¿Querés recibir notificaciones de alertas?

Las notificaciones están desactivadas

Para activar las notificaciones:

Domingo 05 de abril 2026

Tren de ida

Por Redacción 05/04/2026 - 12.00.hs

A pocos días de haberse cumplido 44 años del inicio de la Guerra de Malvinas compartimos un relato que revive un recuerdo personal sobre ese 2 de abril de 1982.

 

María Gabriela Selinger *

 

Estaba en segundo grado y el cumpleaños de “La Chili” era el primero al que asistía ese año. A mi compañera de primaria le decían “Chili” en alusión a la Chilindrina que usaba el pelo atado en dos colitas, una más alta que la otra. A mí me gustaba que me peinaran con la trenza cocida. Ese día los niños jugábamos a perseguirnos en el patio de la Chili cuando se me cayó el colero. Me paré a buscarlo en el césped cuando escuché a alguien que llegaba y decía a los adultos “empezó la guerra”. Traía en la mano una radio portátil Noblex de madera con detalles en cuero marrón. Sintonizaron la transmisión de Radio Nacional. El locutor decía que Galtieri había ordenado que las tropas argentinas desembarcaran en las Islas Malvinas. Galtieri era el presidente de facto, y comandante en jefe del Ejército Argentino. Yo no lo sabía entonces, ya que el dos de abril de 1982 solo tenía seis años.

 

El resto del cumpleaños tuve miedo, pensaba que en el camino de vuelta hasta mi casa iba a ver soldados corriendo por las calles y disparando sus fusiles. Creí que llegarían aviones, que los autos y casas estallarían con la caída de misiles. Mi mamá me explicó que la guerra no era en La Pampa, ni siquiera en Buenos Aires, ni en la costa donde vivían mis tíos. La guerra era en las Islas Malvinas, en el extremo sur del país, a más de 1.500 kilómetros.

 

Los días previos al comienzo de la guerra habían sido frenéticos. Con mamá y la maestra de manualidades fuimos a la tienda Dahir a comprar lana. Yo quería que compren lana color azul nevada con pintitas blancas. Dijeron que tenía que ser verde como los uniformes, llevamos un verde oscuro. Yo ayudaba a enrollar los ovillos y mamá tejía a máquina las bufandas para los soldados. Todo el pueblo quería colaborar con mercadería. Las mujeres donaron sus joyas de oro. Con papá buscamos un cajón grande y lo llenamos con productos de su negocio. Yo había elegido chocolates y dentro de una Rodesia había escrito una cartita para el soldado que se la comiera. Papá no quiso llevar la mercadería a la iglesia donde hacían la colecta. Fuimos a la estación y cuando pasó el tren se lo dimos a los soldados que iban camino al puerto. Los soldados eran muy jóvenes, de dieciocho o diecinueve años. Vestían sus uniformes verdes y sonreían a la gente que los saludaba. Cuando el tren aminoró la marcha papá, que era muy alto, se acercó al borde del andén y le iba alcanzando la mercadería en las manos que los soldados sacaban por las ventanillas. Repartió los chocolates, botellas de caña Legui y cartones de cigarrillos Lucky Strike. Papá me dijo que Lucky Strike significa golpe de suerte, por eso eligió esa marca en vez de los Jockey Club que eran los más populares. Pero no tuvieron suerte. 649 soldados no volvieron de Malvinas. Muchos fueron enterrados en las islas con la leyenda: Soldado argentino sólo conocido por Dios.

 

* Colaboradora

 

'
'