Abierta parcialidad
Una especulación histórica y/o filosófica sobre el deporte invariablemente lleva a especular sobre desde cuándo se considera así esa actividad y cómo se originó. En la concepción occidental, que remite casi siempre equivocadamente a los orígenes civilizatorios de los países vecinos del mar Mediterráneo, ese origen deriva especialmente de los griegos, algunas de cuyas manifestaciones se prolongan hasta nuestros días.
Sin embargo, ese afán competitivo --que no otra cosa es el deporte-- es muy posible que también haya surgido simultáneamente, o incluso antes, en las culturas y civilizaciones del Asia Central y Oriental. Y si abandonamos el eurocentrismo que a menudo condiciona nuestro pensamiento, también se podría considerar que uno de los orígenes de la actividad deportiva estuvo en América, evidenciado con la práctica que hacía el pueblo mapuche de esa especie de hockey sobre césped llamado chueca.
Pero lo indudable es que con el avance la civilización, sea como puro entretenimiento, como válvula de escape a las preocupaciones cotidianas o como demostración de la autovalía física, el gusto por la actividad deportiva fue avanzando sobre las multitudes y, consecuentemente pasó a tener interés político, en algunos casos muy marcado y taxativo en sus motivaciones como lo fuera, por citar sino un caso, en la Alemania nazi, cuando se pretendía demostrar en los estadios la superioridad de la raza aria.
Básicamente el pan y circo de los romanos se ha mantenido hasta nuestros días, pero cargado de otros ingredientes que van desde la aparición de nuevas manifestaciones deportivas, expandidas sobre todo el mundo, hasta ciertas sutilezas, y no tanto, que derivan del lamentable hecho de que la política se ha trasladado a la actividad y hasta podría decirse que la rige en muchos aspectos.
En estos oscuros días cargados de guerras preventivas e inhumanas, hay ejemplos que llaman a la indignación si no fueran tan absurdos al insertarse en la actualidad. En estos casos las federaciones “internacionales” que manejan los deportes más populares no vacilan en una abierta parcialidad según las orientaciones políticas que perciben…o que les dictan. Y si no allí está el caso de Rusia, una potencia mundial en varios deportes, apartada de las competencias por su intervención en la guerra de Ucrania. Lo mismo podría decirse al recordar que, años atrás, se pretendía excluir de las competiciones internacionales a la República Popular China con el argumento que validaba otra China, claro que con la diferencia de que por entonces una era el país más poblado del mundo y la otra una isla arrebatada en medio del fárrago bélico.
Otro ejemplo elocuente es el del presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (el deporte más popular del mundo y que genera millones de divisas) al saludar con gesto genuflexo al mandatario norteamericano, quien bregaba por la inclusión de Israel en el próximo campeonato mundial, pese al rechazo de varios países.
Pero donde más claramente se puede advertir esa injerencia de la política en el deporte, con exclusiones claras, es en el tenis, cuyos capitostes prohíben que los jugadores rusos muestren su pertenencia y se vean obligados a competir sin reivindicar su bandera, ni en sus vestimentas ni en los carteles informativos de los estadios. El argumento para esa determinación –dicen- “está justificado ya que Rusia obró como país agresor para con Ucrania”.
Con la aplicación de semejantes criterios, ¿qué decir de los Estados Unidos e Israel cuyos deportistas compiten sin mengua de símbolos nacionales?
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