La Habitación de al Lado
En esta página, presentamos una reseña sobre la primera película que Pedro Almodóvar realizó en idioma inglés. Se trata de La habitación de al lado, disponible en la plataforma Netflix.
Gisela Colombo *
En La habitación de al lado, Pedro Almodóvar parece haber alcanzado una forma de depuración que no implica renuncia, sino síntesis. Como si después de haber explorado durante décadas los pliegues más intensos del melodrama, eligiera ahora decir menos para que resuene más. La emoción, aquí, no irrumpe: se insinúa. Y en esa insinuación encuentra una potencia inusitada.
Basada en la novela What Are You Going Through de Sigrid Nunez, la película narra el reencuentro entre dos mujeres, atravesadas por un pasado compartido, en el umbral de una despedida definitiva. Pero lo que podría haber sido un relato sobre la enfermedad se transforma, en manos de Almodóvar, en una meditación sobre la compañía, sobre ese gesto -tan humano como insuficiente- de permanecer junto a otro cuando ya no hay nada que ofrecer salvo presencia.
El trabajo de Tilda Swinton y Julianne Moore es de una precisión admirable. Swinton construye un personaje donde la lucidez no excluye la fragilidad, sino que la vuelve más nítida; Moore, en cambio, encarna la incertidumbre del que asiste, del que acompaña sin certezas, sosteniendo una incomodidad que nunca se resuelve del todo. Entre ambas se abre un espacio de intimidad que no busca clausura: es, más bien, un territorio en suspensión.
Hay, además, una dimensión visual que merece destacarse. Si el universo de Almodóvar ha dialogado siempre con la pintura, aquí ese diálogo parece inclinarse hacia una suerte de abstracción emocional que remite, por momentos, a la limpieza cromática de Joan Miró: colores planos, puros, casi infantiles en su aparente simplicidad, que sin embargo contienen una intensidad secreta. Los rojos, los azules, los amarillos no ilustran estados de ánimo: los sostienen. Funcionan como superficies donde la emoción se posa sin desbordar, como si el color mismo fuera una forma de silencio.
La dirección acompaña esta elección con una sobriedad que no es distancia, sino cuidado. El asunto parece sondear cuánto mostrar, cuánto callar, cuánto habilitar la empatía del espectador en ese tiempo suspendido. Una vez más, la maestría de Almodóvar que evita con destreza tanto el golpe bajo como el tedio. Aun cuando la materia es el dolor -la enfermedad, la despedida, la finitud-. Nada espanta, nada abruma, nada se vuelve reiterativo. Por el contrario, hay una fluidez serena que sostiene la atención sin esfuerzo, como si cada escena encontrara su duración justa.
El guion, en esa línea, rehúye cualquier tentación explicativa. Los diálogos avanzan con una cadencia que recuerda a la conversación real: fragmentaria, lateral, cargada de silencios. Pero es en esos silencios donde la película encuentra su espesor. No hay grandes declaraciones, sino pequeñas verdades dichas casi al pasar, como si lo esencial no pudiera formularse sin perder algo en el intento.
Así, La habitación de al lado no se ofrece como una respuesta, sino como una pregunta sostenida en el tiempo: ¿qué significa, verdaderamente, estar con otro? ¿Hasta dónde llega esa cercanía? ¿Y qué queda, finalmente, cuando ya no hay nada que hacer?
Tal vez la película sugiera -sin afirmarlo nunca del todo- que acompañar es aceptar ese límite. Permanecer, aun sabiendo que hay una habitación a la que no podremos entrar. Y que, sin embargo, ese gesto mínimo, casi imperceptible, es también una forma de amor.
* Docente y escritora
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