Lunes 15 de abril 2024

Argentina en Antártida

Redaccion Avances 25/02/2024 - 06.00.hs

Dos presidencias argentinas marcaron el inicio de las etapas fundamentales de la historia antártica del país. La del general Roca, en la cual el país hace pie definitivamente en territorio antártico y la del general Perón, quien inició el proceso de reconocimiento y ocupación de ese espacio continental.

 

Omar N. Cricco *

 

La Antártida, aquel espacio opuesto al Ártico (“oso” en griego), clara referencia a la constelación de la estrella Polar, aparecía ya en la imaginación de los griegos como el necesario contrapeso del mundo.

 

Todavía por 1570 el cartógrafo flamenco Abraham Ortelius seguía representándola como la Terra Avstralis Nodum Cognita, y en tal condición perduró hasta bien entrado el siglo XIX.

 

Las descomunales tormenta australes, aquellos célebres “cuarenta bramadores y cincuenta chillones” que siempre hicieron incierta la travesía del Mar de Hoces, espantaban a quienes se atrevían a avanzar más al sur; y fueron junto al hielo y los fríos extremos los protectores de la virginidad del hoy denominado sexto continente.

 

De no ser por algún imprevisto no deseado pocos de aquellos viejos marinos osaban penetrar en esos espacios aterradores; según aseguraban “más allá de los cuarenta sur no hay hombres, pero más allá de los 50 no hay Dios”. El experimentado capitán Cook, quien hacia 1775 circunnavegó el globo por los 60º sur, refiere ese ámbito como un medio hostil de salvajes y horripilantes visiones sobre el que difícilmente se podría avanzar.

 

De todos modos y desde los primeros días de su vida independiente, aun despreciados por nuestros adversarios, interesantes argumentos vinculan a nuestro país con el mundo antártico. Según lo atestiguan distintos investigadores, ya hacia 1817, el gobierno de Buenos Aires entregaba permisos de pesca “para las islas inmediatas al polo” y loberos norteamericanos llegaron a la Shetland del Sur, hacia 1819, siguiendo precisamente a barcos argentinos.

 

Por entonces el celo por los escasos sitios de caza motivaba un prudente silencio, sólo roto por descuido o por algún inoportuno comentario de puerto; no sería extraño así que más que la casualidad hayan sido los oportunos y atentos oídos del súbito británico William Smith los que lo llevaron a “descubrir”, casualmente en 1820, las Shetland del Sur.

 

Después del breve pero depredador periodo de los loberos, surgió el interés científico por la región. Las expediciones de Billinghausen, D’Urville o Ross no pudieron ser imitadas desde nuestro país aunque no faltaron las intenciones, puede destacarse así el rol pionero del Instituto Geográfico Argentino incentivando la exploración antártica a través de la prédica y propuestas como las de E. Zeballos, E. Bachmann o la de G. Bove, que si bien pudo efectuarse, quedó limitada al ámbito patagónico. A través de esta labor del Instituto nuestro país se adelantaba varios años a las propuestas del Congreso de Geografía de Londres.

 

En aquel Congreso de 1895 se decidió una amplia convocatoria mundial para develar los misterios del esquivo continente austral. Distintos países organizaron osadas incursiones, las primeras invernadas antárticas y en una épica competencia con ingleses, Amundsen alcanzó en 1911 el polo sur por primera vez. Aunque poco conocido el invalorable apoyo económico de “Don Pedro” Christophersen, empresario noruego-argentino, resultó esencial para el equipo vencedor.

 

Consecuencia de estas expediciones Argentina consiguió dos logros fundamentales en su posicionamiento antártico. Primeramente, condicionando su apoyo logístico a la expedición sueca, no sólo logró la inclusión del joven alférez Sobral en el grupo científico que invernó en 1902 y 1903, sino que más tarde obtuvo un amplio reconocimiento internacional cuando rescató heroicamente a la expedición de O. Nordenskjöld.

 

Por otra parte y por el mismo tiempo, con gran visión estratégica, el presidente Roca, luego de adquirir a W. Bruce, jefe de la expedición antártica escocesa, las instalaciones donde habían invernado en Orcadas, ocupó las islas enviando un grupo que incluía al estafetero argentino Hugo Acuña; ocupación que se ha mantenido hasta nuestros días.

 

La puja.

 

En los años venideros la persistente prepotencia imperial inglesa no cedió y así como en 1833 arrebató Malvinas, en 1950 desalojó la estación científica argentina en San Pedro, isla desierta hasta que se instaló la Compañía Argentina de Pesca en 1904.

 

Vale recordar que por decisión unilateral y arbitraría, por la Carta Patente de 1908, documento que debió corregir más tarde por la torpeza ambiciosa de incluir parte de Patagonia, el Reino Unido se asignó para sí el derecho de todos los territorios al sur del paralelo 50º LS, entre los 20° y 80° LO. Se desconocían así los antecedentes, méritos y derechos que nuestro país ya tenía en Orcadas y San Pedro, además de los de Malvinas. Diría Perón con su particular estilo en 1952: “Los derechos nos serán siempre discutidos por aquellos que pretenden lo que no deben ni pudieron pretender en derecho ni en justicia […] Hay quien dice que siendo la Antártida una continuación de las Malvinas también les pertenece la Antártida. Esto me recuerda a mí el caso de un señor que llevó un perro de mi casa y después me hizo un pleito por la cadena”.

 

En el caso antártico el atropello británico no fue menor y se incrementó hacia los años cuarenta, sobre todo después de la II Guerra en que llegaron a movilizarse buques militares, no faltaron disparos y hasta hubo toma de prisioneros. Solamente la firma del Tratado Antártico frenó las ambiciones y rapacidad británica.

 

Esos años de mayor puja coincidieron con las primeras presidencias de Perón, quien consciente de la importancia de esos espacios no mezquinó esfuerzos en defender los intereses del país, apoyando además la exploración y ocupación de los mismos; notable sobre todo a partir de la irrupción del entonces coronel Hernán Pujato y su plan antártico.

 

Este plan no fue más que la oportuna y providencial contraofensiva contra la llamada Operación Tabarín, lo que Pablo Fontana tan bien describe en su interesante libro La pugna antártica, como un ataque británico, secreto y directo, a la soberanía argentina en Antártida.

 

Lo que para muchos aparecía como una idea descabellada e inviable pudo hacerse realidad en apenas un lustro, quizás el más fructífero y significativo de la historia antártica del país. Consciente de que no se puede reclamar algo que no se conoce y no se ocupa -“Si nosotros decimos que aquello es nuestro, tenemos que estar allí”, le habría dicho a Perón-, Pujato propone que nuestro ejército, ajeno hasta entonces al tema antártico, inicie el reconocimiento y despliegue de bases a fin de ocupar el territorio continental antártico.

 

Sin conseguir el apoyo de la Armada Argentina, logra que una naviera privada le facilite el carguero Santa Micaela por el simbólico costo de 1$. En este buque se transportaron los materiales y el personal que fundó -a los 68° sur, sobre de mar de Bellingshausen, en la costa occidental de la península antártica- la actual base San Martín, sitio donde el propio Pujato y su equipo realizaron exitosamente aquella histórica invernada de 1951.

 

El éxito y experiencia lograda alentaron al ahora general Pujato hacia su otro objetivo: alcanzar el polo sur por territorio argentino. Esto implicaba, por el este de la península antártica, incursionar profundamente en el peligroso mar de Weddell; el transporte volvía a ser el mayor problema. Con su característico compromiso personal Pujato logró mejorar considerablemente lo calculado imposible por las autoridades y se construyó el rompehielos San Martín. Con este barco, penetrando hasta los 78° sur, se fundó la base Belgrano desde donde en dos invernadas consecutivas, 1955 y 1956, se intentó infructuosamente alcanzar el polo sur explorando terrenos nunca antes pisados por el hombre.

 

Ocupación permanente.

 

Para entonces las lejanas convulsiones políticas del país pudieron más que las limitaciones impuestas por el medio inmediato y terminaron por interrumpir el programa. Como sentenció el propio Pujato alguien continuaría su plan: en 1965 el general Leal pudo llegar al polo sur y para entonces, también Leal, ya había fundado la Base Esperanza, en la cual casi dos décadas más tarde, se constituyó la última aspiración de Pujato: una población antártica con familias argentinas.

 

Allí, donde en 1903 en un improvisado y mínimo refugio de piedra tres científicos suecos protagonizaron una increíble supervivencia invernal de siete meses, hoy se levanta una población permanente de argentinos con sus familias, en ella se registraron los primeros nacimientos de humanos en Antártida, funciona la única escuela pública y hasta transmite la única radio del continente, LRA36 radio Nacional Arcángel San Gabriel.

 

La considerable y patriótica labor desarrollada por Pujato posicionó a nuestro país inmejorablemente ante el Año Geofísico Internacional (1957-1958) y sobre todo al firmarse el Tratado Antártico en 1959. Paradójica e injustamente el responsable principal de todo ello terminó siendo marginado por la denominada Revolución Libertadora y al regreso, habiendo pedido ya su retiro, fue recibido con la más fría indiferencia e inmerecida desconsideración.

 

Respetado por sus pares antárticos, Pujato, pasó sus últimos años en un sencillo departamento del Hospital Militar, negándose a cualquier lujo o trato preferencial. Según refiere su camarada el coronel e historiador A. Quevedo Paiva -a quien legó su última pertenencia, el bastón que había sido de su padre-, una silla y una cama eran su único y austero mobiliario. Murió en 2003 legándonos uno de los mayores ejemplos de modelo de soldado y de entrega por la Patria.

 

Hoy, oficialmente, el sector Antártico Argentino forma parte de la más joven de nuestras provincias, la más extensa en superficie pero a la vez la más afectada de todas en su integración territorial. En el complejo panorama antártico actual, frente a otras aspiraciones escasamente fundadas a las que sólo asiste el derecho que les da el argumento de la astucia o en su defecto la fuerza de su tradicional prepotencia imperial, Argentina contrapone una ocupación por ningún país equiparada, permanente y continua desde 1904, y sigue siendo así uno de los países con mayores méritos merced al compromiso puesto por nuestros héroes antárticos; servicio que este país aún no ha dimensionado y valorado en su real magnitud.

 

Héroes antárticos.

 

La convivencia antártica con los suecos despertó en Sobral su interés por la geología, sin poder conseguir la autorización necesaria renunció a la Armada y en 1913, aquel joven que con 21 años escasamente se hacía entender en inglés con sus compañeros de invernada, se doctoró en geología en la Universidad de Upsala.

 

Aunque siempre opacada por su hazaña antártica, la vida profesional del doctor Sobral no fue menos meritoria, pues aquí desarrolló labores destacadas tanto en la Dirección de Minas e Hidrografía como en YPF donde se jubiló en 1936. Estas actividades profesionales lo acercaron a nuestra región explorando áreas como la Cuenca del Ñirihuau en Río Negro y los poco explorados territorios del oeste de La Pampa: publicaciones, acertadas observaciones geológicas, dan fe de su labor por la zona de Barda Baya, Puelén.

 

En tanto, el general Pujato, gran conocedor de la región, en los años treinta diagramó el trazado de la ruta entre Mendoza y Neuquén: “siempre fui amigo de los caballos y en aquellos tiempos de la ruta 40 montábamos de la mañana a la noche”, recordaba de aquellos días. Precisamente en estas mismas provincias desarrolló su gran experiencia de montaña, tanto el Copahue como el Aconcagua atestiguan la preparación de los equipos antárticos de 1951 y 1954.

 

En su frustrada marcha al polo, en aquella inmensidad polar inexplorada al sur de la base Belgrano, entre otros muchos topónimos nuevos, no faltaron reminiscencias patagónicas. Así, fruto de su devoción, Pujato identificó como aeródromo Ceferino Namuncurá al sitio donde tuvo lugar el accidente aéreo que casi le costó la vida. De igual manera en homenaje a una localidad rionegrina quedó bautizada la cordillera Los Menucos. Como se sabe y con el consecuente perjuicio para el país, las autoridades posteriores a la Revolución de 1955, despreciando los trabajos de Pujato, no enviaron estos informes a los organismos internacionales competentes, cosa que si realizó la expedición inglesa que siguió sus pasos más tarde, quedando para ellos los méritos.

 

Estos olvidados héroes de nuestra historia antártica debieron soportar la incomprensión y las desconsideraciones de ciertas épocas extrañas de nuestra historia, luego de casi una década como director de la Dirección General de Minas, Geología e Hidrogeología, el doctor Sobral fue cesanteado en 1931 por haber sido funcionario del gobierno radical. De igual manera el general Pujato, sin muchas consideraciones y pese a sus reconocidos méritos y esfuerzos, aún en plena campaña antártica fue apartado de la presidencia del Instituto Antártico Argentino (organismo creado por Perón a instancias suyas) por la revolución de 1955.

 

Curiosamente estos argentinos casi desconocidos, mucho tiempo olvidados, a quienes les tocó en gloria abrir puertas fundamentales de nuestra historia antártica, fueron comprovincianos; ambos habían nacido en Entre Ríos. Pujato en 1904, al año siguiente del que Sobral regresaba desde Antártida; precisamente en el mismo año en que aquel primer contingente argentino se instalaba en islas Orcadas, acontecimiento que hoy recordamos como el día de la Antártida Argentina.

 

 

* Colaborador de Choele Choel

 

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