La Canilla
En esta página el autor comparte uno de los relatos publicado en su último libro. La Canilla coincide además con los tiempos que corren, en que el valor del agua toma protagonismo nuevamente con la aprobación de la reforma de la Ley de Glaciares.
Juan Aldo Umazano *
Era capaz de recorrer la pampa en un instante. Muchos lo conocían y nombraban sin haberlo visto nunca. Él lo sabía. Llegó, se apeó, y con tranco seguro fue hasta la mujer y preguntó: -¿Qué hace?
- ¡Uff!- dijo la mujer-. Bombeo-. A su lado había una olla. Era ya mayor. Parecía no haberse sorprendido por la presencia del hombre.
-¿Usted dirá?
Estaba muy agitada.
-Con este calor bombeando.
-Y, el agua es el agua.
Los vecinos se turnaban para elevarla al tanque que mantenía los bebederos llenos.
El hombre miró en todas direcciones, vio algunas chivas, el corral de ramas, y elevó la mirada al tanque que recibía el agua.
Ella se preguntó dónde habría dejado el caballo. Tenía el rebenque en la mano. Debajo de la campera, un bulto denunciaba la presencia de un revolver. Su frente, menos tostada que el resto de la cara. No llevaba el sombrero.
-Los animales vendrán a beber-, dijo la mujer creyendo adivinar el pensamiento del forastero. No era muy común encontrarse con hombres rubios. La mujer continuó en lo suyo y él fue hasta el bebedero. Desde ahí le hizo la pregunta:
- ¿De aquí sacan también para ustedes?
- Sí señor.
El hombre regresó: -Haré noche bajo esas jarillas, si me permite.
- Ahí está el galpón. Cuelgue por puerta algunos cueros y no pasará frío. Después, en la cocina encontrará al patrón para charlar y amarguear.
- Gracias. ¿Hace mucho que no llueve?
- Bastante.
En la mirada de la mujer había tristeza y resignación. Vivir en esa tierra seca, sobre un humedal imaginado por la espera, era difícil.
El hombre agradeció la hospitalidad y se perdió detrás del rancho. Podría ser en dirección a su caballo.
Esa noche sólo el viento se escuchó. Ningún cuero fue colgado en la entrada del galpón.
Cuando amaneció y la mujer se dirigió al bebedero, estaba el hombre, ocupado, algo encorvado. Se dio vuelta. Sonrió recién peinado.
- ¿No durmió en el galpón?
- Nadie debe saber dónde duermo-. Contestó hoscamente.
- Entonces no lo agarrarán dormido-, dijo la mujer, y sonrió tratando que el chiste no transgrediera. El hombre pareció darle la razón y la cobijó con la mirada.
- Así es.
Lo que siguió, sí que fue silencio. Era la nada detenida. Había tanto cielo azul, que verlo sin una nube, indignaba.
Las manos del forastero terminaban de colocar una canilla en el caño que alimentaba los bebederos.
- De ahora en adelante, usted sacará de aquí, antes que llegue al lugar donde toman los animales.
- Yo, nosotros, y el resto de los vecinos-, aclaró la mujer con alegría.
Comenzó a escucharse la risa de varios niños que formaban cola con baldes y cacerolas. Al rato, los chicos jugaban y las cacerolas y los baldes eran los que hacían cola formando una fila en la tierra.
- ¿De dónde sacó la canilla?
- Estaba en el galponcito; esperaba.
- Todos esperamos-, y sonrió, como si algo lejano le llegara. - ¿Hacia dónde se dirige?
El hombre se rascó la cabeza, buscó la contestación adecuada, de acuerdo con su situación: -Voy hacia allá, o hacia allá. También hacia aquel lado, o hacia este otro.
- ¿Y de dónde viene?
- De los mismos lugares.
Sonaron graciosas las contestaciones.
Se quedaron mirando cómo el agua entraba a los bebederos. A él, le trajo imágenes de otra época. “Por eso ahora falta el agua. Porque la que tendría que venir fresquita por el deshielo y correr hacia los bajos, no llega. En eso el agua se parece a la pobreza; siempre busca lo más bajo”.
Sus manos limpiaron la canilla. Después agregó que “había que cuidarla mucho porque sin agua todo se terminaría, hasta las lágrimas se terminarían, y ni siquiera íbamos a poder llorar. Por eso había que cuidarla, porque nos quedaríamos sin vida. Entonces, no nos podríamos ver, ni escuchar, ni estar. Ni siquiera la soledad podrá existir, porque la soledad necesita de otros, para estar sola. ¿Qué es lo que le da sentido a la vida? El otro. Que había que evitar el cuatrerismo con el agua, porque hay algunos bandoleros que se la pasan bandoleriando; para ellos el bolsillo es lo más importante. Y fíjese usted, nunca tienen un agujero en el bolsillo. Ni una moneda se les cae. Que lo que había que controlar era de dónde venía el agua”.
Muchas otras cosas dijeron que dijo esta especie de resurrección. “Y además enseñarles a los niños cómo se abría y cerraba una canilla, que debía estar custodiada por la policía para que se dejara de espuelear y jinetear cristianos”.
La mujer miró a la distancia. Nada. Pero escuchaba algo que sin sonar era quejumbroso, difícil de identificar.
Fue a prepararle mate cocido con galleta y cuando volvió, ya no estaba. Se lo había tragado la tierra, o llevado el viento; que como era agosto estaba soplador.
Después apareció el caballo en el que llegó. Era el alazán que le había prestado un vecino hacía un tiempo.
Cuando recordaron el pelo rubio, los ojos celestes, el caballo prestado y devuelto, pensaron todos, que podría ser un personaje de los que construye la gente frente al fuego. Y que se habría dado una vuelta para recordar algún tema más que importante.
* Escritor, actor, dramaturgo
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