Sabado 25 de mayo 2024

El peinado lo es todo

Redacción 21/04/2024 - 00.20.hs

Se le atribuye a Frank Zappa la siguiente frase/consejo: "¿Quieres ser una estrella de rock? ¡Consíguete un buen peluquero!". Eso era, claro, en la década de los años setenta, cuando todavía existía el rock, y cuando los colegas de Zappa todavía tenían edad como para tejer una imagen artística alrededor de su cabellera. El chiste, por supuesto, apuntaba a que, supuestamente, las habilidades musicales no importarían tanto como un look identificable. Y en el caso de los rockeros, el pelo largo era un uniforme obligatorio para posar de rebeldes.

 

Derecha.

 

Quién hubiera dicho que algún día -y ese día ha llegado- el pelo pasaría a ser el principal atributo, la principal arma electoral de los políticos, particularmente, de los populistas de derecha. Así se encargó de señalarlo, con británica agudeza, el comentarista de The Guardian, Andrew Anthony, en su artículo "El populismo se trata del cabello: Lo que los políticos de derecha tratan de decirnos con sus peinados salvajes".

 

Como el lector ya habrá adivinado, uno de los casos que el columnista toma, como prueba número uno de su tesis, es el del actual presidente argentino, con su ya icónica cabellera, que le ha valido el apodo de "Peluca". Probablemente sea también, porque durante la campaña usaba una motosierra, recurso escénico que también proviene del rock, más concretamente, de Ted Nugent, que por cierto también profesaba una ideología de extrema derecha.

 

"Milei -nos informa Anthony- tiene la cara de un granjero, o de un ladrón a mano armada, pero el pelo de un bajista de rock pesado, de esos que en la edad madura viven de tocar en el circuito de bares". Su pelo "aparentemente real" tiene la virtud de "gritar inconformismo, al tiempo que sugiere un encanto irreverente, como si además de reducir su país a un paupérrimo patio de juegos para los super-ricos, también fuera un tipo divertido con el que salir a tomarse unos vasos de fernet".

 

Boris.

 

Por supuesto, como buen inglés, no podía dejar de mencionar a Boris Johnson, el ex primer ministro que "comprendió de entrada que la política es un género teatral", y que, para suplir la falta de profundidad del discurso político ultraderechoso, necesitaba proyectar una imagen reconocible, que se fije en la mente de los abúlicos votantes, esos que no quieren saber nada de política.

 

Esa imagen -si se nos disculpa la prosopopeya- recuerda más a una de esas cacatúas que pueden verse bailando rock en Youtube, levantando la cresta platinada y balanceando la formidable barriga sobre unas patitas escuálidas. Pero como con Milei, si se hiciera un meme sólo con el pelo, hasta ocultando el rostro, el personaje sería perfectamente reconocible. Algo parecido a lo que pasa con Albert Einstein y su melena desacatada, con la diferencia, claro está, de que el astrofísico alemán tenía algo debajo del cuero cabelludo.

 

Hay otra nueva estrella en esta constelación de la ultra derecha, el inefable holandés Geert Wilders, que puede propalar los más aberrantes insultos contra los inmigrantes musulmanes, sin que casi nadie se da cuenta, por la admiración que causa su melena excesiva, meticulosamente peinada con fijador, hasta la casi petrificación.

 

Y bueno, también está Donald. De quien el Washington Post se vio en la necesidad de publicar un artículo titulado "Las mejores cien descripciones del peinado de Trump": una verdadera obra de arte que, según uno de sus biógrafos, se consiguió a base de una cirugía de reducción del cuero cabelludo, estiramiento del pelo, y un régimen diario de cepillado, acomodado y acicalado, para no mencionar la droga anti-calvicie (finasteride) que se zampa con un trago de coca-cola.

 

Calvos.

 

Y es que tal parece, y sin distinción de banderías políticas, no es sólo cuestión de trasformar el pelo en una marca identitaria para convocar la adhesión de los partidarios: se trata de que la falta de pelo es un preocupante handicap electoral. Anthony se encarga de señalar este dato preocupante: el último presidente calvo que eligieron en Estados Unidos fue Eisenhower, en 1956. Y el último primer ministro británico sin pelo fue Churchill en 1951.

 

Vale decir, que se puede ser calvo en el oficio del periodismo, incluso con ojeras de mapache. Incluso ante las cámaras de la TV, como puede comprobarse haciendo zapping por canales de todo el espectro idelógico. Pero que ni sueñen con hacer el salto de panelistas a presidente. ¿O por qué piensa el lector que, en estas épocas de malaria, el emprendimiento más común es poner una peluquería?

 

Nobleza obliga, y como el narcisismo no tiene ideología, hay que reconocer que el presidente no es el único político argentino obsesionado con su cabellera. Ahí está el radical Martin Lousteau, con sus rulos indomables. O el izquierdoso Nicolás del Caño, que siempre parece recién salido de la barbería. Y, ya que estamos comparando, los tres comparten, además de la melena generosa, cierto gesto de indignación, de incomodidad, como si algún miembro de su entorno acabara de expeler un gas.

 

Igualmente, la ética periodística nos impide concluir esta columna sin hacer una confesión, un disclaimer como dicen ahora: el autor de esta columna padece de alopecia. Es pelado, bah. De modo que no puede hacerse la ilusión de postularse para cargo alguno. Pero se solaza, al menos, con el consuelo de no tener ni un pelo de tonto.

 

PETRONIO

 

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