Interpelar significa solo dar explicaciones
Durante la semana que pasó, se escuchó en la Legislatura reiteradamente una palabra que en los ámbitos parlamentarios pampeanos no suele oírse: interpelación. O sea, el pedido a un funcionario del Poder Ejecutivo para que concurra a esa Cámara a dar explicaciones ante los representantes. Nada más que eso.
Si hacemos memoria se nos hace difícil recordar si, al menos en los últimos veinte años, algún ministro provincial haya sido interpelado por los diputados. La ausencia de este mecanismo institucional no se debió a que no haya habido nada que explicar, sino a que el oficialismo usó hasta no hace mucho su mayoría para frenar cualquier pedido en ese sentido que viniera de la oposición.
Hoy el Ejecutivo también gobierna con una Legislatura formalmente oficialista, que incluso cuenta con mayoría simple, pero no es así. El bloque del PJ está dividido en fracciones internas y buena parte ha confrontado con el gobernador en más de una oportunidad y en temas importantes. Por eso ahora, desde el sector que tiene más integrantes, el vernista, surgió la idea, en la que se montó la oposición, para citar a algunos ministros.
Lo que el gobierno interpreta como otra zancadilla por parte del vernismo -y quizá espere algunas más durante este año electoral-, en verdad se trata de una contribución al sistema democrático y a una mejor institucionalidad, que tan poca calidad ha demostrado en La Pampa.
A quienes están ajenos a ese juego político, que representan a la mayoría de la sociedad, seguramente no les interese tanto la pulseada por el poder dentro del justicialismo como que esos funcionarios tengan que explicar porqué se toman determinadas decisiones y no otras.
Sin embargo, las aclaraciones públicas no son el escenario que más le gusta transitar al gabinete jorgista, a tal punto que varios de sus integrantes ni siquiera responden a preguntas de la prensa y eligen atrincherarse en sus despachos o solo hablar con periodistas ajenos a cualquier crítica. Sea un signo de fortaleza o de debilidad -cada uno lo interpretará a su modo-, lo cierto es que si el requerimiento surge de la Cámara, esos funcionarios deberán concurrir a responder las inquietudes de los diputados. No tendrán otra opción. De darse este escenario sería interesante que el cuestionario se centre en lo importante y no en lo anecdótico, y que nadie busque esas reuniones para fogonear aún más la pulseada interna entre vernistas y jorgistas, o para que desde la oposición se piense solo en cómo dejar mal situado mediáticamente al expositor. Nadie sensato quiere que esa compulsa se convierta en un circo romano, aunque nunca faltan quienes intenten especular con ese contexto. Porque sería desperdiciar una ocasión que, ya se ha dicho, para la vida parlamentaria provincial es absolutamente inusual.
Por ahora, no faltan temas para preguntar, y de fondo, pero lo que parecen faltar son respuestas claras y detalladas. Y también, en ciertos aspectos, decisiones políticas más firmes.
Si las interpelaciones se concretan finalmente, ningún funcionario debería sentirse más examinado de lo que está cotidianamente por ejercer un cargo público. En todo caso, desde el Poder Ejecutivo deberían plantearse porqué ministros o quienes le siguen en el organigrama no asisten con más frecuencia a la Cámara a contestar preguntas.
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