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Martes 10 de febrero 2026

El pueblo que cayó en desgracia, se levántó y dio lugar al primer bosque comunal del país

Redaccion Avances 10/02/2026 - 18.08.hs

Los pueblos son parecidos a los seres vivos. Los cambios del entorno influyen en ellos, como pueden influir en un animal, una planta o una persona, y en esas situaciones no tienen más opciones que el resto: o se adaptan o mueren. 

Las modificaciones ambientales no siempre son naturales, como producto de una evolución inevitable. Muchas veces son decisiones políticas, económicas, sociales, tomadas por un minúsculo grupo que repercute en grandes mayorías. 

Algo de eso le ocurrió al pueblo de Huinganco a finales de la década del 60´ del siglo XX cuando la caída en la actividad minera y la producción ganadera generaron que su población se fuera. De a poco, la gente empezó a emigrar. 

Sin embargo, hubo un hombre que junto a su hijo apostaron por quedarse y empezar de cero. Al decir de Julio Córtazar: “Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo”. 

 



La idea de estos dos hombres fue sencilla y clara. Según una nota del diario La Mañana de Neuquén, solo pensaron en sembrar para volver a poblar. 

Así, en 1968, Temístocles Figueroa y su hijo Rogelio fundaron un vivero que, con el tiempo, se convirtió en el primer bosque comunal de Argentina. Al principio solo eran seis hombres y cada uno debía plantar árboles a mano, cuidarlos y protegerlos, el proyecto fue creciendo y pasaron a ser 80 trabajadores. Luego 160. El bosque se fue armando por arte de magia, cada persona tenía un promedio de 2.000 árboles a cargo y todos crecían de forma simétrica y solidaria. 

La primera semilla se convirtió en algo mucho más grande y productivo. El bosque dio trabajo e identidad a sus hacedores. De la forestación, que llegó a alcanzar 3.700 hectáreas nacieron carpinterías, aserraderos y oficios nuevo, según describió el medio citado. Se desarrolló la piscifactoría, los cultivos frutales y una fábrica de dulces artesanales. 

 



La simbología entre el ser humano y el árbol tiene su Museo del Árbol y la Madera en Huinganco. En la localidad se conserva un ciprés de 1.200 años de antigüedad, que entre troncos petrificados y especies autóctonas recuerda el poder histórico de la naturaleza. 

Huinganco está ubicado a casi 500 kilómetros de la ciudad de Neuquén y a solo 5 kilómetros de Andacollo, sobre la margen izquierda del río Neuquén, en el valle Encantado. Es atravesado por el arroyo homónimo. 

Sus 1.100 habitantes esperan a los visitantes con un cartel en el ingreso que da una idea bien precisa de lo que se está por descubrir. “El Jardín del Neuquén”, dice la entrada, aunque el bosque no es el único atractivo porque allí también se puede disfrutar de montañas y ríos de agua transparente. 

 



Su historia de supervivencia, la forma de experimentar la vida que tienen sus ciudadanos, el trabajo comunitario y el respeto por el entorno natural le valió a Huinganco la postulación para representar a la Argentina en el certamen “Best Tourism Villages 2025” de ONU Turismo, destacando su compromiso con el turismo sostenible y la preservación cultural.

Un pueblo que tiene todo por descubrir porque más allá de lo interesante de su impronta forestal que lo dota de identidad es, desde 2020, la capital provincial del senderismo. Existen senderos señalizados que permiten recorrer bosques de pinos y cipreses, seguir el ritmo de arroyos y maravillarse con las vistas panorámicas hacia la Cordillera del Viento. El senderismo, el trekking, las cabalgatas, la observación de fauna y flora, los horizontes plagados de montañas, valles y volcanes y la laguna Huinganco, son algunas de las opciones turísticas que invitan a adentrarse en esta localidad que se resignó a desaparecer y se adaptó al cambio a partir de una idea simple, pero perseverante. Crearon vida y para eso se necesitan al menos dos personas. 

 

 

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