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¿Por qué decidimos morir en las rutas?

Redacción 03/08/2026 - 08.22.hs

Por Estrellas Amarillas. 

 

El ser humano es una creación maravillosa. Nuestra biología representa una obra maestra de la evolución y la ingeniería natural, capaz de coordinar reflejos en millonésimas de segundo, procesar variables del entorno y tomar decisiones complejas bajo presión. Hemos diseñado tecnología de vanguardia y vehículos dotados de sistemas de asistencia. Sin embargo, toda esa sofisticación se reduce a la nada absoluta en el instante exacto en que un conductor decide apretar el acelerador más allá de los límites racionales y de las leyes inmutables de la física.

 

¿Por qué lo hacemos? ¿Qué mecanismo se activa en la cabeza de un conductor que decide pisar el acelerador hasta alcanzar los 180 kilómetros por hora en una autopista, sabiendo que un neumático reventado, un bache o una ráfaga de viento significan una muerte segura? ¿Por qué un padre de familia expone lo que más ama al llevar a su hijo sentado sobre el tanque de nafta de una motocicleta, desprotegido ante el más mínimo roce? La respuesta se esconde detrás del sesgo de optimismo cognitivo, conocido como la ilusión de inmortalidad. El cerebro posee un mecanismo de autodefensa que nos empuja a creer que las tragedias son eventos ajenos que siempre les ocurren "a los demás". Creemos falsamente que nuestra destreza compensa cualquier peligro.

 

Esta alarmante desconexión con la realidad golpea con una violencia demoledora cuando se convive con el transporte pesado. Un camión Mercedes-Benz 1720 vacío pesa cerca de 6 toneladas, pero cargado alcanza las 17 toneladas de puro hierro en movimiento. Cuando un joven de apenas 22 años maneja semejante mole, la inercia se transforma en un arma letal si se descuidan las normas. El sesgo de optimismo reaparece: el chofer cree dominar el gigante y los automovilistas subestiman su poder. Las consecuencias son brutales. En la trágica colisión de la Ruta 192, un auto particular con un inadmisible exceso de ocupantes -ocho personas apiñadas en su interior- impactó contra uno de estos camiones. El resultado fue desgarrador: siete víctimas fatales en el acto y un único sobreviviente que lucha de gravedad por su vida.

 

La Pampa.

 

Este dolor golpea con igual saña en la inmensidad de nuestras rutas pampeanas. La provincia de La Pampa se vio profundamente conmovida por el trágico vuelco de una camioneta en la Ruta Nacional 188, cerca de Adolfo Van Praet. El vehículo despistó y dio violentos tumbos sobre la banquina, un escenario que se repite en las rectas infinitas de la región. En esas rutas de la llanura pampeana, donde la llanura, el horizonte eterno y la monotonía visual invitan erróneamente a confiarse, el exceso de velocidad combinado con la más mínima distracción cotidiana se transforma en una ruleta rusa letal. El conductor promedio no busca la muerte, pero le abre la puerta cuando anula cualquier margen de reacción humana.

 

Cuando decide tomar el celular el conductor baja los ojos y clava la vista en la pantalla de plástico. Científicamente está medido: mirar un mensaje te toma un promedio de 4 segundos. A 120 km/h, esos 4 segundos significan 132 metros viajando con el auto completamente solo, es mas de una cuadra.

 

Insensatez.

 

Es hora de cambiar de forma radical el enfoque tradicional de la seguridad vial. Las multas y los radares ya demostraron que no alcanzan para frenar la insensatez cultural. Debemos confrontar al conductor de manera directa con la verdad de sus decisiones cotidianas. Por eso, el lema central de mis charlas siempre será el mismo: "Con suerte te morís". Sabemos que parece una frase brutal e incómoda, pero es la única herramienta capaz de romper la apatía generalizada de una sociedad anestesiada frente a los siniestros de tránsito.

 

El verdadero peligro de la imprudencia vial no reside únicamente en el fin de la existencia biológica. El peor de los mundos es aquel escenario donde la muerte pasa de largo y decide dejarte con vida. Vivo pero postrado para siempre en una cama, vivo teniendo que enterrar a tu propio hijo por haber sido incapaz de colocarle un casco, o vivo cargando sobre tus hombros con la destructiva culpa moral de haber despedazado a una familia entera en una fracción de segundo. La próxima vez que decidas acelerar de más o viajar sin el cinturón de seguridad abrochado, recordá con crudeza que la muerte, a veces, puede terminar siendo el destino más piadoso.

 

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