¡Qué tiempo loco!
Los dos últimos meses Santa Rosa presenció dos fenómenos climáticos extremos, que virtualmente pusieron a la ciudad de rodillas. La violencia de las tormentas, con sus vientos, sus granizos y copiosas precipitaciones, colapsaron la vida de los vecinos, derribaron postes y árboles, forzaron la evacuación de familias enteras e interrumpieron servicios por varios días, permitiendo el lucimiento heroico del personal municipal y cooperativo que se puso la crisis al hombro. Esta semana, siempre en sincronía con las necesidades populares, el gobierno nacional ha anunciado que, no contento con los recortes que ya le venía aplicando -y que motivaron coloridas protestas con paraguas- tiene planes de desguazar el Servicio Meteorológico Nacional.
Tiempo.
Como es sabido, las huestes que nos gobiernan tienen una particular visión del mundo, que en algunos casos consideran plano como un panqueque. Han establecido una prohibición de hablar sobre el cambio climático -ya ni se puede decir: "¡qué tiempo loco!"- y abominan de la ciencia en general, que consideran un gasto extravagante. Cómo se compatibiliza esa fobia con su notorio gusto por los viajes en avión -siempre "con la nuestra", claro está- todavía no se sabe. Acaso creerán que los aviones vuelan porque esa es la voluntad de Trump.
Lo cierto es que la Santa Rosa inundada nos dejó una serie de postales inolvidables, como la de esos intrépidos muchachos que salieron a andar en canoa, a una velocidad y con una destreza que desnudaba su espíritu deportivo, lúdico, alejado del drama circundante.
Imposible no rememorar aquella inmortal frase de Ricardo Nervi -con la inseparable voz y melodía de Alberto Cortez-, según la cual "La Pampa es un viejo mar". O también aquel otro lugar común, según el cual "La Pampa no es una isla", cliché que estuvo a punto de ser destruido cuando en 2017 la criminal negligencia del gobierno nacional macrista puso en peligro de aislar totalmente a Santa Rosa por las inundaciones que casi cortaron todas sus rutas de acceso.
Fiesta.
No sin algún sentimiento de culpa, quien esto escribe recuerda las grandes tormentas de febrero y abril con cierta alegría, como la que nos provoca la evocación de alguna fiesta memorable. Y es que la violenta irrupción de las fuerzas naturales, descalabrando nuestra vida cotidiana, no pudo sino generar un cierto espíritu comunitario, casi festivo.
¿Cuánto hacía que los vecinos del barrio no salían a la calle para charlar, compartir experiencias, intercambiar trucos para sacar el agua de las casas y recorrer las calles para presenciar los postes caídos, con sus correspondientes autos aplastados? No se puede negar que había algo de fruición en toda esa actividad, sobre todo al amparo de la oscuridad del apagón eléctrico. Algo parecido a ese entusiasmo con el cual algunas personas cuentan sus enfermedades y operaciones, o al repentino florecer de vocaciones cómicas en medio de un velorio.
Mucho habrá tenido que ver, también, con que el apagón motivó la clausura de todas las pantallas y demás dispositivos electrónicos que vinieron con el pretexto de informarnos y comunicarnos, y que, convengamos, nos tienen cada vez más aislados y alienados. No es raro que renazca un sentido comunitario y optimista cuando se apagan esos tenebrosos "inventos del hombre blanco". Y probablemente la gente estaba hasta deseando la ocasión comunitaria que proveen las grandes calamidades, ya que la última que sufrimos (la pandemia) tuvo el amargo condimento de prohibirnos el contacto social.
París.
Comentando una grave inundación ocurrida en París en enero de 1955, Roland Barthes expresa sentimientos parecidos, hasta llegar a la temeridad de afirmar que el episodio "tuvo que ver más con la fiesta que con la catástrofe", ya que "toda ruptura de lo cotidiano introduce a la fiesta".
La súbita recuperación de la capacidad de observar, de percibir, parece ser que nos retrotrae a la infancia. Así, la París inundada "renovó la percepción del mundo introduciendo puntos de observación insólitos y sin embargo explicables: hemos visto autos reducidos a su techo, faroles truncados cuya cabeza era lo único que sobrenadaba como un nenúfar, casas cortadas como cubos de niños, un gato atrapado por días en la copa de un árbol".
Y es que la inundación no sólo borra el paisaje, también trastoca la organización humana. No sólo descentra algunos objetos cotidianos, sino también los horizontes: "las líneas habituales del catastro, las cortinas de árboles, las hileras de casas, las rutas, el propio lecho del río, esa estabilidad fundamental tan bien preparada por las formas de la propiedad".
El tiempo no está loco. Locura es esta forma de vivir nuestra, en permanente negación del mundo natural que nos rodea.
PETRONIO
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