Que no nos roben la historia
SERGIO SANTESTEBAN
Para domesticar a un pueblo no hay mejor estrategia que suprimir su historia. Un pueblo sin historia es como un planeta sin sol, vive condenado a derivar sin rumbo entre las tinieblas de su propia ignorancia.
Eric Hobsbawm (1917-2012) uno de los historiadores más leídos e influyentes del siglo XX, dijo que el pasado no es un mero objeto de estudio neutral, aséptico, sino “un campo de batalla ideológico”. Sostenía que la historia “no es un museo de curiosidades” sino una disciplina viva que debe ayudar a comprender las estructuras sociales, económicas y políticas del mundo actual. Por eso escribió que “el historiador no puede ser neutral. Trabaja en el presente y para el presente. Su tarea es explicar por qué las cosas son como son, no solo cómo fueron”, y remata: “la historia no la hacen solo los reyes y los generales. La hacen los que trabajan, los que se rebelan, los que resisten”.
Otro notable pensador del siglo pasado, Walter Benjamin (1892-1940), escribió poco antes de su trágica muerte “Sobre el concepto de historia”, uno de sus textos más celebrados. Con una actualidad que estremece Benjamin sostiene que el presente no es un “instante neutro”, sino “el lugar donde se decide si el pasado será redimido o enterrado”. Y enfatiza: “el pasado no está muerto. Está ausente. Y solo puede ser rescatado por quienes lo recuerdan con justicia”.
Objetivo: el olvido.
A exactos 50 años del golpe cívico-militar que inauguró el terrorismo de Estado en Argentina, tenemos un gobierno surgido del voto ciudadano que pretende reescribir la historia, especialmente la de aquellos períodos altamente significativos. Esa aspiración se enmarca en una de las obsesiones más extravagantes de Javier Milei: la refundación mesiánica de nuestra nación.
Los esfuerzos de la derecha argentina, primero con Mauricio Macri y ahora con Milei, en favor de evaporar la memoria histórica del pueblo son tan evidentes que resultan imposibles de ocultar. Cuenta para ello con una enorme estructura comunicacional que se ha puesto al servicio de inocular el virus de la amnesia colectiva.
Las clases opulentas que sostuvieron a Macri y hoy sostienen a Milei saben que la identidad de un pueblo está en su historia, en sus héroes, en sus mártires, en sus traidores, en sus luchas. Por ello no erran al blanco cuando apuntan a quebrar esa consigna de hierro que siguen levantando enormes sectores de la sociedad argentina: “Memoria, verdad, justicia”.
Hablar del “curro de los derechos humanos”, negar o minimizar la tragedia de los desaparecidos, boicotear los juicios contra los genocidas, liberarlos de la cárcel para que cumplan las condenas en sus domicilios, desconocer que son autores de los delitos más aberrantes contra la integridad y la dignidad de las personas, considerar a los criminales de lesa humanidad como “pobres viejitos” víctimas de una justicia politizada y tantos otros agravios por el estilo, no son otra cosa que capítulos de un proyecto que busca falsificar el pasado y, con ello, reformatear el presente.
Los unos y los otros.
Atacar a los organismos defensores de los derechos humanos persigue el mismo propósito. Pero la trayectoria de sus dirigentes es de tal estatura ética y política que los provocadores aparecen como pigmeos impotentes. Bonafini, Carlotto, Pérez Esquivel, Almeyda, Cortiñas y tantos otros y otras que padecieron de muy cerca los horrores de la dictadura, no entraron por la ventana en el corazón de los argentinos. Al contrario, fue con compromiso indestructible, con enorme esfuerzo personal y colectivo que se instalaron como referentes ineludibles en quienes la condena al terrorismo de Estado, a los delitos de lesa humanidad, al saqueo económico y al endeudamiento esclavizante son banderas irrenunciables, que están por encima de diferencias partidarias o simpatías políticas. Con excepción, por supuesto, de los negacionistas y los reivindicadores de la dictadura.
A medio siglo del golpe de Estado que ensangrentó el país, viene bien hacer una pausa en la frenética vida que todos llevamos. Es harto difícil porque el gobierno de Milei no da tregua. Y porque puso en práctica un modelo económico que es un calco del que implantó José Alfredo Martínez de Hoz bajo las botas de Videla, Massera y Agosti. Aquel 24 de marzo de 1976 desembarcó por la fuerza el modelo neoliberal, el más rapaz a la hora de garantizar la acumulación de capital de las minorías poderosas. Ocurrió solo tres años después de que Pinochet hiciera lo propio en Chile tras asesinar a Salvador Allende. En el resto de la región sucedió exactamente lo mismo bajo los dictados del Plan Cóndor que alineó a las dictaduras sudamericanas con la coordinación de Washington a través de la CIA: un siniestro mecanismo de persecución sistemática a opositores mediante la detención, tortura, asesinato y desaparición de personas a escala continental.
¿Qué nos dirían?
Hay una pregunta que lastima pero que nos debiéramos hacer si queremos mirar de frente y sin dobleces este presente y aquel pasado no tan remoto que nos quieren falsificar. ¿Qué nos dirían, si renacieran en nuestros días, las víctimas de la dictadura; las y los que pusieron el cuerpo para enfrentar a los verdugos, las y los que pasaron por la mesa de tortura y sufrieron los peores tormentos a que puede someterse un cuerpo, las y los que fueron desaparecidos? ¿Qué nos dirían, si pudieran hablarnos a la cara, de las decisiones políticas que nuestra sociedad ha tomado? Pudiendo con el voto, como no se podía en dictadura, elegir un gobierno, ¿por qué se instaló en la Casa Rosada a los que exculpan o defienden a los genocidas de ayer, minimizan sus crímenes y aplican el mismo modelo económico de exclusión y hambre?
¿Sería, quizás, una respuesta posible remitirnos al antecedente de las leyes de “obediencia debida” y de “punto final” durante el alfonsinismo? ¿O al todavía más ominoso indulto de Carlos Menem? ¿No alcanzó para contrarrestar esos retrocesos la anulación de tales instrumentos y el reimpulso de las causas judiciales durante el kirchnerismo?
Son, todas estas, preguntas que no se pueden esquivar si lo que queremos es avanzar hacia una sociedad que aprende de sus experiencias traumáticas para no repetirlas. Pero claro, para lograrlo necesitamos que no nos roben la historia. La “verdadera historia” como canta Litto Nebbia.
La memoria.
En verdad los desaparecidos nos hablan, nos interpelan, lo queramos o no. Lo que sucede es que no todos tienen los oídos y el corazón abiertos para escucharlos. Quisiera creer que hoy, en todas las plazas de todas las ciudades argentinas, va a haber miles, millones, que no los olvidaron. Que en un ejercicio imprescindible de solidaridad colectiva no dejaron nunca de tenerlos presentes para que no les roben la voz, para que no les roben la historia, para que la memoria no sea, ella también, una desaparecida.
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