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Domingo 01 de febrero 2026

Médicos para cuidar la salud

Redaccion Avances 01/02/2026 - 06.00.hs
El Profesor Manzino con sus alumnos en el Hospital San Martín de La Plata. Horacio Pracilio es el segundo de la derecha.

Los jóvenes pampeanos con vocación por la Medicina ya no tendrán que emigrar a otras provincias para lograr su sueño personal y contribuir a cuidar la salud de su pueblo.

 

Horacio O. Pracilio *

 

La Pampa ha dado un paso trascendente para fortalecer su sistema de salud, ya que mañana iniciarán por primera vez la carrera de medicina numerosos estudiantes, la mayoría pampeanos, a través de un acuerdo entre el Ministerio de Salud y la Universidad Nacional de La Pampa, que ya viene formando personal de enfermería, otro recurso esencial para el cuidado de la salud pública.

 

Este acontecimiento me permite recordar que hace más de 60 años tuve que iniciar el difícil camino de tantos otros jóvenes pampeanos de alejarme de mi familia para estudiar medicina en La Plata, cuando la única forma de comunicarme con ellos era a través de cartas o una larga espera en la central telefónica, volviendo cada dos o tres meses en un interminable viaje en tren u ómnibus desde Buenos Aires. Mi padre había hecho lo mismo en los años cuarenta para estudiar derecho, aunque ya con casi treinta años, casado, con una hija, y trabajando sólo pudo hacer la carrera libre, viajando cada seis meses a rendir varias materias por vez, graduándose como abogado en solo tres años.

 

Debo confesar que ingresé a la carrera de medicina a instancias de mi padre, sin estar muy seguro de mi vocación a esa profesión, ya que en el Colegio Nacional de Santa Rosa siempre me habían interesado más las materias humanísticas. Por tal motivo, a los 17 años tener como primera experiencia de la carrera ver y examinar un cadáver en un subsuelo frío y oscuro, con un insoportable olor a formol, me impactó fuerte y negativamente, porque mi idea de la medicina era atender personas, sanas o enfermas, pero vivas. Para estudiar anatomía me tuve que conseguir un esqueleto del cementerio de Toay. Por suerte los estudiantes actuales ya no tendrán que pasar por esa experiencia, gracias a los avances en los dispositivos y métodos de simulación de alta fidelidad y otras tecnologías de realidad aumentada y virtual.

 

Maestros.

 

No tengo duda que esa y otras experiencias a lo largo de toda la carrera, algunas negativas y otras positivas, me hicieron volver a mi original vocación humanística en la elección de la especialidad, de clínica médica primero, y de medicina sanitaria después.

 

A partir del cuarto año tuve la oportunidad de ingresar como practicante en un gran Hospital, donde desarrollé mi mayor experiencia extracurricular para mi formación médica, concurriendo diariamente durante diez años a una sala de clínica médica, primero como estudiante y luego como médico concurrente. Allí tuve el privilegio de aprender con grandes maestros de la medicina platense: el Dr. Bernardo Eliseo Manzino y su discípulo predilecto, el Dr. Jorge Efraín Salvioli, un clínico brillante que falleció muy joven, como también con el Dr. Oscar Giacomantone y el Dr. Vicente Primerano, seguramente recordados por mis colegas pampeanos que estudiaron en La Plata. Con el Profesor Manzino pude apreciar los valores de una medicina humanizada, gracias a sus enseñanzas al lado de la cama del enfermo: “Lo primero que debe hacer un médico ante un paciente internado, o al entrar a su casa, es pedir una silla, para poder mirar sus ojos a la misma altura, y enseguida tomarle la mano para comprobar el pulso, pero sobre todo para tocar su piel”. En toda mi práctica clínica pude comprobar el efecto tranquilizador, casi mágico, que esto produce sobre el paciente, y pude entender a aquellos sanadores que curan con las manos, o la palabra, como a veces lo hacía mi abuelo Nicolás. Porque el médico debe ser un sanador, como lo era nuestro médico de familia en Santa Rosa, el Dr. Tomás M. González, sobre quién mi padre escribió la semblanza que acompaña esta publicación.

 

La experiencia en la sala del Hospital me permitió consolidar, recién allí, mi vocación médica al encontrarme con personas enfermas a quién cuidar, hablar y consolar. Pero también pude apreciar los aspectos negativos del modelo hospitalario muchas veces despersonalizado, centrado en la enfermedad y no en la salud ni en el enfermo, otras veces en la enseñanza o la investigación por encima de la asistencia, fragmentado por especialidades. La contención emocional del paciente y su familia es realizada en general por el personal de enfermería.

 

Visión humanística.

 

Esta visión humanística de la Medicina, muy distinta al erróneo concepto del médico como un técnico experto en diagnosticar y tratar enfermedades, o reparar órganos según su especialidad, me decidió a dedicarme a la docencia en la Facultad de Ciencias Médicas de la UNLP en la que me formé. Con el retorno de la democracia en el país, en 1985 tuve el honor de ganar el concurso y fundar una nueva Cátedra en el primer año de la carrera, de contenido humanístico y social, orientada a la formación de un médico general para la atención primaria de la salud, llamada “Salud, Medicina y Sociedad”, y luego “Salud y Medicina Comunitaria”, que el año pasado cumplió cuarenta años de existencia.

 

Se trató de una experiencia pionera en la Argentina en cuanto a la incorporación de las ciencias sociales en la carrera de Medicina, con una estrategia pedagógica de educación centrada en la comunidad. Aunque nunca se llegó a incorporar a lo largo de toda la carrera, la Cátedra pretendió iniciar una transformación curricular desde un modelo biomédico basado en la atención médica de la enfermedad, a un modelo antropológico centrado en la persona y orientado al cuidado primordial de la salud. Para lograr una visión integral de la persona y la salud no bastan las “ciencias naturales”, o las biomédicas, son necesarias también las actuales ciencias humanas y sociales como la antropología, la sociología y la psicología, y una formación filosófica como la bioética o ética biomédica. Ramón Carrillo les dijo a los estudiantes de medicina de la UBA en 1948 que evitaran el “embrutecimiento” que significa descuidar la cultura general, porque “El que solo medicina sabe, ni medicina sabe”.

 

Modelo integral.

 

Afortunadamente, en los últimos veinte años se crean en la Argentina nuevas Facultades de Medicina con un modelo de currículo innovado, a las que ahora se suma la UNLPam. Estas reformas apuntan a formar médicos con una visión humanística, un modelo médico integral centrado en la persona, en la salud y no solo en la enfermedad, y una práctica profesional con base ética y compromiso social. La formación básica se orienta a la medicina general, que constituye ahora una nueva especialidad, la Medicina General, Familiar y/o Comunitaria, cada vez más necesaria no solo para el ámbito rural sino para cualquier sistema de salud que contemple la función de médico de cabecera o de familia, como existe en los mejores sistemas sanitarios del mundo. Desde 2006 participo de la nueva experiencia en la carrera de Medicina de la UNICEN, en Olavarría, desde donde mandamos alumnos a distintos pueblos de La Pampa a realizar parte de su Práctica Final Obligatoria.

 

Si tuviera la oportunidad de aconsejar a los nuevos estudiantes de medicina, comenzaría con algo que recibí de mi maestro, que he trasmitido a miles de alumnos durante cuarenta años de docencia médica. Se trata de la mejor definición de empatía que he escuchado: “Cuando tengan una duda frente a un paciente, piensen que se trata de usted mismo o un familiar. Enseguida tendrán la respuesta”. Manzino no era creyente, pero esta frase se parece mucho a aquella de Jesús de Nazaret en el Sermón de la Montaña: “Haced a los demás lo que quisierais para ti”, y es además la mejor fórmula para evitar los errores y los juicios por responsabilidad médica. O a aquella de Atahualpa Yupanqui que dice que un amigo es “uno mismo con otro cuero”, que el médico debería tener en cuenta con cada paciente.

 

Estas enseñanzas, de un valor ético universal que aprendí mucho antes de conocer la bioética, las tuve siempre en cuenta durante los diez años que ejercí la clínica médica, y hasta hoy con mis familiares o amigos que me consultan por algún problema.

 

También les diría que tienen que prepararse para iniciar un largo camino no menor de diez años de formación, incluyendo el indispensable posgrado, y que nunca termina porque “la medicina es un estudio para toda la vida”. La complejidad actual y los avances científicos obligan a una permanente actualización en cualquiera de las especialidades, que el acceso a la información, las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial, facilitan en gran medida. Pero ninguna tecnología podrá reemplazar jamás a la relación y comunicación médico-paciente-familia, esencial para cualquier intervención médica. Se ha dicho que la misión del médico es “curar a veces, aliviar frecuentemente, pero consolar siempre”. Pero los médicos, o las médicas del siglo XXI, también deben saber aconsejar el autocuidado, no solamente a sus pacientes, que serán en su mayoría personas mayores, sino a la familia y a la comunidad en la que decidan o les toque ejercer. Para ello, deberán ser expertos en alimentación saludable, actividad física, cuidado de las diversas partes del cuerpo, prevención de enfermedades crónicas y accidentes, y todo aquello que haga al cuidado primordial de la salud física, mental, social y espiritual. Como San Lucas, deben ser “médicos de cuerpos y almas”.

 

Por último, les diría que han elegido la profesión más noble de todas, como es cuidar la salud y la vida del prójimo, pero al igual que en la elección de su pareja, solo será feliz el que se casa por amor, porque como en el casamiento por iglesia, el compromiso es para toda la vida.

 

* Médico sanitarista pampeano. Ex Profesor Titular de Salud y Medicina Comunitaria de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNLP (1985-2017), y actual Profesor de Medicina General, Familiar y Comunitaria en la Facultad de Ciencias de la Salud de la UNICEN.

 

 

El médico del pueblo

 

En un capítulo de su autobiografía que transcribimos, el Dr. Ovidio Pracilio efectúa un emocionado homenaje al Dr. Tomás M. González, el médico de toda su familia.

 

Llegó a La Pampa en un día lejano de principios de siglo, en toda la plenitud de aquella juventud suya que habría de consagrar por entero a la labor benemérita de aliviar dolores ajenos. Y bajo el cielo inhóspito que hace de imponente cúpula a los quebrados panoramas del Valle Argentino, asentó primero en General Acha, por años y luego en Santa Rosa, su inquieta figura inconfundible que parecía siempre ávida de esas inefables emociones que a los espíritus superiores proporcionan las acciones realizadas para evitar sufrimientos al prójimo.

 

De una inteligencia vívida, con un caudal enorme de conocimiento, en gran parte intuitivo, y de experiencia científica, con un poder innato para la curación de los enfermos, el doctor González infiltró en los ambientes en que actuó de esta laboriosa región de La Pampa, y por la sola razón de su presencia, la tranquilidad que sienten los pueblos que se saben amparados en lo que tienen de más íntimo, como es la salud y la vida de sus componentes.

 

Aquí vivió durante muchos años, en el calor de un cariño público que no conocía excepciones, rodeado de esa profunda gratitud que acompaña en su vida a los hombres buenos, que son siempre de buena voluntad en el ejercicio de esa caridad suprema que Jesús enseñara a practicar.

 

Hay todavía quienes recuerdan con emoción la figura amiga y consoladora del médico sencillo y desinteresado andando aquellos sinuosos caminos que recorren los campos achenses, figura querida que, cuantas veces apareció como un soplo de alivio para la angustia de corazones que sufrían, recortándose en la lejanía del camino chacarero, moviéndose al vaivén del sulky de andar siempre terriblemente lento para la ansiedad de los que aguardan inquietos. Y hay quienes aún recuerdan, como todos recordamos con profunda emoción, la sonrisa tranquilizadora y optimista con la que siempre se acercaba al lecho de sus pacientes, así como aquellas palabras suyas tan peculiares en la sencillez de su construcción y en la serenidad de su acento, con las que volvía la quietud a quienes la habían perdido por el temor y con las cuales levantaba la moral decaída de sus enfermos y familiares.

 

Es que el Dr. González era uno de esos médicos que saben lo poco que vale la técnica al tratar con individuos, si no se establece entre el enfermo y el médico la íntima relación que el viejo facultativo de familia sabía también cultivar y respetar. Era de esos médicos que sabían, por innata intuición, que las más de las cosas que hay que saber en la práctica del arte de curar, nunca están escritas en los libros de texto de la medicina. Era de esos médicos que hoy podríamos calificar de “chapados a la antigua”, para quienes la Medicina era un arte, que visitaban varias veces por día a sus enfermos para controlar la evolución de una enfermedad seria, que le efectuaban curas directas con sus propias manos, que accedían a todos los llamados a cualquier hora del día o la noche, que permanecían a la cabecera de los enfermos, y también cuando se acercaba la hora postrera del fin de su vida física, cuidando de que no sufriesen y evitándoles en lo posible el miedo que produce el tránsito natural con el último sueño. Era de esos médicos que, al igual que el Dr. Schweitzer de Lambarené, reverenciaba la vida, en especial la vida humana, considerándola tal desde el instante sagrado de la concepción.

 

Fue deportista y de los mejores, cuando el fútbol era realmente un deporte. Basta decir que en su juventud integró, nada menos, que el glorioso e inolvidable equipo de “Aluminé”, pionero del fútbol argentino.

 

Como todos los pobres de Santa Rosa que todavía viven recuerdan, fue su médico porque también era el médico municipal. Y durante muchos años, fue profesor de Anatomía, Fisiología e Higiene en el Colegio Nacional, además de ser el Director Médico y cirujano del viejo y no menos inolvidable Hospital de Beneficencia. Quienes tuvimos el privilegio de ser sus alumnos, jamás olvidaremos sus clases maravillosas, que sabía salpicar también de alegría con su jovial espíritu, y a través de las cuales aprendimos a conocer, sencilla pero fundamentalmente, la estructura y funcionamiento, en lo esencial, del organismo humano. Muchos de sus alumnos son hoy también médicos distinguidos.

 

Fue y seguirá siendo para nuestra ciudad y La Pampa un médico inolvidable.

 

* Ovidio Pracilio (1912-2004), abogado, político, periodista y escritor santarroseño

 

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