Aterrizaje forzoso en “Cinco Jagüeles”.
En este artículo, relatamos un episodio del pasado cuando un 19 de julio de 1949 un avión de la empresa Líneas Aéreas del Estado, realizando el recorrido San Carlos de Bariloche a Aeroparque, debió descender en emergencia en el establecimiento rural “Cinco Jagüeles”.
Rubén Giordano *
Todo proceso histórico-geográfico adquiere relevancia en tanto se asocia a la permanente reconstrucción, en un presente que moviliza el sentido de la memoria colectiva. El relato permite ese acercamiento a episodios del pasado, acontecidos en lugares inhóspitos, donde predomina la cultura hospitalaria del criancero y el asomo de rasgos ligados a lo intercultural.
Con la referencia de la publicación de la narrativa recatada por el Brigadier Mayor de las FAA: Rubén O. Palazzi, en su publicación “La Aventura de Volar” (1), permite acceder a un acontecimiento muy escasamente difundido y bajo el dominio de intrincados argumentos. El autor lo presenta bajo un título muy sugestivo: “Creo, sinceramente, que lo matamos” (el relato surge de una entrevista realizada al Brigadier Rafael A. Valls).
Fue un 19 de julio del año 1949 cuando, un avión de la entonces empresa LADE (Líneas Aéreas del Estado), identificado como Douglas DC -3- T 17, realizando el recorrido San Carlos de Bariloche - Aeroparque (Buenos Aires), descendió en emergencia en el establecimiento rural “Cinco Jagüeles” (2).
… “El piloto Abelardo Sangiácomo, ante la falla de uno de los motores, decidió el aterrizaje forzado (en parte de una laguna seca y un tramo de una abandonada “picada”), en medio del desierto en la provincia de La Pampa, a unos 75 kilómetros de General Acha”.
En esta frase del texto, se pueden observar afirmaciones que carecen de veracidad conceptual. En el año que se cita, debería mencionarse Territorio Nacional de La Pampa Central (aún no se lo había declarado como provincia); se hace referencia a la zona como “desierto”, ¿resabios de la denominada “campaña o conquista del desierto”?, concepción determinista de los grupos militares de poder, fundamentada en el desalojo definitivo de los pueblos originarios, calificados como “la barbarie”. Más aún, cuando se soslayan las dificultades por la que atravesaba (en esa década de 1940) la población del lugar, dedicada a la crianza de ganado ovino y caprino, en un territorio con la escasez de agua y las prolongadas sequías por lo agresivo del clima semiárido del habitado espacio geográfico.
Al mediar el siglo XX, en los densos montes, allí donde deambula el hechizo del Huecuvu Mapu se deslizó, cual si fuese una centella, un “pájaro de acero”. Se trató de un avión con pasajeros, el que, producto de fallas técnicas, logró aterrizar con la destreza de avezados pilotos de la Aviación Nacional. La arriesgada maniobra, no impidió que, la tripulación y pasajeros salieran indemnes.
La narrativa continúa … “El avión se detuvo cerca, muy cerca de un gran rancho. Los pasajeros y la tripulación resultaron ilesos. El comandante del vuelo, teniente Sangiácomo consiguió, en el aterrizaje de emergencia, dos “chichones”, sin importancia. No tuvo la misma suerte el avión que se lastimó mucho. La mayoría del pasaje, eran parejas que venían de disfrutar la luna de miel y pasado el susto no tuvieron problemas para charlar de la aventura. Lo malo era el viento y el frío”.
Aquí se reanima la displicencia acerca del concepto que se le otorga a la vivienda de un puestero, calificándola como “rancho”. Generalmente, estas viviendas fueron construidas con sólidas paredes de “chorizo”. En el oeste pampeano, las paredes de “chorizo” (barro crudo) son una técnica ancestral de bioarquitectura, caracterizadas por ser rollos de tierra mezclada con paja y abono (vaca/caballo) amasados y enrollados sobre una estructura base (como alambre o carrizo), formando muros gruesos y aislantes, ideales para climas secos, valorados hoy como patrimonio cultural pampeano por su sustentabilidad y adaptación al entorno rural. (3)
… “el equipo de radio se averió, hasta que el sargento Aldo Conti lo puso en servicio dando aviso al aeropuerto de Santa Rosa y, desde allí a General Acha. Desde esta localidad, se envió un micro chico” … “trasladó el pasaje, sufriendo los arañazos de los espinillos, a un hotelito de la ciudad, que dicen, se llama Londres. Las habitaciones eran pocas y se las ofrecieron a los recién casados”.
… “Al día siguiente, el 12 de julio, llegó el DC -3 T- 26, al mando del teniente Osvaldo Cacciatore (que no recuerda el vuelo) y trasladó a todos -nadie sabe por qué- a Morón”.
“Cuenta el sargento Bravin que, cuidando el avión que pasó un mes y medio en ese lugar. Se convirtió en parte del entorno que le tocó vivir. Aprendiendo a comer charito (pichón de avestruz), palomas turcas y monteras -y, con un rifle que le prestó el estanciero Arrecines, que vino a ver el avión accidentado -, a cazarlas. Se alimentó con tanta oveja que aún hoy, después de cincuenta años, no puede ver, ni de cerca, a un cordero”
Como se puede apreciar lo narrado por el sargento Bravín, hay algunos términos que no responden a la realidad del ambiente donde se encontraba el Douglas. Este se observa al referirse al consumo de alimentos, en lo que respecta al avestruz, no responde a la denominación regional de una especie propia como lo es el ñandú (rhea americana); cuando se refiere al “estanciero Arrecines”, no es el apellido del dueño de la Estancia, pues, en ese entonces era propietario el productor ganadero Eusebio Arrese.
Hay pormenores que atraviesan este suceso. Para los superiores del Ejército Argentino, era fundamental recuperar el avión averiado (existía un serio problema de presupuesto para sostener la empresa aérea del Estado). Interactúan evaluadores del caso, especialistas en el tema venidos desde Buenos Aires (es el caso del jefe del Regimiento I de Transporte, capitán Amílcar San Juan, quién toma la iniciativa de hacerlo, solicitando asistentes mecánicos, herramienta adecuada, maquinaria para convertir el espacio en una improvisada pista que permitiese el despegue del Douglas).
Dan cuenta de un dato no menor: … “el avión cayó de trompa a solo 50 metros de la vivienda del puestero Ciriaco Gallero (el hombre tenía una familia, compuesta de su mujer y ocho hijos; a pesar de la humilde construcción, ofreció la vivienda para el equipo que repararía el avión). El trajinar de unas veinte personas durante el día, llegaron alimentos desconocidos para los lugareños y se compartía en las magras condiciones de habitabilidad de la casa”.
Cómo anécdota a destacar de este encuentro, se recupera un breve diálogo entre uno de los militares y Ciriaco, mientras compartían el alimento:
- ¿cómo se llama esa niñita? (pregunta el militar refiriéndose a uno de los niños de unos cuatro años, con ojos brillantes y larga melena).
- No señor, es macho, pero cuando nació, la señora que vino para ayudar al parto, dijo que la cosa venía mal y que, si se salvaba, tenía que dejarse crecer el pelo hasta los cinco años (respondió Ciriaco).
Una ardua tarea permitió la definitiva reparación del T-17 y la construcción de la improvisada pista (sin datar la fecha en la que pudo volver a volar), el piloto de abordo fue el capitán Roberto Vicente Martorano, quién no dejó precisión en el parte de regreso datos precisos referidos al vuelo. Sí la destacada labor del personal: el vicecomodoro Alberto José Bodas, el oficial mayor Guido Bravín.
El suboficial mayor Julio Juan Barach, entre otros.
Un suceso poco común en estas latitudes, el que deja, no sólo la capacidad y el arrojo de los integrantes del Ejército Argentino, sino, la hospitalidad de los lugareños, quienes a pesar de su humilde morada, dieron cobijo a quienes se desempeñaron como el equipo de mecánicos y especialistas, quienes recuperaron definitivamente al Douglas -3 T-17 de LADE.
(1) Rubén O. Palazzi, “La aventura de volar” - Colección de Historia Aeroespacial -2003- Asociación de amigos de la Biblioteca Nacional de Aeronáutica.
(2) Jagüel o jagüey -vocablo de origen quechua- pozo profundo con agua subterránea; en la zona, excavación profunda en áreas del dominio de planicies, dónde el agua se destina al consumo del ganado de cría.
(3) El patrimonio cultural pampeano: la “técnica del chorizo”.
Un especial reconocimiento por el aporte del texto a la Sra. Marisa Saldaño.
* Colaborador
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