La amabilidad de los extraños

Redaccion 27/10/2021 - 21.39.hs

La pandemia dejó ver que la salud pública mundial no puede ser dejada en manos de compañías privadas, que una y otra vez han probado estar centradas sólo en el lucro.
JOSE ALBARRACIN
El futuro de la medicina, y específicamente, el combate de enfermedades infecciosas como el Covid-19, depende en buena medida del desarrollo de una nueva tecnología denominada «mRNA», sigla inglesa del «Ácido Ribonucleico Mensajero». Este colosal avance científico -fruto de los esfuerzos de la investigadora húngara Katalin Karicó- se encuentra hoy en manos de dos compañías norteamericanas: Moderna y Pfizer, bien que esta última lo adquirió asociándose con la alemana Biontech. Estas empresas farmacéuticas, que están teniendo ganancias siderales, se oponen a que los países del mundo en desarrollo puedan fabricar vacunas con base en el mRNA, pese a que -conforme un estudio de Stephanie Nolen publicado esta semana- hay al menos diez laboratorios en condiciones de iniciar ese trabajo: uno de ellos está en Argentina.

 

Extraños.
A lo largo del hemisferio sur y en Asia, cientos de millones de personas aún aguardan la posibilidad de vacunarse contra el Covid-19. Esto no sólo representa la posibilidad de que muchos de esos millones perezcan: también plantea el riesgo de que la pandemia perdure en el tiempo por las mutaciones del virus previsibles en estas vastas poblaciones sin inmunizar.
De momento, la solución que el mundo desarrollado ha propuesto para el problema es -parafraseando a Tennesee Williams en «Un tranvía llamado deseo»- apelar a la amabilidad de los extraños, esto es, las donaciones de vacunas por parte de los países más poderosos y los ricos. Este enfoque de corte asistencialista, claramente, no está funcionando, como tampoco lo está haciendo el sistema «Covishield» fomentado por la OMS.
Ante esa perspectiva, la actitud de Moderna y Pfizer resulta incomprensible, sobre todo teniendo en cuenta que -al menos la primera de ellas- recibieron jugosos subsidios estatales para desarrollar sus vacunas. Arguyen que su tecnología resulta demasiado compleja para transferir. Sin embargo, esta versión es fuertemente cuestionada en el artículo de Nolen.

 

mRNA.
A diferencia de las vacunas convencionales, las mRNA involucran un proceso enzimático, no uno biológico con células vivas, y en tal sentido, su fabricación se parece más al modo tradicional de producir drogas. Con ese proceso se puede diseñar el mRNA, un componente genético que da instrucciones a las células en el proceso de fabricación de proteínas. Se supone que este sistema podría en el futuro producir vacunas contra otras enfermedades graves como la malaria, e incluso el cáncer.
El estudio aquí citado releva diez laboratorios en todo el mundo, basado en las instalaciones ya existentes, el capital humano, el sistema regulatorio de la medicina, y el clima político y económico en general de cada país. Allí ingresan como muy favorables los tradicionales laboratorios de la India -Serum Institute, Gennova y Biological E-, el Bionet-Asia con sede en Thailandia, el Biofarma de Indonesia, Biovac y Aspen de Sudáfrica, el Butantán y el Bio Manghinhos de Brasil, y el Sinergium Biontech de Argentina.
Curiosamente, pese a la tradición de la industria farmacológica argentina, nuestro candidato está rankeado casi en último lugar, sólo por encima de Indonesia, debido a que se considera «complicado» el contexto político y económico. Literalmente el informe dice que Argentina es «frágil» tanto en lo económico como en lo político. Por qué motivo en este punto se califica mejor a Brasil, que está gobernado por un lunático negacionista de la pandemia, o a la India, que durante este año clausuró completamente las exportaciones de sus vacunas durante meses, es un misterio. Seguramente es un «favor» que habrá que agradecerle a la embajada local de EEUU y sus asiduos visitantes locales.

 

Democracia.
Que esta democratización en la producción de vacunas aparezca avalada por la opinión de funcionarios de Salud en EEUU, y en un artículo publicado en el New York Times, habla a las claras que la salud pública mundial no puede ser dejada en manos de compañías privadas, que una y otra vez han probado estar centradas sólo en el lucro, aún a riesgo de provocar, ellas mismas, epidemias de adicciones.
Si hiciera falta algo para desmentir la postura de Pfizer y Moderna, cabe destacar que al menos dos de los laboratorios aquí mencionados (Gennova de la India y Bionet de Thailandia) ya están desarrollando sus propias vacunas basadas en la tecnología mRNA. Incluso, en el primer caso, con la ventaja de que la conservación del producto podrá hacerse a la temperatura habitual de un refrigerante farmacológico.
Por otra parte, el proceso de fabricación de estas nuevas vacunas involucra una cantidad menor de pasos o etapas, e incluso puede ser transferido en bloque, con «kits» e instrucciones de armado, un poco al modo de los famosos muebles Ikea. El laboratorio Aspen estima que la inversión necesaria para poner en marcha el proceso sería de unos cien millones de dólares, una suma relativamente accesible si se tiene en cuenta la importancia de la empresa a iniciar.
No se trata aquí solamente de controlar la pandemia en curso, sino de asegurar un sistema internacional mejor preparado para enfrentar desafíos futuros. Ya que está visto que en esta ocasión, entre la actitud irresponsable y hasta delirante de algunos gobernantes, y el notorio fracaso de la «teoría del derrame» de los países ricos hacia los más pobres, habremos perdido injustificadamente millones de vidas humanas.

 

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