Martes 16 de abril 2024

Murió “el linyera de las bolsas negras”, personaje de Santa Rosa

Redacción 08/02/2024 - 00.15.hs

Rubén González, “Carlitos”, el conocido “linyera de las bolsas negras” –todo un personaje de esta Santa Rosa--, se supo, murió en Buenos Aires hace un par de años. O un poco más.

 

Hacía tiempo había desaparecido de los lugares que solía frecuentar, y si bien en algún momento -hace tiempo ya- hubo quienes aseguraron verlo a la salida de un supermercado cercano a la Plaza Miserere, en Once, Buenos Aires, lo cierto es que había dejado de ser esa figura cotidiana de las calles de Santa Rosa.

 

Alguna vez, en estas mismas páginas, lo mencionamos como “el linyera de la Catedral”, porque era habitual observarlo por allí, a veces barriendo las veredas del templo; o leyendo algo –una vez sorprendió a quien esto escribe porque repasaba la encíclica papal de Juan Pablo II-, y estaba muy bien informado… de quién ejercía la presidencia del país, de lo que pasaba en nuestra provincia. Casi se diría de todo.

 

Esos personajes.

 

Lo cierto es que la ciudad nos acostumbró de alguna manera a ofrecernos casos de individuos como el suyo… personajes que muchos ven, pero pocos saben muy bien quiénes son… ni dónde van, ni qué hacen.

 

Rubén González –al que alguien vaya a saber por qué un día apodó “Carlitos”, y así lo llamaban--, era un hombre que aparecía algunas mañanas, de madrugada, durmiendo plácidamente en una vereda, en el vano de la puerta de una oficina pública, o de un comercio, aunque el invierno golpeara duro.

 

Zapatos gastados y sin cordones…

 

Como quedó dicho, a veces se lo podía observar sentado al lado de la Catedral; otras con una escoba limpiando la vereda del templo. En alguna oportunidad, y a la pasada, sorprendiendo a algún caminante pidiendo “una moneda”... aunque es verdad: “Carlitos” el último tiempo prefería los billetes, porque la inflación también lo golpeaba a él. Créase o no.

 

Quién no se detuvo a mirarlo alguna vez: la piel morena, su pelo largo y mal cuidado, la barba de días, aspecto andrajoso, y una gorra colocada casi de costado... y para completar un par de zapatos gastados sin cordones, y un saco raído y mal entrazado que no se quitaba nunca, aunque el termómetro marcara 30 grados de temperatura.

 

Se desplazaba de un lado a otro con un par de bolsas que -después supimos- contenían entre otras cosas una frazada, comida y hasta un tarro de café en el envoltorio de esa ropa que le iban dando por aquí y por allá...

 

Miscelánea urbana.

 

Lo llamaron “El linyera de la Catedral”, pero a él todo parecía serle indiferente: la gente, los autos entre los que cruzaba con sus bultos, o lo que fuera... Nada parecía importarle.

 

Alguna vez se mostró caminando con un diario en la mano, o con auriculares en sus oídos. Porque vaya si era una persona informada, aunque muchos no lo crean. Y es algo que tuvimos la oportunidad de comprobar en alguna breve charla que mantuvimos con él. Fue parte del paisaje cotidiano, y su presencia habitual para una sociedad que, en general indiferente, no obstante lo había adoptado como una miscelánea urbana…

 

Un día se fue.

 

Hace ya un tiempo –la maldita pandemia nos entrevera las fechas y las torna imprecisas- hubo preocupación por su ausencia de la ciudad. Un día sus bolsas negras de plástico aparecieron tiradas al lado de un kiosco de Avenida Luro donde sabía pernoctar –frente a la Terminal de Ómnibus- y Rubén, o “Carlitos”, no estaba por ningún lado.

 

Al tiempo algunas vecinas de esta ciudad expresaron haberlo visto frente a la Plaza Miserere. “Nos dijeron que todos los días, alrededor de las 10 de la mañana, se sienta con sus bolsas en la puerta de un supermercado Coto y allí pasa varias horas”, indicaron dos mujeres que lo vieron de cerquita. “En Avenida Rivadavia casi Catamarca, en Once", precisaron.

 

Es un lugar donde hay un hotel donde van personas derivadas del Sempre, así que hubo quienes lo vieron ahí, aunque él no hablaba con nadie. “La verdad es que tiene el aspecto de siempre... a lo mejor está un poco más limpio”, ampliaron esa vez las santarroseñas, que incluso le sacaron una foto que fue publicada en este diario hace tiempo.

 

Quién era Rubén González.

 

Quienes conocen su historia recuerdan que era hijo de un matrimonio llegado de Victorica allá por 1976, que fue el cuarto de varios hermanos –en total eran nueve-, que supo trabajar de mensajero en el Correo Argentino aquí en Santa Rosa; y también que alguna vez se alistó en el Ejército Argentino.

 

Un día -nadie sabe bien qué pasó-, su cabeza hizo un click, y empezó esa historia de empezar a vagabundear por las calles de Santa Rosa. Siempre cargando esas grandes bolsas negras de plástico que no abandonaba nunca, con un par de perros flacos y desgreñados caminando a su lado.

 

Falleció en Buenos Aires.

 

Lo cierto es que su familia, a pesar de las dificultades que se presentaban para eso –dada su condición mental- lo trataba de cuidar, aunque no siempre lo lograba porque “Carlitos” –en su enajenación- tenía ese espíritu libre y errante que lo llevaba todo el tiempo a andar por aquí y por allá.

 

Si hasta se dio que uno de sus hermanos le construyó un pequeño departamento al lado mismo de su vivienda, pero “Carlitos” lo usaba sólo esporádicamente. Prefería la calle… y andar. De aquí para allá.

 

Estando en Buenos Aires el maldito Covid hizo lo suyo y no resistió. Murió, y van a hacer de esto tres años. En este mismo mes de enero Rubén González, o “Carlitos”, o “el linyera de la Catedral” hubiera cumplido 70 años. (M.V.)

 

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