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Jueves 07 de mayo 2026

La vieja fórmula de “Pan y circo”

Redacción 07/05/2026 - 00.13.hs

Se sabe que la fórmula de “Pan y circo” como una manera de conformar a las multitudes es muy antigua y constituye, en definitiva, una forma de lección política para los gobernantes en apuros y necesidad de disminuir las tensiones populares que pueden afectarlos. En nuestro país hay una anécdota que la ejemplifica muy bien.

 

A fines de la época del primer peronismo, allá por comienzos de la década de 1950, hubo en la masa popular un cierto negativismo para con el gobierno. Planteado el problema, en los altos niveles gubernamentales se aseguraba que Raúl Apold, a cargo del poderoso aparato de Prensa y Difusión del Partido Justicialista en el gobierno, le restó entidad al problema diciendo que “se traía el seleccionado inglés de fútbol y asunto solucionado”. Verdadera o no, la anécdota es un inmejorable ejemplo de cómo ciertas acciones gubernamentales –deportivas en el caso citado— pueden encauzar las acciones populares en momentos políticamente inquietantes para los gobiernos.

 

La realidad reciente sugiere que los integrantes del actual gobierno tienen bien presente aquel ejemplo de política pragmática. La forma que revistió fue la presentación en las calles de Buenos Aires del automovilista Franco Colapinto, piloto de Fórmula 1. Hay que reconocer que la circunstancia era propicia, o más bien, necesaria. El gobierno mileísta parecía conmocionado por los hechos de corrupción (que hasta hoy siguen desgastándolo) y que la Argentina, tras los años triunfalistas de Juan Manuel Fango y, menos, de Carlos Reutemann, carecía de un representante en la más prestigiosa de las categorías del automovilismo internacional.

 

A la ocasión, entonces, la pintaron calva. Sin miramiento alguno se paralizó el tránsito del centro ciudadano (un argumento que siempre se antepuso para justificar la represión a las manifestaciones populares), se armaron espectaculares tribunas, se montó una considerable promoción publicitaria y, de paso, se estipuló el cobro de una entrada. La cifra de concurrentes, por cierto, fue impresionante: alrededor de medio millón de personas que, en aras de un por lo menos discutible patriotismo, aceptaron un espectáculo consistente en un único piloto haciendo fintas en una máquina de aquella categoría primero y después desfilando al manejo de una de aquellas legendarias “Flechas de Plata” que perteneciera a Juan Manuel Fangio. También –algo que se cuidaron de no resaltar los lenguaraces progubernamentales de siempre— el espectáculo se dio sobre una máquina con más de diez años de antigüedad.

 

Por supuesto que hubo música de acordes triunfalistas y dinámicos y un saludo generalizado de Colapinto para con la gente alineada junto a las vallas laterales.

 

Por cierto que es un orgullo que Colapinto esté en la categoría mayor del automovilismo mundial, pero también es innegable que, al menos todavía, no figura en la elite de pilotos principales ni integra los equipos más calificados.

 

Volviendo a los considerandos iniciales de este comentario, es legítimo preguntar cuál es la entidad gubernamental que pagó los considerables gastos que insumió el espectáculo y, muy especialmente, adónde fue la devenida recaudación por entradas y publicidad.

 

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