Viernes 30 de septiembre 2022

La construcción del "precariado"

Redacción 10/08/2022 - 07.57.hs

Aunque la inflación carcome los ingresos, el sector rollizo de la CGT se opone a una suba salarial de emergencia dispuesta por decreto, en sintonía con las patronales privadas.

 

De un tiempo a esta parte, la burocracia gremial más entrada en kilos y canas, la misma que alguna vez ejerció el poder sindical con temeridad, dice estar autopercibiéndose melancólicamente como un "factor de presión" más entre tantos, sin capacidad para mejorar la vida de sus afiliados o para incidir en el rumbo general del país.

 

Además de un historiador, el sector rollizo de la CGT parece necesitar por estas horas un psicólogo para restaurar su autoestima dañada por la pasividad complaciente con las patronales de todos estos años. Herederos de un sindicalismo que supo enfrentarse con dictaduras sangrientas, que produjo programas políticos como el de Huerta Grande, La Falda y los 26 puntos de Saúl Ubaldini, la resignación que militan estos dirigentes cuando sus representados más lo necesitan actuando en la escena resulta indefendible.

 

Rechazar el aumento por suma fija que impulsa el Gobierno porque achata la pirámide salarial o les quita protagonismo a los sindicatos en la discusión paritaria es un argumento que parece redactado por el estudio Bruchou & Funes de Rioja -del presidente de la UIA, Daniel Funes de Rioja- y no por el de Héctor Recalde. Al fin de cuentas, son los empresarios los que tendrían que financiar el incremento con su plata y es lógico que intenten evitarlo. Lo extraño es que la tarea sucia del rechazo la encabece el sector rollizo de la CGT.

 

La realidad del país es que, mientras las empresas reparten dividendos excepcionales, existen trabajadoras y trabajadores registrados, bajo convenio, que están percibiendo salarios por debajo de la línea de pobreza, sin contar la situación penosa de los que están excluidos del mundo regido por las leyes laborales, el sector informal o en negro, donde las cosas empeoran.

 

Es verdad que la desocupación es baja, pero las remuneraciones lo son aún más. Claudio Moroni, el ministro de Trabajo, siempre habla de lo primero. De lo segundo, no sabe o contesta que los salarios le ganan a la inflación, que es algo así como que en el rincón le digan al boxeador al borde del nockout que su retador tiene las manos a la miseria de tanto pegarle para mentirle un poco de ánimo.

 

Se oponen a un aumento de emergencia. Esto seguramente tiene una explicación que excede el argumento del cegetismo impotente o con baja autoestima, el que clama comprensión porque no puede o no le da la tristemente célebre "correlación de fuerzas" como para plantarse exigente ante las patronales.

 

Tal vez ocurra que la CGT no quiera representar más que a los sectores del trabajo con alguna veteranía y estabilidad, una especie de aristocracia obrera preocupada por sostener su privilegio en el derrumbe general, al tiempo que deja que la UIA y la AEA de Techint, Arcor y Magnetto vayan entrenando a una nueva camada de jóvenes trabajadores bajo prácticas de flexibilización que incluyan sueldos que, de tan bajos e inútiles, se parezcan a los que reciben los empleados fuera de convenio o no sindicalizados.

 

El economista británico Guy Standing habla de esta nueva clase obrera como "el precariado", carente de viejas conquistas y suplicante de ingresos de supervivencia, por los que nadie pelea.

 

Ante la estampida inflacionaria, un aumento generalizado de los salarios financiado por el sector privado quizá achate la pirámide, tal vez desluzca la tarea del cegetismo paritario, pero va a servir para descomprimir una situación desesperante.

 

Si la CGT no da ninguna pelea, que al menos en la urgencia el Estado resuelva mediante decreto un aumento para que las fortunas empresarias financien parte de una crisis que está configurando una nueva relación entre capital y trabajo, sin ley del derrame siquiera

 

(Por Roberto Caballero, extractado de Eldestapeweb).

 

' '

¿Querés recibir notificaciones de alertas?