Lejos de ser los únicos privilegiados

Redacción 13/01/2022 - 01.19.hs

Como en el mundo de las personas adultas, también en las niñeces la pandemia no hizo más que desnudar las profundas desigualdades sociales.

 

JOSE ALBARRACIN

 

Sobre fines del año pasado, dos muertes conmovieron la atención de los pampeanos. La primera, de un niño de muy corta edad, fallecido como consecuencia de episodios reiterados de violencia doméstica, por los cuales hoy se investiga a su madre y a la pareja de ésta. El otro caso, ocurrido sobre el cierre de 2021, fue el suicidio de un joven de 18 años -un niño, hasta ayer nomás- que se encontraba confinado en su casa familiar por un contagio de Covid-19. Ambas muertes, con toda su carga dramática, no son más que el emergente de un problema mucho más profundo y generalizado, que es el tremendo impacto que la pandemia está teniendo sobre los niños, en el mundo entero, y particularmente en Argentina.

 

Perdido.

 

El primer indicador, claramente, es el retroceso educativo que soportó toda la generación de estudiantes primarios y secundarios en 2020 y parte del año pasado. La falta de clases presenciales y del necesario contacto con los docentes ha arrojado una rémora en el nivel de lectoescritura y matemáticas que se observa en todo el globo.

 

Esa pérdida es apenas la superficie, ya que la experiencia escolar es mucho más que la adquisición de conocimiento. También es fundamental para la socialización de los niños, para el aprendizaje de habilidades colectivas, y, en el caso de los adolescentes, crucial para un saludable tránsito entre la estructura familiar y el contacto con los pares, que se aprende en esa etapa, y dura para toda la vida. Estas horas de comunidad perdidas arrojarán, a no dudarlo, marcas considerables en la psiquis de la generación que creció en pandemia.

 

Y esto es sin considerar que la pérdida de la rutina escolar ha generado un fenómeno de deserción que será muy difícil revertir: de hecho ya es difícil mantener en el sistema a los niños que continúan escolarizados.

 

Desigual.

 

Por supuesto, como en el mundo de los adultos, también en las niñeces la pandemia no hizo más que desnudar las profundas desigualdades sociales. Los niños de clase media o alta pudieron campear a duras penas la escolaridad a través de aplicaciones de celular o computadora, pero los menos afortunados no tuvieron acceso ni siquiera a ese sucedáneo. Tampoco accedieron a la experiencia de la socialización virtual de internet, aunque en ese ámbito, entre el grooming, los pedófilos al acecho y la plaga de desinformación y teorías conspirativas, acaso, irónicamente, salieron favorecidos.

 

Lo que no fue nada favorable fue la situación de los niños y adolescentes que, con el cierre de las escuelas, se vieron privados de la que acaso era su única comida del día. Con más de 60 por ciento de pobreza infantil, la pandemia cortó esa valla de contención que era el sistema educativo, e hizo aún más difícil la asistencia estatal, por mucho esfuerzo que se puso en los programas sociales para la población en riesgo.

 

Como se encargó de señalar, con base en datos duros, el Observatorio de la Pobreza de la UCA, la inseguridad alimentaria se incrementó casi 4 puntos porcentuales entre 2019 y 2020, mientras que la situación más grave y que afecta de modo directo a los niños y adolescentes subió 1,5 puntos.

 

Salud.

 

Vale decir, que no sólo la educación de los niños se vio afectada, sino también su salud. A la carencia alimentaria de los sectores bajos, debe sumarse también la pérdida de la actividad física, y la merma notable en las consultas médicas, particularmente las odontológicas. Para no hablar de los problemas mentales, el incremento de los intentos de suicidio, y el mayor peligro de violencia doméstica, de todo lo cual dan cuenta los dos casos que se mencionan en la apertura de esta nota.

 

Si bien el sistema educativo ha tendido a normalizarse en el segundo semestre de 2021, los efectos de la pandemia sobre la población más joven están lejos de haber desaparecido.

 

Muchas de las decisiones que se justificaban en 2020 ya no parecen tan sostenibles. Fue razonable, por ejemplo, que se enfatizara la investigación sobre vacunas para la población de adultos mayores, que era -y es- la más vulnerable al virus. Pero en el momento presente, el hecho de que no existan vacunas autorizadas para los niños más pequeños, resulta una rémora.

 

La respuesta previsible a este cuestionamiento sería que las versiones severas de la enfermedad son extremadamente raras en los niños. Para ellos, en general, se parece mucho a una gripe común. Y de hecho, corren más riesgo de vida por accidentes de tránsito que por el Covid.

 

Y esto nos lleva a un dilema ético que acaba de exponer, en su columna, el periodista norteamericano David Leonhardt. Concretamente, con la amplia disponibilidad de vacunas desde mediados del año pasado, y la presencia de adultos "anti-vacunas" que voluntariamente corren el riesgo de enfermarse, y de contagiar a los demás, ¿no están los niños sufriendo de privaciones para proteger a estos adultos? ¿Ha decidido nuestra sociedad sacrificar a una generación de menores para preservar a un porcentaje -mayor o menor según el país- de adultos irresponsables?

 

La cuestión recuerda inevitablemente a la problemática ecológica, y la pregunta recurrente sobre si, con toda la evidencia existente sobre el calentamiento global y el deterioro del medio ambiente, es éste el mundo que queremos legar a nuestros hijos y nietos. Aparentemente, la respuesta de los adultos ha sido: "nos importa un bledo".

 

' '

¿Querés recibir notificaciones de alertas?