Un gobierno acorralado
El poder no siempre está donde parece, en quien dice tenerlo y lo exhibe. El gobierno de la crueldad, ese sello del gobierno de Javier Milei, por estos días se muestra acorralado por lo que sería su víctima más obvia: la discapacidad.
Por Gabriel Giorgi
¿Quién “puede” en este momento de aparente impotencia colectiva? ¿Qué es “poder” hacer, tener capacidad de acción? Es una pregunta tramposa, siempre. El poder no siempre está donde parece, en quien dice tenerlo y lo exhibe. El gobierno de la crueldad, ese sello del gobierno de Javier Milei, acorralado por lo que sería su víctima más obvia: la discapacidad. Una paradójica redistribución de las capacidades: ¿quién puede, y qué es “poder”?
Porque la sensación de impotencia es una de las marcas del presente: gente exhausta, harta, empobrecida y despojada material pero también vitalmente, bloqueada –esa es una de las marcas de la época. Pero esto, al parecer, derrama hacia “los que pueden”: un gobierno que se quiso todo acción, acción destructiva pero acción al fin, derrumbando barreras morales elementales, un gobierno que hizo de la motosierra su única capacidad, hoy, en el medio de su mayor escándalo, no puede siquiera hablar o como se llame la estridencia que el mileismo volvió forma de comunicación política.
Y la oposición esta semana pudo pasar algunas leyes, logros todavía sin traducción concreta y siempre ante el veto presidencial en el horizonte: bloqueo.
Un plan fallido.
Pero la novedad de esta semana es que los que siempre pueden (esto es, los que siempre ganan), parece que tampoco encuentran su capacidad en un plan económico errático, fallido incluso para los que momentáneamente obtienen enormes ganancias pero que anticipan que la catástrofe en ciernes los puede afectar más de la cuenta. Milei, el loco, la locura que prometía capacidad de acción total pero que se revela cada vez más problemática, consiguió que una enorme mayoría pierda. Que pierdan más o menos, mucho, todo, o un poco, pero que pierdan. Que perdamos un poco más.
Un gobierno de la crueldad que incapacitó a la sociedad. ¿Alguien, en serio, se sorprende por esto?
Pero la tecla implacable que se tocó esta semana vino de la mano de lo que se denomina “discapacidad” –palabra que amerita discusiones mucho más vastas, desde luego. Ya sabemos la historia: el día en que se debatía en Diputados el veto a la Ley de Emergencia en Discapacidad circularon los audios de Spagnuolo contando, en inédita abundancia narrativa, cómo Karina Milei presidía un esquema de corrupción con medicamentos de discapacitados (y presidía mal: la estaban cagando un poco, en unos puntitos de porcentaje que son, obvio, una bocha de plata para el común de los mortales.)
Justo ese día, entre la ley y la trampa, la “discapacidad” se revela como el tema de nuestra política, de la política que hacemos y que nos hace. Se debate un piso mínimo de protección a la gente más vulnerable de la sociedad al mismo tiempo que, puertas adentro, se disputa quién se queda con cuánto de lo que se le quita a esta misma gente.
Las vueltas de la vida: las sorpresas que dan los que parece que no pueden.
Esto, una semana después de que un juez (realmente, ¿en qué infierno berreta se cocinan las derechas locales?) dictaminara que un presidente tiene el derecho de insultar a un niño autista. Milei usa su libertad de expresión contra Ian Moche y su familia porque un presidente es un ciudadano común que usa redes sociales y esa libertad no puede ser coaccionada. El que puede tiene que poderlo todo, parece decir el juez. La ley del más fuerte en su versión más brutal.
Sociedad anestesiada.
Justo ahí, en ese momento, los audios. Los audios, cuando los movimientos de defensa de la discapacidad estaban muertos de frío, mojados, afuera del Congreso, después de una vigilia de toda la noche que finalmente dio resultado porque se bajó el veto. Esa imagen asociada al despoder: gente en silla de ruedas, familiares de discapacitados, frío, lluvia. Ese despoder, el de la “discapacidad”, que gira sobre sí mismo y aparece como una forma de poder actuar y afectar en la sociedad anestesiada.
Algo que vino desde la movilización callejera pero que se engancha con las historias cotidianas de las familias: esos cuerpos que, se nos dice, que son una carga, un freno, un impedimento colectivo.
¡El mismo Spagnuolo es quien decía que el Estado no tenía por qué hacerse cargo de la discapacidad! Esa carga, ese freno, eso se escenificó de maneras que mutó el escenario político: expuso a un gobierno sobregirado a la vez en su crueldad y en sus negocios. Y que la crueldad es parte de los negocios: los que ganan y los que sobran. Como si esa lógica fuese incapaz de medirse, y esa fuese la única medida del poder. Eso enfrentado a las luchas de los miércoles, que vienen de lejos pero en nuestros días esto adquiere una identificación nueva. Y que por supuesto incluye a los jubilados, otra figura que disputa esta pugna entre crueldad e (in) capacidad. Eso es lo que esta semana parece haberse dramatizado, los modos en que nuestra sociedad asigna capacidades y discapacidades. Las maneras en que se distribuye poder, nada más ni nada menos.
¡El mismo Spagnuolo decía que el Estado no tenía por qué hacerse cargo de la discapacidad! Esa "carga" ahora expuso a un gobierno sobregirado en su crueldad y en sus negocios.
La discapacidad y el gobierno de la crueldad: esa postal en el sismo de estos días. El movimiento disca poniéndole un freno al gobierno que hizo de la crueldad su capital. O, al menos, en todo caso, abriendo una disputa sobre quiénes pueden, y sobre qué es “poder.”
La elección de Milei como presidente quizá revele en estos días un sentido nuevo –algo que nos sirva a futuro, ojalá. Repetimos como un mantra que fue la elección de una sociedad rota que eligió al más roto; un presidente desequilibrado como reflejo de la sociedad pospandémica, una sociedad afectada a escalas todavía desconocidas.
Ciertamente, el presidente es la mala resolución de eso: es el varón roto que se quiere todopoderoso, el macho-mesías, el que quiere compensar y cubrir con su ruido y su furia sus vulnerabilidades. Pero en la calle se vio y se ve otra cosa, algo que parece haber afectado a una sociedad anestesiada. Algo de las capacidades, y del capacitismo que se movió ahí. Quién puede; qué puede. Ahí la persistencia de los discapacitados y su lucha como figura de poder. Las vueltas de la vida: las sorpresas que dan los que parece que no pueden.
Esta semana eso parece haber encontrado un giro y se alojó ahí, en el centro de lo que llamamos “política”. (Extractado de Página 12)
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