Martes 14 de mayo 2024

Entre aplausos y silencios

Redaccion Avances 03/09/2023 - 06.00.hs

El ejercicio de la memoria histórica nos obliga a recorrer algunas de las páginas difundidas por dos de los principales medios de comunicación que fueron serviles de la dictadura: Clarín y La Nación.

 

Juan Carlos Martínez *

 

La dictadura cívico-militar-clerical que asumió el poder el 24 de marzo de 1976 no hubiese aplicado el plan criminal que se llevó la vida de treinta mil personas y se apropió de más de medio millar de niños si el periodismo no hubiera arriado las banderas de la libertad entre aplausos y silencios. Es decir, si no hubiese optado por sumarse a la complicidad de los sectores civiles que acompañaron aquella sangrienta aventura. El ejercicio de la memoria histórica nos obliga a recorrer algunas de las páginas difundidas por dos de los principales medios de comunicación que fueron serviles de la dictadura: Clarín, La Nación y La Razón. De los dos primeros medios hemos extraído algunos capítulos que confirman los sólidos lazos que mantuvieron los diarios más antiguos de la Argentina con la dictadura genocida.

 

 

Testimonios en imágenes.

 

(El siguiente texto también está incluido en el libro La Apropiadora, páginas 23, 24, 25 y 26).

 

La irrupción de los militares en el poder fue recibida por el gran diario argentino con beneplácito, como la mayoría de los medios. Su postura se mantuvo durante el cruento ciclo que duró la dictadura. Clarín acompañó con su silencio las múltiples atrocidades que se cometieron, entre ellas el asesinato de más de cien periodistas, incluido Carlos Alberto Pérez, director del suplemento literario del diario. Pablo Llonto (*) dice que la noticia del secuestro de Pérez -quien también trabajaba como gerente de producción de Eudeba, la editorial independiente de la Universidad de Buenos Aires- se publicó en un pequeño recuadro del diario junto a la información sobre la desaparición del legislador uruguayo del Frente Amplio y también periodista Zelmar Michelini. En otro párrafo de La Noble Ernestina (*) se revela que a la viuda estas cuestiones no le interesaban.

 

Estaba ocupada con las gestiones que, por vía de desarrollismo y sus amigos del Ejército, se aceleraban para conseguirle la adopción de una pareja de niños. El coronel Cúneo hacía alardes de contar con una serie de contactos que podían ayudar a Frigerio a cumplir con lo que tanto le reclamaba Magnetto . “A la viuda hay que ocuparle los días con algo, así se deja de romper las pelotas en el diario”. ¿Me van a traer una nena y un nene? ¿Es en serio?, le preguntó a Frigerio. El pensador del MID -agrega Llonto- ya no sabía cómo contarle que se reunía todos los días con abogados, médicos y militares para ver de qué manera podía satisfacer el deseo de la señora que ya a esa altura bramaba por una solución. Al mismo tiempo se preguntaba si tenía sentido que le hablara a los conocidos en la cúpula militar sobre el caso Pérez. Llonto recuerda que la viuda no le dedicaría una línea más al secuestro de Pérez, el único periodista de Clarín que desapareció en aquellos años. Otro periodista de Clarín que se convirtió en blanco de la persecución de la dictadura -con un poco más de suerte que Pérez- fue Enrique Esteban, entonces corresponsal del diario en Neuquén. La desaparición de Esteban movilizó a sus colegas del Alto Valle de Río Negro y Neuquén. Los reclamos por la suerte del gordo Esteban fueron recogidos por la mayoría de los medios de comunicación regionales, particularmente por el diario Río Negro cuando el matutino patagónico acompañaba a las organizaciones de Derechos Humanos con sus denuncias contra la salvaje represión de la dictadura. La campaña en favor de Esteban, secuestrado junto con su esposa, dio sus frutos: el periodista fue liberado tres meses después en las cercanías de la ciudad de Tres Arroyos. Fue un milagro. Esteban apareció en el baúl de su propio auto con treinta kilos menos y con visibles huellas de las torturas a las que había sido sometido durante su cautiverio.

 

Su mujer había sido liberada antes en una zona desértica en cercanías de la ciudad rionegrina de Villa Regina. Como secretario de redacción de diario Río Negro elaboré un informe sobre el caso Esteban que me pidió el director del diario para ser presentado en una de las habituales reuniones de la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas. A su regreso de Buenos Aires, Julio Rajneri me devolvió el informe y me hizo un breve comentario: “Los miembros de ADEPA no quisieron tratar el tema aduciendo que Esteban andaba en cosas raras”. Este episodio lo relaté por primera vez en mi libro La abuela de hierro, escrito en 1995 (capítulo Luces y sombras en el periodismo), página 182. Tiempo después, Esteban moría en Buenos Aires como consecuencia de un accidente.

 

 

La Nación.

 

Otro hecho que relaté en el mismo libro fue la visita que en 1988 hicieron a la Argentina dos docentes universitarias de los Estados Unidos: Sonia y Carol Ebel, quienes querían saber qué había ocurrido con el robo de niños y la desaparición de periodistas durante la dictadura. Con ese propósito es que tomaron contacto conmigo en la ciudad rionegrina de Cipolletti, donde me encontraba en aquel momento. El grupo que integraban las dos docentes de la Universidad de Stanford había visitado el diario La Nación y allí plantearon sus inquietudes a través del siguiente diálogo:

 

P: ¿Qué pasó con los niños que reclaman las Abuelas de Plaza de Mayo?

 

R: “Casi todos eran huérfanos, abandonados por sus padres guerrilleros. Las personas que se quedaron con ellos hicieron una buena cosa”.

 

P: ¿Y qué pasó con el centenar de periodistas desaparecidos?

 

R: “De este diario no hubo ningún periodista desaparecido, de lo cual nos sentimos orgullosos”.

 

 

Era más que evidente que los empresarios periodísticos no estaban dispuestos a mover un dedo por los periodistas (y por los que no eran periodistas) que iban desapareciendo, a quienes se dejaba librados a su propia suerte. Hay que tener el corazón de piedra y la mente muy enferma para sentir orgullo como sentían en La Nación porque ningún periodista de ese diario había desaparecido. Sin embargo, La Nación tuvo un periodista desaparecido: Víctor Eduardo Seib, secuestrado el 30 de julio de 1976. Seib, que entonces tenía 27 años, además de cumplir con su tarea profesional en el diario de los Mitre era delegado de la comisión interna del matutino. ¿Por qué se les ocultó a las docentes norteamericanas la desaparición de Seib? Seguramente que su inclusión entre las víctimas les habría privado de expresar su orgullo por no tener periodistas desaparecidos. Era como decir que los desaparecidos estaban bien desaparecidos. Por lo demás, calificar de huérfanos a los niños robados y decir que sus apropiadores hicieron una cosa buena no era otra cosa que justificar y legitimar una de las mayores atrocidades cometidas contra lo más vulnerable de la especie humana, como son los niños. Tamañas afrentas demuestran la complicidad de esos editores con la dictadura y los métodos que los militares empleaban para eliminar a sus disidentes. Las docentes norteamericanas me pidieron que aquel diálogo lo publicara cuando ellas ya no estuvieran en el país. No pregunté las razones de aquella recomendación, pero deduje que las historias que las visitantes habían recogido durante su estadía en el país les había provocado fundados temores, sobre todo porque merced a las leyes de Punto Final y Obediencia Debida impulsadas por Alfonsín y votadas por el Congreso un año antes, miles de represores seguían caminando tranquilamente por las calles de la Argentina.

 

 

Una postal.

 

La delegación siguió viaje a Bariloche y desde allí Sonia me envió una postal con fecha 12 de julio de 1988: “Hola, leí en el diario de hoy que las Abuelas tenían éxito en reunirse con una nieta de once años con su familia, entonces pensaba en vos y en tu trabajo, felicitaciones. También quiero decir gracias por todo otra vez. Fue un verdadero placer hablar con vos y oír tus pensamientos. Ojalá que me escribas. Hasta Siempre. Sonia Ebel, del Grupo Stanford”.

 

PD: Nunca más tuve noticias de aquellas docentes norteamericanas, pero cada vez que rememoro su visita a la Argentina y el interés que pusieron por todo cuanto ocurría durante el terrorismo de Estado exponiendo su propia seguridad -que es como decir sus vidas-, renuevo mi admiración por la valentía de Sonia y Carol y por eso creí y sigo creyendo que no todo está perdido.

 

 

* Periodista

 

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