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Jueves 25 de junio 2026

Brexit: ni el gato va a quedar

Redacción 25/06/2026 - 00.56.hs

La renuncia de Keir Starmer, que sería reemplazado por Andy Burnham, no es más que un emergente de la crisis política que atraviesa el país desde hace diez años, cuando tras una campaña plagada de teorías conspirativas y falsas noticias se aprobó la salida de la Unión Europea.

 

POR JOSÉ ALBARRACÍN

 

Con la renuncia este lunes de Keir Starmer, tras escasos dos años de mandato, todo parece indicar que su colega laborista Andy Burnham sería su sucesor como primer ministro británico. Lo de "colega" es figurado, ya que lo que ha ocurrido aquí es una prolija serruchada de piso o, en términos más bélicos, Starmer sucumbió al "fuego amigo" de su propio partido. Y todo el título que tiene Burnham para acceder a la primera magistratura es haber ganado, el domingo pasado, unas elecciones en la ciudad de la que es alcalde, Manchester. Algo así como si el los vecinos de la ciudad de Córdoba decidieran ellos solos el próximo presidente argentino (Dios nos libre y guarde).

 

Larry.

 

La situación no es más que un emergente de la crisis política que vive el Reino Unido desde hace exactamente diez años, cuando tras una campaña plagada de teorías conspirativas y falsas noticias -cortesía de Cambridge Analytica, que también hizo de las suyas en la Argentina del 2015- una apretada mayoría del pueblo inglés aprobó en un referéndum la salida del país de la Unión Europea. Y decimos "inglés", porque ni los escoceses, ni los irlandeses del norte, votaron por la salida.

 

Desde entonces se han sucedido seis primeros ministros que, con distintos niveles de incompetencia -o de ridículo- fallaron miserablemente en cumplir las promesas del así llamado "Brexit", cuyo lema era "recuperar el control". La volatilidad política es tal, que no ha faltado quien ironice que en todo este período, la única constante en el domicilio oficial del primer ministro, 10 Downing Street, es la presencia del gato Larry, mascota oficial de la casa. Al menos, los gatos -que de las 24 horas del día duermen unas 20- no hacen tanto daño.

 

Lo razonable en estos casos sería convocar a unas elecciones nacionales, pero lo peor del caso es que el dirigente que muestra el mayor crecimiento electoral es el referente del partido Reform UK, Nigel Farage: tan luego, uno de los principales impulsores del Brexit. ¿Cómo ha logrado mantener algún prestigio en la debacle general? Simplemente porque no ha estado en el gobierno, y con gran habilidad -algo así como los economistas neoliberales argentinos- sostiene que lo malo no son las ideas, sino el modo en que las han aplicado los otros.

 

Brexit.

 

Fue un 23 de junio, pero de 2016, cuando el referéndum del "Brexit" forzó la salida del poder del conservador David Cameron. A éste lo sucedió una caterva de dirigentes del mismo partido; el más conocido de todos, con su jopo blanco estilo cacatúa, fue Boris Johnson, que cayó en desgracia por sus partusas durante la pandemia. Su sucesora, Lis Truss, será célebre por haber llevado a cabo el mandato más breve de toda la historia del país (55 días) gracias a sus propuestas de ultra-austeridad económica.

 

Pero la verdad es que tampoco los laboristas, con sus medidas timoratas y su fatal desconexión de sus votantes trabajadores, lograron enderezar a un país cada vez más endeudado y dividido.

 

El veredicto del Brexit ya es claro tras una década, y no es favorable. La promesa era que, al desatarse de la burocracia de Bruselas, Gran Bretaña podría liberar su potencial productivo y su protagonismo global, recuperar su soberanía y trabar una alianza comercial con Estados Unidos. Para su desgracia, por la misma época en Washington eligieron a Donald Trump, que inició un camino hacia el aislamiento: hoy Londres se quedó sin sus socios de la EU, y sin su soñado acuerdo con los EEUU.

 

Curiosamente, el triunfo de Trump provino de fuerzas políticas muy parecidas: un populismo de derecha, ayudado por campañas de desinformación, y basado en la nostalgia por una supuesta época dorada en el pasado remoto e indefinido: "recuperar el control" y "hacer grande a EEUU de nuevo" tienen en común la misma nostalgia tóxica.

 

Chasco.

 

Diez años después, y según las estimaciones, la economía británica ha caído entre un cuatro y un ocho por ciento. Las inversiones han caído más: un 10%. Su intercambio se ha reducido significativamente, y para comerciar con sus vecinos europeos, ahora debe sobrepasar las barreras aduaneras y reglamentarias que antes no sufría. Sus ciudadanos ven obstaculizado viajar al viejo continente, sus jóvenes no pueden ir a estudiar allí.

 

Con esto han conseguido en parte cumplir con la promesa -básicamente racista- del Brexit: impedir la libre inmigración. Pero mientras bajaron los migrantes europeos -los choferes y enfermeros polacos o ucranianos- ha subido mucho la inmigración de otros orígenes, principalmente del centro asiático. Las granjas de frutillas británicas ahora son atendidas por obreros uzbekos y tajikistanos.

 

Mientras tanto, los escoceses, que votaron masivamente a favor de continuar en la Unión Europea, y que se consideran más afines a los países escandinavos que a sus volubles vecinos ingleses, amenazan con insistir con un referéndum independentista, que les permita retornar a la UE.

 

En Londres ya han encontrado una nueva palabra ingeniosa para referirse a este nuevo fenómeno: ya no es "Brexit" (mezcla de Bretaña y "exit", salida) sino "Bregret" (Bretaña y "regret", arrepentimiento). Pero ese camino de vuelta, si es que alguna vez se ponen de acuerdo en intentarlo, promete ser largo y tortuoso como una ordalía medieval, esas en las que son especialistas los europeos.

 

El antiguo león que simbolizaba el poder y la majestad británica ha quedado reducido a un gatito como Larry. Y, ya se sabe, los gatos nunca se deciden sobre si quieren salir o entrar de la casa.

 

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