Una agresión constante
El manifiesto rechazo que tiene el presidente Milei para con toda la estructura estatal –odio, según sus propias palabras— aunque parezca un desatino incluye también a la ciencia. Los hechos evidencian que la menor manifestación de estudio sistemático le provoca un malestar que llega a la rabia y, por consiguiente, al tipo de soluciones que lo caracterizan: la agresión constante en procura de la desaparición del organismo, sea cual fuere.
En esa tesitura sorprendió primero y asombró después con sus ataques a distintos entes científicos. Uno de los primeros blancos fue el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, un organismo que fue líder en Latinoamérica y respetado en todo el mundo, con una concepción global de la investigación y la ciencia. Más allá de las fundadas protestas de la sociedad toda, el Conicet quedó arrinconado, reducido y al borde de la disolución.
Lo mismo puede decirse del organismo nacional que manejaba la energía atómica en la Argentina, no sólo muy avanzado en lo suyo, sino también uno de los pocos fabricantes de reactores nucleares comercializados internacionalmente. En los últimos días, autoridades de ese ente tuvieron trascendencia no por su promoción en el campo del átomo sino por la desvergüenza de endilgar gastos personales a la contabilidad oficial.
¿Y qué podría decirse de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales, aquella entidad que fabricaba satélites que, puestos en el espacio, tenían muy buen funcionamiento y hacía que el país integrara el selecto club de naciones con ese nivel tecnológico y científico?
Más incomprensible todavía es lo que sucede con el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, un organismo esencial a la producción de un país que se jacta de su entidad en tal sentido y, también, pionero en América entre los que mejoran la producción y el nivel de vida y actividad. Sin embargo, allí está la cáfila presidencial degradando la entidad y, de paso, vendiendo las tierras que el organismo operaba en condición experimental.
El daño que se hace a estas entidades señeras se prolonga en algo que ya es tradicional en Argentina: la emigración de los profesionales que, por su destacado nivel, son bienvenidos en otros países. ¿Qué mejor que recibir técnicos experimentados y ahorrar el gasto que demandaría su formación.
Tan absurdo, tan incomprensible es este proceder gubernamental que obsesiona al Presidente, que ni siquiera repara en que instituciones similares son importantes en la potencia y el desarrollo que ostentan sus admirados Estados Unidos e Israel.
Ese odio a la investigación, a la ciencia pura o aplicada, se inicia en las acciones de un mandatario cada vez más desquiciado. La última: la drástica reducción de empleados en el Servicio Meteorológico Nacional, una entidad de enorme importancia en la vida diaria del país, máxime en esta época en la que los satélites artificiales permiten prever los cambios riesgosos del tiempo. Los habitantes de la parte central del país –pampeanos incluidos—lo comprobamos no hace muchos días. Sin embargo, allí están esos centenares de trabajadores en la calle, botados de su trabajo por gente para quienes la cultura, incluidos el arte y la ciencia, apenas si aparece como justificativo para crear empleos estatales.
Artículos relacionados
