Vergonzante votación
La tan recurrida frase en la que el Himno Nacional Argentino insta a quien lo canta y lo escucha a “oíd el ruido de rotas cadenas” y ”ved en trono a la noble igualdad”, ha quedado hecha jirones ante una torpeza, la máxima quizás en un gobierno que las reitera desde que asumió: en el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas votó en contra de una resolución que “reafirma la esclavitud como crimen de lesa humanidad y promueve el debate sobre reparaciones históricas”. Nunca en la agitada historia de la diplomacia argentina se había llegado a un extremo semejante, máxime que ya desde la Asamblea del año 1813 hubo un gran paso al declarar la llamada “libertad de vientres” para quienes estaban sometidos.
La condición de la esclavitud es taxativa y cualquier apoyo a esa idea, por mínimo que sea, no tiene justificación. Quizás en el análisis científico de la historia humana pueda entenderse como una etapa sistematizada en los últimos cinco siglos, pero la sola idea de concebir a niños, mujeres y hombres –previamente cazados como animales- en algo menos que objetos rebajados a la voluntad de alguien con mayor poder, repugna plenamente el espíritu, muy especialmente de quienes se dicen y consideran cristianos.
Cómo pudo llegar la Argentina a semejante monstruosidad tiene una explicación relativamente fácil en el negacionismo que caracteriza al gobierno de Javier Milei, el que niega las muertes del Proceso y la restitución de su identidad a los bebés robados durante la dictadura y quiere reivindicar a los culpables de ese imperdonable delito, también de lesa humanidad.
Que esa negativa haya sido expuesta el mismo día que centenares de miles de personas recordaban la barbarie del golpe de 1976 aparece también como un desafío, un desprecio al sentir nacional por parte de un autócrata desaforado en sus valoraciones y creencias. Un detalle revelador es que ese voto negativo, entre todos los países del mundo, estuvo acompañado solamente por dos de ellos: Estados Unidos e Israel.
Acaso los participantes de tan infame postura guarden todavía el racismo y los valores filosóficos que acompañaron sus raíces: el pueblo judío en la memoria de su bíblico cautiverio en el Egipto faraónico, actualmente referido al genocidio palestino; los Estados Unidos en la guerra que hace más de un siglo y medio dividió al país, por humanismo pero también por la necesidad de mano de obra barata en los inicios de su economía. Ese agravio a la condición humane se mantiene, especialmente en el sur del país, donde la gente de color todavía es despreciada hasta el asesinato y sigue luchando por sus derechos.
Esta votación vergonzante para el pueblo argentino, se dio en una fecha de fuerte carga simbólica a nivel global, dedicada “a la memoria de las víctimas de la esclavitud transatlántica y a la reflexión sobre sus consecuencias presentes en las formas contemporáneas de racismo”. La sintonía ha sido acorde con la subordinación del gobierno mileísta para con los Estados Unidos, ya en un nivel que debiera movilizar a todos los estamentos de la sociedad argentina, y muy especialmente a la clase política que brega por una convivencia democrática con vigencia plena de derechos. Tanto las doctrinas como los credos que se movilizan en el país tienen una oportunidad, o mejor: un deber, de manifestarse contra esa actitud que en su definición avala la sumisión y el sometimiento. Lo irracional de ese voto armoniza con una de las recientes –y peligrosas- declaraciones del Presidente al pregonar su abierta alianza con Israel, esto en un país de conformación multiétnica.
Las frases hechas no siempre hacen a la realidad, y así como aquello de que “el pueblo nunca se equivoca” es dudoso (y nuestra experiencia lo ha refirmado dolorosamente), hechos como el que se comenta lleva a pensar si realmente merecemos un gobierno como el actual, definido en esta clase de acciones.
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