Una imagen y mil palabras
El viejo aserto de que “vale más una imagen que mil palabras” periódicamente vuelve a demostrar su plena vigencia. El último ejemplo bien puede decirse que conmovió al mundo y fue la imagen del futbolista Lionel Messi (acaso el mejor de todos los tiempos, según críticos neutrales) saludando sonriente a Donald Trump, el presidente de los Estados Unidos, quien quiere reconfigurar el mundo sin que le importen las guerras y su secuela de sangre y miseria.
El acontecimiento que reflejan esas varias fotografías se relaciona con la también vigente frase del filósofo José Ortega y Gasset acerca de que “yo soy yo y mi circunstancia” y para Messi su circunstancia ha sido francamente desdichada, porque si evocar su nombre evoca indefectiblemente algunas inolvidables jugadas en el deporte más popular del mundo, un proceder similar trae a la memoria la masacre de la Franja de Gaza y los indiscriminados bombardeos a Irán realizados con plena anuencia del mandatario, que carga sobre su conciencia decenas de miles de muertos y exiliados, mujeres y niños incluidos, y que en su delirio prevé contar muchos más.
En forma más que lamentable para el jugador, la circunstancia de ambos ha coincidido en imágenes donde las mutuas sonrisas desgarran el mito de Messi. Es sabido que la construcción de los mitos por los pueblos tiende a eximirlos de todo defecto o degradación a su persona y acaso pocos se imaginaban a un Messi dando la mano al carnicero de Gaza, máxime que, según crónicas de la época, en su momento no había aceptado un fantástico contrato de los saudíes por una o varias terribles violaciones a los derechos humanos y, verdad o no, eso lo enaltecía como persona. Ahora, aunque puede sospecharse que esa salutación es una de las pautas del contrato que lo obligan para con sus patrones estadounidenses, el simbolismo se derrumba.
Es la circunstancia política la que lo golpea y hace que el deportista genial quede relegado por una figura politizada, porque a los mitos no se les tolera entrar en los comportamientos del ser humano común.
El enorme sistema publicitario estadounidense aprovechó al máximo la circunstancia y lanzó por el mundo la imagen que, en definitiva, también evoca la reunión de dos elementos caros al hombre común de nuestro país: la coincidencia de Argentina y los Estados Unidos , y el mismo protagonismo que le permitió a Milei ganar las elecciones legislativas de octubre. Para las mentalidades fanáticas y simples son presencias igualitarias en las que ninguna otra cosa se debe tener en cuenta. Paradójicamente, es de suponer que muy poco le debe haber gustado al presidente argentino la imagen de su admirado Trump saludado por Messi, una fotografía que viene buscando desde hace mucho tiempo y que todavía no ha conseguido, según se dice por la prudencia del futbolista ante el riesgo y posibilidad de dar crédito al desquiciado mandatario argentino.
En definitiva, puede decirse que, en virtud de sus obligaciones y decisión personal y pese al desprestigio que le causó el acto, Messi es dueño de saludar a quien quiera, pero también le hubiera cabido la digna posibilidad de no hacerlo.
Su postura definitiva respecto a esa ética tal vez se evidenciará en su proceder el próximo 24 de marzo, cuando el país conmemore el asesinato de miles de connacionales suyos.
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