Corporativismo en todas las escalas

Las expresiones corporativas siempre gozaron de buena salud en Argentina. Las reacciones sectoriales han constituído históricamente -y hasta la actualidad- una de las fuerzas motrices más enérgicas de la política de nuestro país y, por extensión, de nuestra provincia.
Cuando se habla de las presiones que suelen ejercer la Iglesia, el campo, la banca, los “gordos” de la CGT, los grandes medios… el ciudadano común sabe de qué se trata. No necesita demasiadas explicaciones para ubicar a los protagonistas en el escenario de las batallas sectoriales. Y también sabe que los gobiernos, según su fortaleza, suelen ser más o menos permeables a esas demandas.
Por estas horas, en la provincia de Entre Ríos han vuelto a verse los cortes de ruta como expresión de rechazo a los anuncios del gobierno nacional en materia de política agropecuaria. La experiencia reciente nos advierte que la corporación ruralista puede llegar a extremos de cortar rutas en todo el territorio nacional e inclusive desabastecer de alimentos básicos a los habitantes de las ciudades. Los pampeanos sufrimos en carne propia esa desmesurada protesta sectorial.
A una escala menor -no ya nacional sino provincial- se podría situar la reacción corporativa de los regantes mendocinos que han manifestado ruidosamente su férrea oposición a que su gobierno ceda un poco de agua del río Atuel a La Pampa. No se trata de la mitad del caudal, sino de mucho menos: apenas cinco metros cúbicos por segundo de un río que tiene un módulo de treinta y dos. A esos “intereses mezquinos” se refirió el funcionario del Ministerio del Interior que elaboró el proyecto de tratado que acaba de aprobar la legislatura pampeana y aguarda todavía un trámite similar en Mendoza. Esa obstinada negativa a ceder una pequeña porción de las aguas de un río interprovincial no atiende ninguna razón esgrimida por los pampeanos que han visto crecer un desierto en donde antes había enormes extensiones de bañados y lagunas que permitían la cría de ganado y la instalación de una población más numerosa.
A una escala menor todavía -en este caso municipal- los santarroseños acaban de ser testigos de una destemplada reacción de un grupo de artesanos que resolvió desafiar la decisión de la comuna de instalar la feria de fin de año en la playa del ferrocarril. La posición de los artesanos es incomprensible, pues el municipio no les derivó hacia un alejado barrio periférico sino a un predio céntrico, a sólo tres cuadras de la plaza San Martín. Se trata de un espacio abierto mucho más adecuado para la instalación de los puestos, con baños químicos y mayor disponibilidad de energía eléctrica, por lo tanto es mucho más seguro que la plaza. Además se encuentra en plena zona céntrica en cuyas inmediaciones se ubican importantes comercios de la ciudad.
La reacción corporativa de los artesanos ignoró estas atendibles razones. Un grupo de ellos se lanzó a ocupar la plaza -como si fuera propia y no de todos los vecinos- sin importarles las molestias que con sus instalaciones provocan a las familias que habitualmente pasean por el lugar. Confrontar por deporte, o por capricho, que le dicen…