¿Querés recibir notificaciones de alertas?

Las notificaciones están desactivadas

Para activar las notificaciones:

Domingo 22 de febrero 2026

La mochila del hombre blanco

Redacción 22/02/2026 - 00.13.hs

Aunque el lector pueda no tener presente el nombre de Rudyard Kipling -de cuya muerte acaban de cumplirse 90 años- a no dudarlo se habrá tropezado con él en más de una ocasión. Acaso -en el mejor de los casos- a través de la película de Disney, "El libro de la selva", inspirada en sus cuentos infantiles situados en la India, donde Kipling había nacido en 1865, hijo de padres británicos. O tal vez haya tenido ocasión de leer en algún póster ese poema suyo, "Si...", síntesis del supuesto estoicismo victoriano, no exento de cursilería, aunque bien escrito y con algunos hallazgos notables, como por ejemplo, cuando cataloga al triunfo y la derrota como "dos impostores". O ese primer verso en que llama a "conservar tu cabeza en su sitio cuando todos a tu alrededor la pierden y hasta te culpan por ello". El texto exuda paternalismo y machismo ("¡serás un hombre, hijo mío!") como que fue escrito para su hijo John, muerto a los 18 años en la Primera Guerra Mundial: sacrificado en el altar del Imperio Británico.

 

Polémico.

 

Fue el primer Premio Nobel de Literatura británico (1906) y se le ofrecieron otros importantes galardones nacionales -que rechazó- como el Premio Nacional de Poesía, la Orden de Mérito y el título de "Sir" (Caballero de la Orden del Imperio). Sin embargo, el lugar de Kipling en la literatura es, todavía hoy, objeto de polémica. En particular, por cuanto su extensa obra -cinco novelas, doscientos cuentos y más de ochocientas páginas de poesía- se identifica demasiado con la era victoriana, esto es, con el auge del Imperio.

 

Los escritos sobre su India natal, que tuvieron un enorme éxito en la metrópoli -aunque inicialmente fueran criticados por su supuesto "exotismo"- tuvieron el efecto, al decir de Jorge Luis Borges, de crear conciencia en la población británica sobre sus extensas colonias a lo largo del mundo: "Los ingleses habían labrado el imperio, luchaban por él, morían por él, pero no les gustaba que se hablara de eso".

 

Parte de la polémica tiene que ver con que sus primeras obras, las que se vendieron por millones de ejemplares, eran consideradas demasiado populares, aunque tanto los cuentos, como la novela "Kim" sean de una complejidad enorme.

 

Pero sobre todo se le critican sus ideas, no sólo imperialistas, sino ciertamente conservadoras. Al respecto dice Borges -acaso refiriéndose también a sí mismo- que un escritor "no debe ser juzgado por sus opiniones, porque las opiniones son quizá lo más superficial que tenemos; debe ser juzgado por sus sentimientos, por su desdicha y por la maestría con que escribe".

 

Blanco.

 

En ninguna obra se expresa mejor el espíritu imperialista de Kipling que en su poema "La carga del hombre blanco"(The white man's burden), en el cual sostiene que, en realidad, la empresa imperial es un deber moral de Occidente, en su encomiable esfuerzo por civilizar a los pueblos atrasados del resto del mundo.

 

Lo curioso es que en el caso de este poema no sólo se refiere a Inglaterra, sino que la obra funciona como una especie de carta abierta a los Estados Unidos, a los que felicita por su misión imperialista en las Islas Filipinas, que acababan de arrebatar a España. Por algún motivo, el colonialismo español no le parecía lo suficientemente "blanco" o "civilizador" al bueno de Rudy.

 

El carácter racista y blanco-supremacista del poema -que se refiere a los filipinos como "criaturas recién capturadas y hoscas, mitad niños, mitad demonios"- produjo escozor incluso en su propia época, motivando una satírica respuesta, tan luego, del norteamericano Mark Twain, que lo fulminó con el ensayo "A la persona sentada en la oscuridad" (To the person sitting in the darkness).

 

Twain no necesitaba acudir a Das Kapital para olfatear que detrás de todo canalla se esconde el ansia de lucro. Ya desde el inicio de su argumento pregona que esto de "extender los beneficios de la civilización" a los supuestos salvajes "ha sido un buen negocio y ha pagado muy bien, en general; y todavía hay dinero que ganar, con buen tino, pero no lo suficiente para ignorar los considerables riesgos".

 

Oriente.

 

Esta supuesta beneficencia del imperialismo ha sido debidamente sometida a una autopsia en la obra del intelectual palestino Edward Said, particularmente en "Orientalismo" y "Cultura e imperialismo". Da mucha pena leer, en la última obra del israelí Yuval Noah Harari, una calificación de "ultraizquierdista" lanzada al voleo contra Said, un intelectual de fuste y fundamento muy por encima de la "historiografía best seller" que practica Harari.

 

Por donde se lo mire, el imperialismo no hizo otra cosa que expoliar y someter al genocidio a culturas enteras, con el racismo como justificativo para el más crudo afán de lucro. Lo que hicieron los británicos en China durante la Guerra del Opio debería bastar como botón: ¿someter a todo un pueblo a la adicción, a la pauperización, en nombre del "libre comercio"? Que agradezcan que los chinos tuvieron mucha más piedad, "flema" y elegancia cuando recuperaron Hong Kong.

 

Borges considera que Kipling era sincero en su argumento sobre la supuesta "carga del hombre blanco" en la diseminación de su "civilización". Puede ser. Pero en tal caso, ¿cómo es posible de Kipling, que algo sabía del pasado milenario de la civilización en la India -de la que decía sentirse orgulloso- pudiera considerar que esos saberes milenarios debían suprimirse en nombre del capitalismo industrial?

 

¿Qué los autoriza a seguir subestimando, con inocultable racismo, los saberes de la China, de la India, incluso de Persia (hoy Irán, a punto de ser bombardeada de nuevo) donde a diferencia de la "cuna de la civilización occidental", la antigua Grecia, no se practicaba el sacrificio humano?

 

La única respuesta posible a este dilema, parece ser, es que se puede ser un escritor genial, una buena persona incluso, y no obstante -por obra de la tóxica ideología de derecha- ser al mismo tiempo un perfecto imbécil.

 

PETRONIO

 

'
'