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Jueves 09 de abril 2026

No siempre sale bien

Redacción 09/04/2026 - 01.19.hs

Si algo demuestra el cese del fuego, es que con todo su poderío militar -combinado con el de Israel- y con una riqueza que casi centuplica a su enemigo, EEUU fue incapaz de impedir que Irán mantuviera el control del estrecho de Ormuz.

 

JOSE ALBARRACIN

 

Con los acontecimientos del martes pasado, resulta casi inevitable que el legado histórico de Donald Trump, más que relacionarse con la megalomanía, el mal gusto estético (columnas y molduras doradas) o el autoritarismo machista, quede ligado a un apodo/acrónimo que le han endilgado últimamente, y que le duele en el alma:TACO. No como el diputado justicialista pampeano, ni como la comida callejera mexicana; sino como una sigla de "Trump always chickens out", esto es, "Trump siempre arruga". Porque está claro que lo que ocurrió tras el cese de fuego con Irán está muy lejos de ser una victoria para los EEUU.

 

Situación.

 

Todo comenzó el pasado 11 de febrero, en la "sala de situación" de la Casa Blanca. En lo que constituye una verdadera anomalía diplomática, durante una hora el premier israelí Benjamin Netanyahu hizo una disertación ante el presidente norteamericano y su gabinete, afirmando que una acción militar conjunta de ambos países contra Irán podría destruir totalmente las instalaciones nucleares de ese país -las mismas que ya habían sido "aniquiladas" con los bombardeos de junio pasado- , y obligar a un cambio en el gobierno y el sistema de esa república islámica.

 

La reacción de los asesores presidenciales fue, al menos, de cautela. El vicepresidente J.D.Vance aseguró que le parecía una mala idea, pero que si Trump tomaba la decisión él lo apoyaría. La gente de inteligencia fue más específica: consideraron viable matar al Ayatollah, incluso limitar la capacidad de agresión iraní en Medio Oriente, pero consideraron "farsesca" (por no decir delirante) la idea de que una intervención militar extranjera fuera a provocar una insurrección del pueblo iraní contra su gobierno. El canciller Marco Rubio, por su parte, tuvo una sola palabra para definir el discurso de Netanyahu: "bullshit".

 

No obstante, a Trump le gustó la idea, envalentonado como estaba por la falta de respuesta iraní a los bombardeos del año pasado, y por lo "exitoso" de su incursión en Caracas, donde se obtuvo no sólo la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa, sino también la aparición de un grupo de dirigentes "bolivarianos" en funciones, totalmente permeables a trabajar como un gobierno títere norteamericano.

 

Intuición.

 

La decisión se basó, se ve, en la intuición del presidente: cuando le preguntaron cómo estaba tan seguro de que esta aventura saldría bien, respondió con soltura: "porque siempre sale bien". No es de extrañar, entonces, que ante las primeras reacciones militares iraníes, atacando a los aliados norteamericanos en la región -Israel entre ellos- la Casa Blanca fuera incapaz de ocultar su sorpresa. Tanto más, cuando el cierre del estrecho de Ormuz comenzó a provocar fuertes inconvenientes en la economía mundial, siendo como es, un cuello de botella por donde se transporta casi un 20% del petróleo mundial, y un tercio (!) de los fertilizantes que se emplean en la agricultura en todo el planeta.

 

Es claro que cortar estas exportaciones no era un riesgo impensado, sino que el objetivo final parece haber sido perjudicar la línea de suministros de China, gran consumidor de energía, y aliado de Irán en los Brics. Pero, como surge de un reciente informe del New York Times, Beijing lleva más de una década preparándose para este conflicto, desde que Trump insinuara su agresividad hacia Teherán durante su primer mandato.

 

Cuando la demanda de las propias bases electorales de MAGA y -sobre todo- de los grandes grupos económicos, comenzaron a arreciar, el nerviosismo del hombre de la Casa Blanca se hizo palmario, no ya sólo por el uso de mayúsculas fijas, sino directamente por el lenguaje procaz: "¡Abran el (fucking) estrecho, locos bastardos!"

 

Genocidio.

 

La apoteosis llegó este martes a la mañana, cuando, ante el inminente vencimiento del ultimátum lanzado contra los iraníes, amenazó -también por redes sociales- con que "esta noche morirá toda una civilización, para nunca más volver". El tono apocalíptico hizo que muy pronto desde la Casa Blanca tuvieran que salir a descartar la posibilidad de usar armas nucleares, pero la diferencia es sólo simbólica: lo que estaba prometiendo el presidente norteamericano, sin que nadie en su país le pusiera un freno, era lisa y llanamente, perpetrar un genocidio contra el pueblo iraní, heredero de la antigua Persia.

 

El exabrupto fue tal que hasta el papa norteamericano León XIV salió a condenarlo como "verdaderamente inaceptable". Y eso que el ministro de Guerra Pete Hedgeset había declarado -en un lenguaje más propio de una teocracia como la iraní- que EEUU estaba obrando "con protección de la divina providencia" en lo que era "un esfuerzo masivo con milagrosa protección", y que "Dios merece toda la gloria".

 

La verdad, es que el resultado provisorio tiene poco de glorioso. Si algo demuestra el cese del fuego, es que con todo su poderío militar -combinado con el de Israel- y con una riqueza que casi centuplica (en términos de PBI) a su enemigo, EEUU fue incapaz de impedir que Irán mantuviera el control del estrecho de Ormuz y sólo pudo liberarlo mediante la negociación.

 

Según el premio Nobel Paul Krugman, Irán ya ganó, y su gobierno "ha emergido mucho más fortalecido que antes, controlando el estrecho y habiendo demostrado su capacidad de infligir daño tanto a sus vecinos como a la economía mundial". En tanto Norteamérica "ha salido mucho más debilitada, tras mostrar las limitaciones de su tecnología militar, su ineptitud estratégica y, cuando llegó el momento de la verdad, su cobardía".

 

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