Miércoles 29 de mayo 2024

La Asturiana y el cementerio oculto

Redaccion Avances 04/02/2024 - 06.00.hs

Unos pocos kilómetros al noreste de Lihue Calel, el monte mantiene oculto un cementerio con una veintena de tumbas. Indagando sobre su origen, sale a la luz la historia de un paraje que a comienzos del siglo XX llegó a ser un importante punto de referencia en la zona.

 

Fernando Carrillo *

 

El dato: un cementerio abandonado con placas de más de cien años. La ubicación: difusa; apenas algunas referencias orales poco precisas. El entorno: agreste, de difícil acceso, en propiedad privada y alejado de cualquier centro urbano.

 

Así empecé a indagar sobre la estancia La Asturiana. La primera vez que escuché ese nombre fue en una charla informal con Graciela Arrese, vecina de General Acha, quien recordando su infancia largó algunas palabras que resultaron mágicas para mí: en el campo de su abuelo, donde ella veraneaba cuando niña, hubo un boliche de campo; funcionó también una escuela; y perdido en el jarillal hay un cementerio abandonado de más de cien años antigüedad.

 

Graciela recordaba imágenes bucólicas de su infancia: el cruce en sulky de un amplio salitral; juegos en la laguna, visitas al cementerio de cuya ubicación precisa pocos en la familia conocían. Ella, por lo pronto, no recordaba el lugar de emplazamiento. Su tío, Crisanto Arrese, quizás sí.

 

Hice primero una búsqueda general sobre La Asturiana: de Internet no pude sacar más que la ubicación y la imagen satelital del amplio salitral que ocupa parte de las siete leguas totales del campo; lo bordea la ruta 152. En bibliotecas, pude reconstruir un poco el origen: antes de los Arrese, la estancia había sido propiedad de Ramón Otero Coya, uno de los pioneros comerciales al sur de General Acha.

 

El asturiano.

 

Nacido en Asturias, España, Otero Coya llegó al Territorio Nacional de La Pampa Central a fines del siglo XIX (probablemente en 1898). En sus tierras, que rápidamente pobló de ovejas, abrió también un boliche de campo que abasteció a los dispersos trabajadores rurales y a las pocas familias que se animaban a hacerle frente al clima y la tierra virgen.

 

En obvia referencia a su origen, Otero llamó a su estancia La Asturiana, a unos 100 kilómetros al sur de General Acha en el camino de la larga travesía que unía a la por entonces capital territoriana con el río Colorado. El comercio, que comenzó apenas como un boliche, en poco tiempo se convertiría en un importante almacén de ramos generales.

 

Pronto Otero Coya trajo a la Argentina a su compañera, la también asturiana Justina Portas, con quien se casó estando ya instalado en la Pampa Central. Del matrimonio nacieron cuatro hijos: Francisco, Rufino, Alberto y Ramón.

 

Aparece Crisanto Arrese.

 

Contaba hasta aquí con los primeros datos generales, y siguiendo el consejo de mi informante inicial, Graciela Arrese, contacté a su tío.

 

En Acha me entrevisté con Crisanto Arrese. Y tuve contacto con Rubén Giordano, historiador local y conocedor de gente. En el comienzo de la investigación me acompañó una andariega de la provincia, Mónica Salvador.

 

Crisanto Arrese, con sus 92 años, tiene aún frescos en la memoria sus propios recuerdos y los que le legó su padre, Andrés Arrese, que desde pequeño había trabajado en las cabellerizas de Ramón Otero Coya –era quien cambiaba los caballos de las galeras–, para luego ser peón y hasta encargado del campo. Tiempo después llegó a comprarlo.

 

Crisanto, como hijo mayor, jugó de pequeño en el lugar, trabajó siendo adolescente y más tarde administró la estancia una vez fallecido su padre. Conoce el lugar...

 

Si bien no fue contemporáneo de Ramón Otero, confirma por dichos de su padre que en la estancia hubo un boliche muy concurrido en la zona, y que durante algunos años funcionó una escuela a la que asistieron su padre, los hijos de Otero y otros niños de los puestos y campos vecinos.

 

En lo que sigue de la nota, me referiré tanto a datos recabados en entrevistas realizadas en General Acha a los vecinos Crisanto Arrese y María Julia Arrarás, como a conocimientos de Rubén Giordano generosamente compartidos conmigo. Lo complemento con información obtenida de lecturas propias.

 

Hice un único viaje a La Asturiana, cuyas impresiones volcaré más adelante.

 

El almacén.

 

El comercio de Otero Coya estaba emplazado en algún punto cercano al camino que en aquél entonces unía General Acha con La Japonesa, del otro lado del río Colorado, travesía de más de 240 kilómetros en tierra inhóspita (con excepción de la colonia Los Puelches, que por entonces era apenas un grupo de ranchos junto al cauce cada vez más seco del río Curacó). Era así sitio de paso obligado para quienes iban hacia Choele-Choel y más al sur.

 

Es por esto que el puesto de Otero resultaba de importancia por ser posta de carruajes -con estafeta postal incluida-, sitio de acopio y punto de venta de provisiones y enseres mínimos.

 

Un artículo de la revista La Moderna de octubre de 1935 recoge el testimonio de Eladia López de Arrarás, quien junto a su esposo e hijos había sido vecina de La Asturiana: “Don Ramón hizo rebajar en más de un 40% los altos precios de los artículos, constituyéndose al poco tiempo en una romería su casa de negocio y captándose la simpatía de todo el vecindario”.

 

Las minas y el transporte.

 

La instalación y posterior auge de La Asturiana está íntimamente ligada al agua. Ramón Otero Coya tuvo la fortuna de encontrar bajo su suelo agua buena y en cantidad, una rareza en decenas de kilómetros a la redonda. El recurso, mortalmente escaso en la zona, le brindó al paraje la posibilidad de ser un sitio habitable en un entorno hostil.

 

Por otra parte, desde “fines del siglo XIX hasta 1915 aproximadamente, estuvo en producción un yacimiento de cobre localizado en inmediaciones de Puelches y designado Minerales de La Pampa”, tal como explica el profesor Raúl Hernández (1).

 

Es así como estas minas, a unos 40 kilómetros de las tierras de Otero, en inmediaciones de Lihue Calel, generaron también un significativo movimiento de personas y mercaderías que le dio por aquellos años gran importancia al boliche de La Asturiana: en aquél entonces, el ferrocarril con base en el puerto de Bahía Blanca llegaba con un ramal a General Acha, por el norte, y con otro a Pichi Mahuida, por el sur; la mercadería que abastecía al comercio de Otero, y los pasajeros, llegaban y partían de ambos puntos.

 

Junto con esto, florecía el comercio alrededor de las ovejas: salían de La Asturiana carretas repletas de lana y cuero que volvían de Pichi Mahuida con todo tipo de provisiones.

 

Es por eso que para la década del 1910 la estancia de Ramón Otero era ya un centro de importancia en la región.

 

La escuela.

 

Ramón Otero como colono pensó también en la contención educativa de sus propios hijos y de los hijos de peones, puesteros y vecinos.

 

María Julia Arrarás, nieta de Eladia López y de José Arrarás, cuya familia fue dueña del Dos Naciones, campo pegado a La Asturiana, me cuenta que su padre Miguel fue uno de aquellos primeros alumnos. “La escuela funcionó poco tiempo en La Asturiana. El maestro era Simeón Gatica, que después se trasladó a la Colonia Santa María”, detalla.

 

La poca información concreta sobre la escuela me llevó a revisar más libros. Di así con “Sembrando en la memoria: centenario de Colonia Santa María” (Folco y Folmer comp.) donde María José Billorou detalla: “La escuela N°59 (…) había sido creada en marzo de 1909 en el paraje La Asturiana, en el departamento de Lihuel Calel a unos cien kilómetros de General Acha. Hacia noviembre de 1911, la poca inscripción debido a las malas condiciones climáticas, especialmente la sequía y el subsiguiente éxodo poblacional, provocaron la clausura definitiva de la escuela en esa localización y su traslado a la Colonia Santa María (…) los muebles y útiles se trasladaron junto con el Director del paraje La Asturiana”.

 

Crisanto Arrese, por su parte, menciona una anécdota contada por su padre que, a diferencia del documento ministerial, habla de un traslado no muy pacífico ya que los vecinos de La Asturiana intentaron sin éxito evitar que el maestro y los muebles escolares salieran de la estancia. Eso habría generado resquemores en aquél momento con los colonienses.

 

El salto a Acha.

 

No hay precisión en los datos que permitan marcar fechas puntuales para el apogeo y declive de La Asturiana como punto de comercio. Sí se sabe que Otero llegó a abrir otros boliches en la zona, uno de ellos en Agua Blanca, algunos kilómetros al sur.

 

Ya para 1920, viendo el crecimiento poblacional de General Acha, el colono asturiano decidió expandir su negocio y junto a otros socios abrió en la ciudad una sucursal de La Asturiana, que más tarde pasó a denominarse La Moderna, y que llegó a ser un reconocido almacén de Ramos Generales con cierta continuidad hasta nuestros días.

 

Se estima que hacia 1923 Otero dio por concluida la experiencia comercial en La Asturiana, dedicándose de lleno al comercio en Acha. El campo quedó sólo para producción ganadera.

 

Ramón Otero Coya falleció a comienzo de la década de 1930. Sus hijos continuaron la tradición comercial algunos años más integrando sucesivos directorios de La Moderna, hasta que la participación familiar se fue licuando en el tiempo.

 

Mientras tanto, La Asturiana siguió en producción agropecuaria, dedicada fundamentalmente a la cría lanar y en menor medida a la vacuna.

 

Los Arrese.

 

Los años 40 llegaron con penurias. Las pocas precipitaciones mermaron significativamente la actividad en general y hacia fines de la década, el corte del río Atuel en Mendoza dejó sin escorrentía al Curacó y arruinó definitivamente al comercio lanar de toda la zona, afectando a decenas de familias e impactando también la producción en las tierras de los Otero.

 

Por aquellos años La Asturiana pasó a manos de la reconocida firma Menéndez Behety, que tenía ya sus tentáculos desplegados por toda la Patagonia, pero pronto volvería a salir a la venta.

 

Fue entonces cuando aprovechó la oportunidad el padre de Crisanto, Andrés Arrese: “Mi papá quería mucho ese campo porque lo trabajó desde muy pequeño: fue alumno de la escuela y cuando tenía 14 años ya era peón de Otero”, cuenta.

 

Con cierto capital que había conseguido criando ovejas en lotes alquilados, y la facilidad de un crédito, Andrés Arrese pudo adquirir las 7 leguas de La Asturiana, a donde llevó definitivamente a su esposa Micaela Arrebillaga y a su numerosa familia compuesta de 10 hijos.

 

A medida que crecían, casi todos los hijos fueron tomando a su cargo distintas tareas rurales, y con el tiempo, algunos de los hermanos emigraron a Acha y otros permanecieron por décadas en el lugar. Nacieron nietos, fueron y volvieron hijos, hubo alegrías, penurias, ausencias, negocios, épocas buenas y épocas malas. Y La Asturiana siguió, con su perfil ganadero, alimentando a una numerosa familia.

 

Al comienzo del nuevo siglo, y en un contexto que abría otras posibilidades, los Arrese dejaron definitivamente el lugar.

 

¿Y el cementerio?

 

La estancia que supo ser de Ramón Otero y los Arrese está ahora en manos de una familia de Río Negro. El campo se dedica casi exclusivamente a la cría vacuna.

 

Con autorización del dueño se puede ingresar.

 

El bello y amplio salar del cual me hablara Graciela Arrese se observa a la vera de la ruta 152, habitado por flamencos y patos.

 

La casa actual es modesta, relativamente pequeña, y de estructura moderna; evidentemente no es una vivienda centenaria.

 

No hay rastros a la vista de la casa que en algún momento fuera de Otero Coya y su familia, ni restos del boliche. En algún lugar del campo pude dar con escombros y chapas, en medio de los cuales hoy solo queda en pie un viejo aljibe, pero nada indica que sean ésas las instalaciones históricas de la estancia. El tiempo y el viento parecen haberlo borrado todo.

 

Y en cuanto al cementerio abandonado, origen de mi curiosidad por esta historia, no contaba yo con precisión alguna; apenas una vaga referencia del área en donde podría estar, algunos kilómetros campo adentro.

 

Hasta allí llegamos en camioneta junto a un empleado del establecimiento, que desconocía esta historia, y caminamos por algo más de una hora por entre el monte bajo y espinoso, de muy difícil tránsito, buscando el camposanto que cada vez se escondía más en el agreste paisaje: la vista se perdía entre el jarillal y los alpatacos, y una tierra resquebrajada por el sol y el viento. Siempre de fondo, acompañaba la silueta de las sierras de Lihue Calel.

 

Tras larga caminata por una picada, a lo lejos y entre el monte, divisamos una pequeña estructura de chapa. Nos acercamos.

 

Entre ramas retorcidas de chañar, protegidas por las espinas de los alpatacos y algún que otro molle y algarrobo, asomaba una veintena de tumbas, visitadas en las últimas décadas sólo por la fauna salvaje. La búsqueda no había sido en vano: el cementerio existe.

 

Cada una de las tumbas está cercada por una reja de hierro, coronada por una cruz y una humilde placa de lata. No en todas se pueden leer los nombres; la mayoría está herrumbrada e ilegible, e incluso algunas directamente ausentes.

 

De entre las que se pueden leer, hay placas fechadas a partir de 1906 y hasta 1923. Y sorprende la cantidad de tumbas pequeñas, siendo prácticamente la mitad, acompañadas sus cruces con un angelito de lata.

 

Sin intención de molestar al tiempo, tras contemplar por unos minutos el lugar, dejamos el camposanto al resguardo del viento y las estrellas, tal como se ha mantenido en los últimos cien años.

 

Así dejé atrás La Asturiana, llevándome más de un siglo de su historia que no es sino un reflejo -uno entre muchos- de cómo se trabajó y se forjó La Pampa.

 

Este artículo no se podría haber hecho sin la memora lúcida de don Crisanto Arrese, hijo de Andrés Arrese y depositarios de sus recuerdos. Y fue fundamental el rico conocimiento y la generosa colaboración de Rubén Giordano. Acompañó la viajera Mónica Salvador.

 

 

(1) Hernández Raúl (2009). Minería en la zona puelchina en C. Salomón Tarquini (Ed.) Puelches, una historia que fluye junto al Salado. EDUNLPam

 

* Periodista

 

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