una mano musical amiga, la del bonaerense Sergio La Corte. Ellos, en complicidad tácita y no acordada previamente, la emprenden con el ocultísimo homenaje a la infancia que lucha por no quedar desmantelada o arrinconada en algún lugar de la vivienda.
La asoleada siesta estival de Quemú, la hojarasca otoñal esparcida sobre el terruño natal, la irreverente nunca escondida actitud de pensamiento, el de no aceptar aquella idea impulsada, entre otros por el escribano Tardiani, en los 60: homenajear al presidente norteamericano ultimado en Dallas el viernes 22 de noviembre de 1963, con atrevido hormigón que ha pasado a ser, opinión personal, un errado signo de identidad quemuense (“Pero mi cielo al sur, después del cementerio/ me duele, herido de otra muerte”).
Todo ello renace en la voz de la cantora Marcela Eijo o en las voces del Dúo Libresur (Yacomuzzi – La Corte), o en el Grupo Vocal Trabum, y Laura Paturlane y Daniel González.

 

  • Músico

Cielo de entonces

 

Letra: Roberto Yacomuzzi

 

Música: Sergio Heriberto La Corte

 

(Mi pueblo luce/ con dudoso gusto, un monumento a un presidente/de otro lado)

 

Es a un cielo terrestre al que regreso
Contra pampa de luz, de luz y cielo,
Con su luna de escarcha para junio,
Con un sol de chicharra para enero.

 

Bajo ese cielo como un cardo tierno,
Fui creciendo apurado y desparejo,
Apagando mi sed con el rocío
Despertando al amor y su misterio.

 

Mi cielo de Quemú,
qué muerte dulce,
fue morir de tus calles, de mi gente.
Pero mi cielo al sur, después del cementerio,
me duele herido de otra muerte.

 

Allí el abuelo transplantó la sangre,
doblado sol a sol sobre la tierra,
y en el oficio antiguo de mi padre,
intuí la razón de la decencia.
A veces cuando vuelvo por caricias
Y soy sombra en la sombra de mi patio,
A veces, madre, siento que me nombras,
Voces que un gran silencio me dejaron.

 

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