El cerdito valiente
Ing. Javier Mariano García Guerrero
En las noches heladas de Wall Street, donde la luz artificial de los monitores jamás se apaga, no hay espacio para la piedad ni para la nostalgia. Allí el dinero es un animal extremadamente nervioso, un felino nocturno que olfatea el peligro a kilómetros y sale huyendo al menor chasquido de una rama. La fiesta de la plata dulce y la liquidez barata ha terminado. Hoy la resaca global no se cura con discursos ensayados frente al espejo ni con aplausos de comitiva: se mide en dólares que no alcanzan, en planillas de Excel implacables y en una sequía financiera internacional que deja al desnudo las miserias de un plan industricida de saqueo rápido.
La vorágine desatada por la Inteligencia Artificial dejó de ser una quimera futurista para convertirse en un agujero negro de capitales. Para erigir sus bastiones —monumentales centros de datos que devoran electricidad como si fueran metrópolis enteras y cordilleras de microchips avanzados— las corporaciones multinacionales absorben más de USD 200.000 millones anuales en un gasto de capital insaciable. Todo ese embudo gigantesco secó la plaza financiera mundial. Si a esta sangría se le suma la inflación persistente y la sombra de desconfianza que proyecta la figura de Donald Trump, el cuadro queda terminado con trazos macabros: los bonos del Tesoro de los Estados Unidos a 10 años treparon al 5,15% anual y la tasa SOFR voló a niveles estratosféricos que le cortan el aire al crédito periférico.
El barril de petróleo crudo subió a USD 112, propagando una ola inflacionaria global de costos energéticos encareciendo de manera salvaje la urea y los fertilizantes, volviendo prohibitivo el acto cotidiano de llevar un plato de comida a la mesa.
¿Qué hizo el gran capital financiero internacional ante el olor a quemado? Hizo lo que siempre hace cuando olfatea el final de una época: huir hacia lo tangible, hacia lo que se puede tocar y atesorar. Los bancos centrales del mundo compraron más de 1.000 toneladas anuales de oro, empujando la onza troy por encima de los USD 2.700, mientras la Argentina entregaba los lingotes del Banco Central como garantía en el exterior para rapiñar créditos de corto plazo que jamás podrá pagar, perdiendo en el camino unos USD 1.000 millones. Mientras tanto, el cobre roza los USD 10.000 la tonelada y los futuros agrícolas subieron un 15% interanual, impulsados por la coexistencia inédita de dos guerras simultáneas. Otra oportunidad histórica que se nos escurre entre los dedos como arena fina.El famoso sudden stop —la detención súbita de la llegada de capitales— ya no es un concepto frío de los manuales de economía, sino una tragedia que se respira en la calle. El ratio de cheques rechazados por falta de fondos se cuadruplicó respecto de su promedio histórico, trepando al 4% del total operado. Más de $3,2 billones de pesos en papeles firmados sin respaldo circulan como sombras entre bancos y cuevas financieras, dejando a miles de Pymes ante la encrucijada fatal de entregar su capital de trabajo a tasas de usura o caer directamente en la quiebra.
El mercado financiero se tensó al compás de una angustia creciente sobre el programa de vencimientos de 2027, un panorama que se vuelve más sombrío a medida que los datos de la economía real muestran su rostro de devastación. La economía no camina: arrastra los pies desde la recesión hacia una depresión profunda. La cotización de los bonos soberanos sigue cayendo abruptamente y el riesgo país acumula en 3 meses un salto vertiginoso del 74%, superando holgadamente los 700 puntos básicos, un 20% más alto que el de Ucrania, una nación atravesada por los bombardeos. Cuando el barco se hunde, las ratas no deliberan: saltan al agua.
La deuda total de los hogares argentinos alcanzó la cifra récord de $73,8 billones de pesos. Cerca de 5 millones de familias se encuentran sepultadas en el sistema bancario, acumulando una deuda promedio de $13,3 millones cada una. Para comprender la magnitud de este naufragio basta una cifra: en 2023, la deuda de un hogar representaba 1,4 salarios formales; hoy equivale a casi 7 sueldos enteros. La gente no pidió plata prestada para lujos; se endeudó en cuotas para pagar el pan, la leche y la luz.
La fábula del cerdito.
Existe una fábula infantil conmovedora: la historia de Babe, el cerdito instruido para actuar como si fuera un fiero perro pastor. El animalito, henchido de una vanidad cómica y convencido de su singular destreza, corría de un lado a otro, le ladraba con ferocidad al rebaño para mantenerlo sumiso y le lamía con devoción filial las botas al amo. Lo que el cerdito jamás llegó a comprender en su afán de complacencia es que, para el dueño de la granja, el disfraz no alteraba en nada su naturaleza. A medida que las hojas del almanaque caían y la Navidad comenzaba a titilar en la ventana de la casa principal, el granjero dejaba de mirarlo como a un colaborador para empezar a visualizarlo, salivando en silencio, en el centro de la mesa familiar: dorado, crocante y con una manzana clavada entre los dientes.
Javier Milei encarna a la perfección la tragedia de ese cerdito aplicado. Frente al establishment financiero internacional, corre desesperado ajustando las tuercas del presupuesto, festeja con alborozo el paso de la motosierra y le ladra a la muchedumbre empobrecida imitando la furia de sus propios perros. Promete hacer lo que ningún otro se atrevió a ejecutar: doblegar al rebaño a fuerza de privación y látigo.
Al acercarse la ventana de las elecciones presidenciales y la virtual derrota de Donald Trump —con la pérdida del control de ambas cámaras en EE. UU. que ya anticipan todos los sondeos—, la dolarización preventiva de carteras le va a secar la poca liquidez que le queda al Banco Central. Wall Street va a servir el banquete sin que se le mueva un solo músculo de la cara. Y en ese preciso instante, el libertario descubrirá, con la manzana entre los dientes, que en la mesa de la alta finanza a los cerditos sacrificados se los comen en la cena de fin de año. Será entonces cuando salga a declararle al mundo que este país jamás estuvo a su altura. Y por primera vez en su vida, tendrá toda la razón.
* Ex Profesor Adjunto de Macroeconomía y de Economía I en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA durante una década.
Artículos relacionados
