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Domingo 26 de abril 2026

Violencia en escuelas ¿es posible la prevención?

Por Redacción 26/04/2026 - 06.00.hs

La violencia extrema en colegios secundarios del país es un tema que ocupa la agenda de noticias en las últimas semanas y La Pampa no queda afuera. Hace pocos días, dos denuncias se ratificaron por amenazas de tiroteos en establecimientos de General Pico y 25 de Mayo.

 

Graciela Pascualetto *

 

Violencia social, violencia escolar: de la puesta de límites a la construcción de legalidades” es un libro que reúne escritos de la Dra. Silvia Bleichmar, publicado en 2008, poco tiempo después de su fallecimiento. Allí, la autora advierte que en el pasaje del siglo XX al siglo XXI surgieron formas de violencia que no aparecían con anterioridad en la Argentina.

 

Cita el estremecedor caso de Carmen de Patagones, ocurrido en 2004, cuando un estudiante de quince años disparó en la escuela contra sus compañeros provocando tres muertos y varios heridos. Califica el hecho como “un paradigma terrible de la violencia, porque Junior no era un chico con problemas en la escuela: aprendía bien y no hacía ruido, no era un violento ruidoso de esos que le pegan o maltratan a sus compañeros. Un día llegó, liquidó a todos los que pudo con el revólver; pero hasta ese día estaba tranquilito, aislado y no molestaba a nadie, por eso no había llamado demasiado la atención. Hubo varios casos como esos, en los que la violencia emerge de golpe porque ha estado silenciada mucho tiempo; en ellos es difícil descubrir las pautas”.

 

Casos recientes.

 

En los tiempos que corren tremendos crímenes se repiten, algunos con mejor resolución y otros que llevan directo a la muerte. Tomaremos aquí dos sucesos cuyos antecedentes y consecuencias son diferentes, pero que guardan alguna semejanza entre sí y con lo expresado por Bleichmar sobre las nuevas formas de violencia.

 

El 10 de septiembre de 2025, en una escuela de La Paz, provincia de Mendoza, una estudiante de catorce años realizó varios disparos con un arma de fuego generando pánico entre alumnos/as y docentes. Luego, se atrincheró en el edificio y pidió ver a una profesora que supuestamente la maltrataba. Durante la negociación con equipos especializados de la policía y la justicia, la chica se mostraba reacia a la palabra, se negaba a deponer su actitud y por momentos dirigía el arma hacia su cabeza. Al fin, por la mediación de una funcionaria judicial, entregó el revólver. (Infobae, 10-9-25)

 

Según algunos relatos, era callada y de buen desempeño académico. Tenía pocas amigas, se la veía con angustia y, a veces, llorando. Las opiniones surgidas tanto en el cara a cara como en la virtualidad, giraban alrededor del presunto maltrato y una posible situación de bullying que estaría sufriendo.

 

Meses después trascendió que, durante entrevistas con peritos psiquiátricos, la estudiante manifestó haber sido víctima de abuso sexual por parte de un celador y que cuando entró con el arma buscaba a ese hombre, quién ese día estaba ausente (La Nación, 3-3-26). El 30 de marzo, el diario Los Andes, informó que el agresor, de 62 años, estaba imputado por abuso sexual simple y que se encontraba en prisión preventiva con arresto domiciliario.

 

Ese mismo 30 de marzo, se produjo otro hecho inusitado que provocó conmoción en una escuela de la localidad santafesina de San Cristóbal. Un estudiante de quince años entró con una escopeta y comenzó a disparar en el patio cuando se estaba por izar la bandera. A causa de los tiros, murió un niño de trece años y ocho resultaron heridos. Los/as alumnos/as comenzaron a escapar del establecimiento, mientras un miembro del personal logró desarmar al adolescente. Rápidamente intervino la policía, la justicia y el área de salud. El trágico episodio se difundió con celeridad en las redes sociales (Clarín, 30-3-26; La Capital, 31-3-26).

 

Con respecto al joven, se comentó que era introvertido, tranquilo y buen alumno.

 

Supuestamente atravesaba problemas familiares, se encontraba en tratamiento psicológico, sufría hostigamiento por parte de algunos/as compañeros/as y con anterioridad se habría infligido autolesiones. Fue alojado en una institución para menores y se indicó que no es sujeto punible pues la nueva Ley Penal Juvenil, que disminuye a 14 años la edad de imputabilidad, todavía no está en vigencia (Página 12, 31-3-26).

 

Cuando la policía registró sus dispositivos digitales, detectó que era usuario de una plataforma que fomenta la violencia, ensalza los hechos criminales y celebra a sus perpetradores, circunstancia que se difundió una semana después, así como la detención de otros dos adolescentes. Uno que supuestamente conocía previamente el plan y otro que había escrito un mensaje anunciando un ataque en escuelas de otra localidad santafesina (La Nación, 7-4-26).

 

Ambos episodios fueron grabados y se viralizaron en las redes sociales, provocando gran cantidad de opiniones en el entorno comunitario. En tal sentido, es apropiado decir que el “entorno puede contener o liberar el maltrato. Si se vitorea la agresión, se habilita el acto. Pero también, una modificación del entorno puede habilitar, en los estudiantes (y en las personas en general), nuevos modos de actuar” (Perfil, 10-4-26), factor a tener en cuenta al pensar en la prevención.

 

¿Qué ver, escuchar o presentir?

 

La constitución de una niña o de un niño como sujeto singular, como ciudadana o ciudadano, se produce en el permanente intercambio con su entorno familiar, escolar, comunitario, internalizando el lenguaje, las creencias, las expectativas con respecto a su persona, las tecnologías en auge, los sufrimientos de la época y las formas habituales de comportamiento: favorecer la escucha y la palabra u obstruirla, estar al tanto de las necesidades del/la otro/a o permanecer indiferente a sus deseos y sentimientos.

 

Sin hacer conjeturas sobre la situación que atravesaban en sus hogares es preciso señalar que, si por descuido o por otra circunstancia desafortunada, un arma queda al alcance de un/una adolescente, tanto la familia como el/la chico/a, deberían ser conscientes de sus efectos luctuosos si la utiliza contra sí mismo o contra el prójimo.

 

En cuanto al escenario escolar, surgen algunos interrogantes. Al ver a la estudiante de La Paz llorando, ¿nadie se acercó para saber que le pasaba? Si es cierto que era objeto de bullying y maltrato, ¿no se abordó ese tema en la institución? ¿Será que por ser callada y buena alumna era poco visible?

 

Sobre el adolescente de San Cristóbal, trascendió que tenía algunos problemas personales. ¿Alguien dio lugar a una conversación? ¿Era hostigado por otros/as y nada se pudo observar? ¿O será que, por ser introvertido, buen alumno y tranquilo no despertaba mayor interés?

 

Estas preguntas nos remiten a la explicación de Bleichmar sobre el adolescente de Carmen de Patagones. Aparentemente no llamaba demasiado la atención de sus compañeros/as y profesores/as. No obstante, algo silenciado por mucho tiempo borboteaba en su interior provocando que repentinamente emergiera la violencia. Una violencia que en el momento no se podía comprender ni explicar. Una violencia inusual ante la que todos/as se sintieron descolocados al no haber visto, escuchado o presentido indicios de las situaciones que estaban padeciendo. Al respecto, surgen también algunas preguntas sobre las representaciones mentales de los/a jóvenes acerca de los/as adultos/as de sus escuelas. ¿No tenían confianza en algún/a profesor/a, en el personal directivo, en un/a preceptor/a para contarle lo que estaban sufriendo?, ¿tan desafectadas o indiferentes los/as creían para no acudir en busca de su ayuda? ¿O será que el nudo en la garganta era tan grande que no podían hablar?

 

Lo sucedido es muy serio. La jovencita, abusada sexualmente, dañada por un hombre mayor que intentó adueñarse de su cuerpo y de sus emociones ultrajándola en su intimidad.

 

El adolescente -en quién quizás bullía la pulsión de muerte más que la pulsión de vida-, cooptado por discursos de odio y obnubilado por oscuros sitios digitales que exaltan crímenes aberrantes.

 

Las consideraciones realizadas no son para exculparlos. Sus acciones fueron deleznables, no caben dudas. Sin embargo, a la hora de juzgar y de aplicar penas, es necesario tener en cuenta el entorno de carencias afectivas o materiales, de violencia y corrupción tanto en la vida real como en el mundo virtual en que niños/as y adolescentes crecen y constituyen sus rasgos subjetivos. Se estimula el consumo de todo tipo de bienes y sustancias, se propician las reacciones al instante, se alientan las satisfacciones inmediatas, se exacerban los episodios violentos y se fomenta la ilusión de poder hacer lo que a cada uno le plazca diluyendo las fronteras de la ética.

 

Posibilidades de prevención.

 

Investigadores de la Universidad de San Andrés, en noviembre de 2025 -cuando se discutía en diversos ámbitos la disminución de la edad de imputabilidad- advertían que las políticas centradas solamente en el castigo no contemplan la complejidad de los factores que inciden en estos fenómenos, aconsejando medidas preventivas.

 

En la primera infancia “fortalecer el entorno familiar, garantizar el acceso a una educación inicial de calidad, mejorar la nutrición y el cuidado de la salud, y consolidar redes comunitarias de apoyo […] En la adolescencia, cuando las conductas de riesgo se manifiestan con mayor claridad, resulta fundamental promover la integración educativa, social y laboral mediante programas deportivos, artísticos y recreativos, iniciativas de mentoría, educación inclusiva y dispositivos de apoyo psicosocial”.

 

Estas recomendaciones, dirigidas a las políticas públicas, deberían tener su correlato en los establecimientos educativos. Existe un buen marco de referencia para ello ya que desde el año 2013 rige en nuestro país la Ley 26.892 de “Promoción de la convivencia escolar y abordaje de la conflictividad social en las instituciones educativas” que promueve, entre otras cosas, “el respeto y la aceptación de las diferencias, el rechazo a toda forma de discriminación, hostigamiento, violencia y exclusión en las interacciones entre los integrantes de la comunidad educativa, incluyendo las que se produzcan mediante entornos virtuales y otras tecnologías de la información y comunicación”.

 

La escuela y los/as docentes por sí solos/as no pueden solucionar los problemas económicos y sociales, los conflictos familiares, la captación de niños/as y adolescentes por el narcotráfico, los ataques por cuestiones de género, el menosprecio y los insultos hacia el/la semejante que aparecen con tanta frecuencia en las relaciones presenciales y virtuales.

 

Son muchas las instituciones que deberían intervenir para abordar estas situaciones. Sin embargo, teniendo en cuenta los principios de la ley de convivencia, las guías de prevención e intervención elaboradas en distintas provincias y la posición asimétrica de los/as adultos/as con respecto a los/as jóvenes en la relación intersubjetiva y en la enseñanza, hay algunos procederes posibles. Es posible agudizar la mirada y afinar la escucha, estar alerta ante posibles indicios personales y de grupo, fortalecer los vínculos entre docentes y estudiantes, favorecer la empatía y las actitudes solidarias, abrir espacios para el despliegue creativo de los/as adolescentes que están ensayando su propio modo de ser en el proceso de construir su identidad.

 

Es posible y necesario generar confianza desde la posición adulta para poder conversar, para que no se acumulen temores, indignación, ira e impulsos que en cualquier momento estallan, pues tanto una asignatura como una visión del mundo, se aprenden cuando existe confianza en el/la otro/a. Como afirma Bleichmar, “se aprende porque uno cree en la palabra del otro”.

 

Es deseable que la adolescente de La Paz, el joven de San Cristóbal y tantos/as chicos/as que precisan referentes confiables para aprender, puedan cimentar formas de relación que propicien su integración social, su afectividad y su capacidad reflexiva para proyectar otro futuro. Un futuro en el que prevalezca, por sobre todo, la pulsión de vida.

 

* Colaboradora

 

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