Adiós al amigo Edgar Cuevas
Con la llegada del otoño se fue Edgar Cuevas. La evocación que caracterizó a la persona se impone a la muerte y así lo recordaremos muchos.
Era acaso el último de aquella generación que, sin hacer distingos entre profesionales, funcionarios y empleados, dio los primeros pasos firmes en pro del agua en La Pampa. Edgar era chofer, con todo lo que significaba esa profesión en aquellos tiempos de asfalto corto y distancias largas, muy largas. Quien esto firma fue su compañero en extensos recorridos (que se medían en leguas por entonces) compartiendo guadales, anécdotas y huellas enarenadas. Veinticinco de Mayo era, apenas, un paraje y el viaje a Santa Rosa, y viceversa, cruzando el desierto, abundaba en charlas, referencias, alguna canción y evocaciones de un pasado que se daba la mano con el futuro que aguardábamos. Antes de viajar la policía avisaba de las salidas entre Santa Rosa y la ribera del Colorado, por las dudas, porque los más de 400 kilómetros no eran chiste; apenas si alguna parada en el boliche de Pampa Grande para reconfortarse de los solazos veraniegos o de las heladas invernales…
Edgar siempre al volante, sereno, amable, conocedor. Con algún chiste venciendo al cansancio o caracterizando a alguno de los personajes que tratábamos cotidianamente… Pintoresco a veces, como cuando se cruzaba con algún camión mendocino, y decía mal por el agua robada en su infancia y que había obligado a su familia a abandonar el campo. También protagonista de algunas andanzas tocadas por lo increíble, por caso la del viaje desde Limay Mahuida a Santa Rosa con una víbora yarará bajo el asiento de la camioneta o cuando evocaba con tono estremecido la aparición de la mujer vestida de negro que cruzó la ruta pasada la medianoche y se perdió en el jarillal y el desierto…
Lo mismo cuando reivindicábamos el Atuel con los trabajos de campo. Conocedor de puestos y puesteros, experto en huellas casi perdidas. En algunas de las últimas charlas que tuvimos rogaba una cosa: que si el Atuel volvía a traer agua definitivamente, lo lleváramos a verlo, sin pretensiones, como fuera… Era ciertamente una ofrenda que enraizaba en los caminos y el sentimiento.
Ahora que ya no está, que es apenas un nombre y una fecha, quiero vestir su recuerdo con esas y otras imágenes, como aquella de la miseria de los niños que le arrancaba lágrimas. Las mismas lágrimas que vertió cuando compartimos alguna tristeza y que ahora brotarán en unos relatos de quienes lo frecuentamos, ya en final de sus años.
Ahora, con los hechos y el recuerdo, sólo queda el adiós al amigo. (HWC)
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