Lunes 06 de febrero 2023

Cuando Harry conoció a Meghan

Redacción 26/01/2023 - 00.34.hs

Buena parte del éxito de este cuento de hadas escrito por Harry, reside en el hábil truco de presentarse como digno heredero de su madre, la princesa Diana, otra figura trágica que sufrió la incomprensión y el ninguneo de la familia real y el acoso de la prensa amarilla.

 

JOSE ALBARRACIN

 

La monarquía británica subsiste por el aporte de millones de libras anuales provenientes de los impuestos que pagan sus súbditos los ciudadanos. Pero también son titulares desde hace siglos de uno de los patrimonios inmobiliarios más formidables del mundo. No contentos con eso, tal parece que los "deberes" inherentes a su función les dejan tiempo libre para enriquecerse criando caballos, cultivando trufas y otros negocios híper lucrativos. De lo que no se sabe tanto, es de los ingresos que perciben en concepto de "derechos de imagen", esos mismos que tan bien explotan los futbolistas.

 

Añejo.

 

En realidad, fueron los reyes quienes inventaron este recurso, y fue mucho antes de que existiera siquiera la actual cultura de la imagen, generada por los medios, la TV e internet. Todavía hoy se pueden ver las etiquetas de whisky escocés que anuncian, con orgullo, que esa bebida cuenta con el aval de algún monarca fallecido hace más de dos siglos.

 

Ni los papas –monarcas también, al fin— se privaban de ingresar en este negocio. En el siglo XIX el propio León XIII prestó su fotografía y aval para la publicidad de un vino marca "Mariani", muy famoso en su época, y al que se atribuían cualidades medicinales asombrosas. Y es que al habitual jugo fermentado de uvas, habían agregado cocaína.

 

No es de extrañar, entonces, que los reyes y príncipes hagan un culto de su imagen y se manejen como peces en el agua en el mundo de las celebridades, ya que ellos mismos lo son, y serlo forma parte de su negocio. Por eso estaba cantado que el príncipe Harry, segundo hijo de Lady Di, ahora que abandonó sus "deberes" reales y se mudó a EEUU con su esposa Meghan y sus hijos, decidiría como primera actividad lucrativa la venta de sus memorias e intimidades, tanto a través de un libro, como de una miniserie en Netflix.

 

Repuesto.

 

El producto audiovisual tiene su público, sin dudas, pero resulta un poco soporífero. Para el caso, es cien veces preferible revisar la miniserie de ficción "The Crown", que al menos cuenta con buenos actores. Y está claro que se trata de una ficción, no como la vida de los príncipes, que nunca se sabe hasta dónde es real.

 

Resulta más interesante, sin embargo, el libro que acaba de publicar el pelirrojo Harry, un rutilante éxito de ventas, titulado "Spare". La palabra inglesa es ambigua, puede querer decir "extra, vacante, disponible" –y acaso esa polisemia haya sido buscada— pero el motivo central es un dicho popular en esa lengua, según el cual, el primer hijo es el heredero (heir) y el segundo es el repuesto (spare) por si el primero fallara. Un poco el destino que le tocó a Harry, cuyas posibilidades de acceder al trono son hoy muy escasas: debería contar con la muerte o abdicación de su padre Charles, su hermano William, y los tres hijos que éste ya ha producido.

 

El joven –o mejor dicho, el escritor fantasma que se prestó a darle una voz literaria— no ahorra detalles. Nos comparte su historia de adicciones; su rehabilitación en Botswana, Africa –donde también practicó la caza mayor, y donde cimentó su romance con su futura esposa—; las escenas de pugilato con su hermano mayor; y hasta cuenta que, como piloto de helicópteros en la guerra de Afganistán, se liquidó él solito unos 25 talibanes. Aunque aclara que para él "no eran personas" sino "piezas de ajedrez". Difícilmente este detalle mejore un poco el balance moral, pero lo cierto es que sus colegas de armas consideran inaceptable que un soldado revele este tipo de información.

 

Jugo.

 

Sin embargo, lo más grave de estas memorias es la acusación para nada velada que hace a su familia directa, incluyendo a su hermano, su padre y la esposa de éste, de haber sido cómplices de la campaña sucia de noticias falsas y acoso que sufrió su esposa Meghan por parte de la prensa amarilla británica. Buena parte de esa cobertura viciosa tenía relación con el carácter birracial de la ex actriz de Hollywood, de quien se solazaban en destacar su "ADN exótico".

 

Toda la vida la realeza se ha quejado de lo mal que los trata la prensa, y resulta ahora que existe un contubernio, por el cual alguno de los miembros de la casa real proveen de datos jugosos a esos mismos periodistas, a cambio de alguna cobertura favorable, y vaya a saber si no de dinero.

 

Desde luego, no viene al caso discutir aquí la decisión que tomaron Harry y Meghan, de abandonar un entorno familiar y un ambiente social que consideraban tóxico, para iniciar una vida lejos de allí, en un lugar no menos tóxico: Hollywood. Lo que llama la atención, en todo este relato, es la constante queja de este joven, cuya vida ha transcurrido –y sigue así— entre los algodones del más absoluto privilegio económico y social, dato éste que su libro ni siquiera considera.

 

Buena parte del éxito de este cuento de hadas contemporáneo reside en el hábil truco de presentarse como digno heredero de su madre, otra figura trágica y apasionada, que sufrió la incomprensión y el ninguneo de la familia real, el acoso de la prensa amarilla, y terminó sus días, joven y hermosa, víctima de un accidente fatal cuyos responsables fueron los papparazzi que la perseguían día y noche.

 

Quién sabe si en la memoria popular Harry será recordado como el auténtico hijo de Diana. O si, por el contrario, su historia no terminará pareciéndose más a la de su antepasado el rey Eduardo VIII, que también renunció a sus "deberes" reales para casarse con una actriz de Hollywood, pasando el resto de su vida como un mendicante quejoso, que lejos de aportar algo al pueblo que abandonó, terminó haciendo lobby a favor de Hitler y la Alemania nazi.

 

La historia está lejos de terminar. Faltan varios capítulos, y varias temporadas.

 

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