Los rostros de la tierra

Redaccion Avances 10/01/2022 - 13.06.hs

Al enterarme de la reedición del libro “Los rostros de la tierra – Iconografía indígena de La Pampa 1870-1950” (Pedro Vigne y José Carlos Depetris), me vino a la memoria que en el archivo personal del programa Cantos en el tiempo, hallaría una entrevista realizada a Depetris.

 

Ernesto del Viso *

 

Desde aquella audición radial han sucedido 21 años, pero acordado con el propio José Carlos, aquí la reproducimos. En este encuentro de amigos ante un micrófono, encontraremos algunos signos, elementos, motivos que llevarán a José Depetris, a escribir su parte en este libro que finalmente fue presentado (su segunda edición) el pasado 16 de diciembre en el Concejo Deliberante de Santa Rosa. La primera edición correspondió a la Universidad Nacional de Quilmes y Ediciones Amerindia, y ésta última a Ediciones Amerindia.
 
– Ernesto del Viso: ¿Cómo comienza a gestarse “Los rostros de la tierra”?

 

– José Carlos Depetris: En lo personal, este libro se gestó hace muchos años. Cuando éramos chicos, nosotros vivíamos en la calle Juan B. Justo, donde mi padre tenía una panadería y muy cerca de allí, estaba el salitral (años 50’). Yo tendría 5 o 6 años, cuando me sentaba en la vereda de mi casa y así veía pasar gente que vivía en el salitral. Gente que iba al centro, a comprar tal vez a Casa Torroba (Lagos y Avellaneda) y me llamaba la atención sus rostros. Pasaban viejos, jóvenes, mujeres, chicos. Con alguno de estos chicos yo iba a la escuela. Teníamos los apodos del barrio, comunes a todos los barrios santarroseños. Con el tiempo, fui entendiendo, (remarca José Carlos), que esta gente arrastraba una condición distinta.

 

– ¿Cuáles serán tus fuentes literarias y primarias?

 

– En las primeras lecturas mías, sobre Estanislao Zeballos, Lucio V. Mansilla, me fui dando cuenta, que esa gente a la que yo veía diferente y tanto me llamaba la atención, esos rostros, esas miradas, ese agobio que en ellos trasuntaba tal vez por la desesperanza, eran los descendientes, hijos, nietos y hasta algunos actores mismos que llegué a conocer, de aquel suceso mal llamado “Conquista del desierto”. Era el remanente de la población indígena que también estuvo en la fundación de los primeros pueblos.
Ese recuerdo en sepia, de aquellos rostros, parió sin saberlo la génesis de este libro “Los rostros de la tierra”.

 

– ¿Solías charlar con alguno de ellos sobre estos temas?

 

– Con alguno de ellos sí, porque tuve oportunidad de conocerlos, pues muchos de ellos solían ir mucho al negocio de papá. Es más, alguno trabajaba alternativamente entre el campo y la ciudad y lo hacían en alguna tarea de nuestra panadería, como entrar la leña, de cuando existían los hornos a leña para hacer el pan. Y pude conocerlos a otros, pero en ellos notaba como una identidad enmascarada: la mayoría no se reconocían como indígenas. Pues reconocer su origen, en aquellos años, era poco menos que una vergüenza. Sabemos que con el tiempo esta tendencia se fue revirtiendo, tanto que ya desde hace años, hay comunidades indígenas que están luchando por la reivindicación de su propia historia.

 

– ¿Recuerdas nombres y apellidos de aquellos tiempos?

 

– Los mismos que figuran en el libro y los que hoy conocemos, a partir de la formidable tarea de nuestros poetas y músicos: los Cabral, los Ancafilú, los Rosas, los Mariqueos, los Cayupan...

 

– Siendo pequeño, ¿pudiste hablar con alguna gente de edad?

 

– Alcancé a conocer algunos viejitos de esos que nombro o señalo, como protagonista del siglo XIX. Por ellos pude conocer algunos hechos de los momentos de la fundación de Santa Rosa. Cuando comencé a formarme, allá por la década del 60’, 70’ y leer todos los clásicos de la literatura de la “guerra del Indio” y conocer a la vez a nuestros poetas y a nuestros músicos, que era una forma interesante de formarme, es decir, escuchándolos y leyéndolos a ellos, me pude dar cuenta que alguna de esa gente que yo había conocido de chico, estaban en algunos de los textos que ahora leía o en la canción. Pero después me metí en los archivos, pues pensaba que había más historia soterrada que aparecía en algunos legajos por ejemplo.  

 

– ¿Todo esto en qué desembocó?

 

– Todo esto me dio la posibilidad, más mi inquietud que nunca cesa, de empezar a escribir artículos periodísticos, realizar investigaciones en el tema y a su vez fui conociendo gente y recibiendo ayuda de muchos amigos que consideraron mis trabajos y así darme la posibilidad de poder mostrarlos, hasta que en un determinado momento coincidimos con Pedro Vigne, conversamos el tema y nos largamos de lleno a realizar este proyecto titulado “Los Rostros de la Tierra”. 

 

– El libro expone una cantidad interesante de material fotográfico, ¿dónde conseguiste el mismo?

 

– Gente que me lo prestaba, indígena o no. Fotos antigua que la hacía reproducir, la referenciaba y la guardaba. Todo ese material en alguna oportunidad sería la ilustración acabada de algún texto mío. Allí estaban las fotos para ser exhibidas junto a las que también conseguimos con Pedro.  

 

– Sé de tus trabajos de investigación y viajes a Río Cuarto a los archivos de los franciscanos, como también a Bahía Blanca. 

 

– Fui muchos años a Río Cuarto, al archivo en el convento de los franciscanos, pues ellos trabajaron mucho en el siglo XIX, en los tiempos en que Lucio V. Mansilla viene a La Pampa y escribe su famosa “Excursión a los Indios Ranqueles”. Allí trabajé sobre una serie de documentación de cartas, manuscritos de curas franciscanos misioneros que trabajaban directamente en las tolderías con los ranqueles. En el convento me metía en el archivo y en un primer momento copiaba mucha documentación a mano y luego me permitieron cruzar a la vereda de enfrente y fotocopiar algunos documentos. De esta manera pude ir metiéndome en la historia “menuda” de aquel conglomerado humano de La Pampa del siglo XIX y recrear un poco la vida, ya no solamente desde los aspectos de la guerra del indio, sino esa otra forma de vida que generó esa frontera que nunca separó al indio del cristiano, sino que generó toda una cultura donde convivían curas, comerciantes, cautivos, indios, militares, aventureros.

 

– Mansilla rescata o nombra a lo largo de su obra de la “Excursión…”, a personas con nombre y apellido como Fermina Zárate, cautiva de Ramón Cabral el Platero, que ha dado muchas posibilidades a la creación poética. ¿Qué pudiste hallar en tanta documentación?

 

– Descubrí lugares y sobre todo descubrí posturas de una y otra parte, de caciques, de indios, de militares, de comerciantes. Todo eso lo fui volcando en notas periodísticas, pero básicamente empecé a trabajar y a rehacer la historia de este pueblo que pareciera se hubiera disuelto, pero gracias a Dios está muy viva. Comencé a trabajar en los aspectos genealógicos, en la conformación de las familias, en la forma de detentar el poder de cada grupo, de cada tribu. En aquella sociedad sin estado, una forma de detentar el poder son las relaciones clónicas, entonces creo que siguiendo esta línea de investigación, uno puede arribar a conclusiones muy interesantes. Así fue como fui conformando la idea nutricia de este libro con la ayuda de quien hizo el prólogo, Walter Cazenave y con largas charlas con quien además escribió la contratapa del libro, don Edgar Morisoli y por supuesto con el trabajo junto a Pedro Vigne y con Facundo Di Nápoli de Nexo, donde cada página fue discutida, repensada y re-hecha. Es un libro que dio mucho trabajo, pero pienso que era un libro que estaba faltando. 

 

– ¿Para qué crees que puede servir este libro? 

 

– Yo pienso que este libro tiene varios públicos. Es material de “impacto” (las comillas son nuestras), para quien nunca haya escuchado del tema, impacta mucho con esas fotos antiguas que abarcan el período de 1850 a 1950. Tomo ese período porque por empezar es donde hay registro fotográfico y es el período del Territorio Nacional de La Pampa. Seguramente hay gente que nunca le interesó el tema pero de pronto le impactan esos rostros, esas miradas, como hay gente que sí se ha interesado en el tema y ha conocido a muchos personajes que se muestran por primera vez acá, caso de Baigorrita, Santos Morales (cacique mítico para La Pampa). Hay a su vez gente que los ha cantado, los ha leído, les ha compuesto una poesía y tal vez no sabía cómo era físicamente. Pero también hay gente que hasta puede encontrarle un costado académico: los profesionales de la antropología o de cualquier ciencia ligada a ésta, puede servirse de acá para sacar alguna conclusión y efectuar algún tipo de análisis. También hay algunos que lo pueden tomar como un “folklorismo” también, pero básicamente está destinado al mismo pueblo ranquel que no conocía, tal vez, el rostro de su antepasado. 
Por los días que presentamos este libro con Pedro, pasó por Santa Rosa una persona que reside en Buenos Aires y que todo él presenta un aire europeo, pero que por vía materna, es descendiente del cacique Ramón Cabral. Este señor me contaba que cuando era muy chico, sus padres lo traían a visitar a sus parientes, a sus tías “viejas” residentes en la zona de Luan Toro, que era gente de la familia Cabral. Este señor fue a la presentación del libro, compró uno y se me acercó casi llorando de emoción y me dijo: “Estoy viendo las fotos de todos mis antepasados, esos seres queridos que había guardado en mi memoria y nunca más vi. Estoy viendo las caras de los que me hablaban de cuando yo era chico y jamás imaginaba cómo eran”.
Ese hecho justifica, en parte, todo nuestro trabajo anterior. En fin, el libro no deja de ser un aporte más a la cultura de La Pampa en general. 

 

– ¿Qué te sucedió a vos cuando empezaste a ponerle imagen a los datos que hallabas? 

 

– Por empezar era como ver a un viejo conocido porque a muchos de ellos, al haberlos investigado durante tanto tiempo, uno logra como una amistad con ellos. Pero con muchos me quedé fascinado al ver el gran parecido que tenían con sus descendientes que yo había conocido en mi niñez. En algunos casos sí, realmente me emocionaba, por ejemplo conocer el rostro de Luis Baigorrita, que me lo había imaginado de tantas maneras como lo describían las canciones o el propio Mansilla en su “Excursión a los Indios Ranqueles” y en realidad verle finalmente la cara en una vieja foto de principio de siglo XX, ya viejo, agobiado por los años y donde su mestizaje estaba expuesto en esa foto porque prácticamente no tiene rasgos indígenas. En definitiva, ponerle rostros a lo que había leído e investigado.

 

La urgencia por salvar “cosas”, fue la estrategia o herramienta metodológica que llevó a Depetris a escribir este libro. Salvar de la “pirotecnia” familiar con que a veces enfrenta a estos “papeles viejos” y la necesidad de librar sitios o de simplemente no saber qué hacer con ellos y la “fogata” en el fondo de los patios, resuelve la situación. Sabemos que no es para nada académico el objetivo, pero sí real, y ha permitido evitar algunas pérdidas de negativos que seguramente estarían destinados a la “hoguera saneadora” de espacios. La gran colección del fotógrafo alemán Bernardo Graff, instalado en Victorica desde sus inicios y traslado posterior en 1900 a Santa Rosa, los negativos de vidrios como eran antes del celuloide, todo ha desaparecido o casi todo, vaya a saber de qué manera. 

 

*Músico.

 

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