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Jueves 04 de junio 2026

George Newbery: Al final del arco iris

Redacción 26/10/2008 - 05.21.hs

En la década de 1880, cuando La Pampa todavía esperaba por ocuparse y era considerada "tierra salvaje", el estadounidense George Newbery viajó por esa zona de frontera. Un relato inédito que se conoce recién ahora.
Walter Cazenave*

 

Más de una vez, desde estas mismas y otras páginas, hemos hecho hincapié en dos aspectos históricos relativos a nuestra provincia, relacionados entre sí. El primero de ellos es que en distintos repositorios y bibliotecas existían -y existen todavía- documentos que hacen al pasado pampeano y que permanecen inéditos o poco conocidos. El segundo, que esos u otros documentos podrían dar nuevas y sorprendentes precisiones sobre el desarrollo histórico, caso de los primeros poblamientos cristianos.
La amabilidad del historiador Jorge Rojas Lagarde nos ha permitido acceder a con uno de esos documentos. Se trata de algunos capítulos de "Pampa Grass" (título que podría traducirse como "Pastos de la Pampa", traducción de Valentín Mansilla), un libro que condensa las memorias de George Harkness Newbery, redactadas por su hijo Diego. George había llegado a la Argentina desde los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX, pertenecía a una familia neoyorquina y era dentista de profesión. Por los años de su llegada no eran raros los norteamericanos que arribaban a la por entonces remota Argentina en busca de un futuro mejor; a menudo también querían dejar atrás -o retomar en otro sitio- un pasado violento.
Sus relaciones militares lo indujeron a viajar por la llanura apenas ocupada por las tropas nacionales, en 1880, en busca de campos donde establecerse. Como bien dice su hijo en el prólogo del libro "Sus experiencias le permitieron formar un juicio inequívoco sobre el futuro destino de este país, casi desconocido por el resto del mundo, lo que también le inculcó un amor vitalicio hacia la Argentina".

 

Entre gauchos.
El comienzo de la andanza de Newbery principió en Bahía Blanca, adonde llegó después de un trajinado viaje marítimo en el que conoció a un gaucho apodado "Facón Grande", posiblemente el mismo personaje que nombra Roberto Cunninghame Graham en sus estupendas memorias. Por una cuestión de época y edad es difícil que fuera, asimismo, el homónimo que nombra Osvaldo Bayer en "Los vengadores de la Patagonia trágica", fusilado por el ejército.
Bahía Blanca por ese tiempo era apenas una aldea, en cuyos aledaños Newbery pudo reclutar un indio viejo llamado Luan, que aceptó oficiar como baqueano en los todavía temidos "campos de afuera". El sueldo se acordó en diez patacones diarios. Solos con sus almas emprendieron la andanza, teniendo como primera meta las Sierras de la Ventana.
Respecto a la audacia o inconciencia de este hombre -un muchacho de apenas veinte años- cabe hacer notar que por el mismo tiempo otro arrojado joven -Estanilao S. Zeballos- se lanzaba también al desierto "pisándole los talones" a las tropas. La diferencia manifiesta está en que Zeballos contaba con una segura escolta militar en tanto que el gringo Newbery viajaba entregado a su taciturno guía.

 

La Pampa prístina.
Resulta imposible glosar en detalle el texto pero es interesante comentar los párrafos más salientes. Newbery queda espantado de la miseria en que viven los indios más o menos asimilados a los poblados cristianos, así como de la desidia de los pobladores criollos "que esperan la llegada de la temporada de lluvias para tapar los agujeros del techo de los ranchos de adobe". En Ventana le confirman la enorme abundancia de pumas de cuatro patas y también, más peligrosos, de dos. Cuando pregunta si se trata de indios la respuesta le da un panorama que no es demasiado tenido en cuenta por nuestra historiografía: "Indios, desertores y gauchos matreros", le dicen.
Newbery transitó inicialmente el territorio semiárido del sureste de la provincia de Buenos Aires, donde corrió el peligro de morir de sed o de indigestión de agua salada, del que lo salvó su baqueano indio. Debió entrar en el actual territorio pampeano, o estar muy cerca de él, ya que señala que había buenos campos de pastoreo bordeando la ancha rastrillada que constituía el viaje camino a Chile. Esas tierras, antaño pertenencia de los calfucuraches, llenaban de nostalgia a Luan, a quien nunca consiguió arrancarle una evocación precisa de su pasado guerrero. Ignorando la curiosidad de su jefe contestaba cerradamente "Huica agora patrón".

 

Pampa adentro.
La primera parada del audaz explorador norteamericano se produjo en aledaños del actual Puán, donde un manantial daba sustento a una miserable toldería. Era lo que quedaba de un antiguo campo de concentración creado por el Gobierno Argentino (para con gente que, en buena parte era argentina, no lo olvidemos) donde vivían hambreados hombres, mujeres y niños ya que, según el cronista, "alguien guardaba la mayor parte de las raciones y los cautivos de Puán hubiesen muerto de hambre" si el comandante de la guarnición no hubiera autorizado la salida de los más capaces a cazar, con obligación de volver antes de la caída del sol. Algunos desertaban y al final sólo quedaban unos pocos viejos para conseguir alimento para las mujeres y niños, siempre con hambre.
Con el recuerdo de los piojos producto de una obligada noche bajo los toldos, tormenta mediante, los viajeros dejaron Puán y siguieron una senda paralela a la famosa Zanja de Alsina, (a la que califica de "increíble frontera) que los llevó hacia el nornoroeste. Newbery destaca la abundancia de gamas (hoy extinguidas en la zona y su entorno) y su condición de único alimento, junto con los ñandúes que podían bolear o balear. La Pampa conservaba todavía su estado prístino en cuanto a naturaleza animal y vegetal: la irrupción de los viajeros animaba el cielo con gigantescas bandadas de cisnes, gansos y flamencos en tanto que los pumas solían observar su paso desde los matorrales. A menudo se cruzaban con manadas de caballos salvajes compuestas por miles de individuos; incluso en una ocasión un desaforado mustango intentó apartar la tropilla que les servía de trasporte y solamente el arrojo del indio Luan evitó que quedaran en la condición más temida por cualquier viajero de las pampas: a pie y a muchas leguas de la aguada más cercana. "Nuestros pobres pingos -dice- solían dar un pequeño relincho de bajo tono, con un triste reflejo en sus ojos mientras miraban a sus semejantes disparando con un tronar de cascos en su libertad sin restricciones".

 

Victorica en 1880.
Lamentablemente el texto de Newbery no es geográficamente abundante ni preciso. No tenía con qué, ya que los mapas de la época, amén de escasos, eran imprecisos y pobres y las rutas y la toponimia estaban solamente en la mente de los baqueanos. De allí que en unos pocos párrafos -en los que refiere la llegada a un grupo de lagunas saladas, en cuyas orillas había fortines militares abandonados hacía poco y después el cruce de una rastrillada- señala de improviso que "pasamos por Victorica, una nueva fortaleza más al Oeste, donde se estaba formando un pueblo", desde allí vuelven a desviar al norte hasta que llegan al abandonado fortín Italó.
El breve párrafo anterior, sin embargo, da para mucho. En principio evidencia, sin lugar a dudas, que el poblamiento que constituyó Victorica fue anterior a la fecha oficial de la fundación (febrero de 1882) ya que la andanza de Newbery se remonta a 1880 y explica porque algunas estancias, caso de Hucal, aparecen como prácticamente contemporáneas de las fundaciones oficiales. Sin duda estas últimas eran meras fechas, pero los ranchos y casas de lo que serían poblados debían haber comenzado a levantarse apenas se supo que ese fortín no sería efímero, como tantos otros. El dato corrobora unas fotografías del lugar en ese tiempo, que fueran encontradas por el historiador José Carlos Depetris en el Archivo Franciscano de Río Cuarto. También el detalle productivo que del naciente pueblito da el "Handbook of River Plate", que los hermanos Mullaly editaran en 1882.

 

Encuentro en el desierto.
Italó deparó a Newbery dos sorpresas: campos mucho mejores que los de Victorica y la aparición de un solitario viajero que se les unió amigablemente, aunque era, a todas luces, un gaucho matrero. El diálogo que los presenta vale la pena de ser reproducido:
-Para dónde van- nos preguntó.
-Para cualquier lado- le contesté.
-Yo voy para allá también-, replicó dibujando una sonrisa detrás de sus ralos y desordenados bigotes negros.
Esta parte del relato es sintéticamente elocuente. El viajero que había encontrado Newbery era un gaucho cabal, con sus virtudes y sus defectos que iban desde el cinchar el caballo dándoles la espalda -toda una muestra de confianza en la llanura solitaria y salvaje- hasta el delicado inquirir si "eran del Superior Gobierno" ya que se decía que "los ingenieros vienen a trazar líneas así que me voy Arriba", es decir: al oeste. Newbery destaca su admirable traza del jinete y la habilidad con que, en una boleada, cae parado al rodar su caballo. Al ver que se había quebrado el gaucho, con piadosa indiferencia, clavó su cuchillo en el pecho del animal. En opinión del norteamericano Aguilar -que así dijo llamarse- "era una criatura de la naturaleza" y "jamás podría amoldarse a la vida doméstica de peón y recibir órdenes de un superior", pero lo reconoce un buen compañero en el desierto, al igual que su áspero baqueano indio.

 

El final.
El toque final de la personalidad de Aguilar lo da este diálogo con Newbery, que fue, en definitiva, el último:
-¿Son estas las tierras que usted recomienda?- le pregunté a Aguilar-. Entendí que había dicho que eran mejores al oeste...
-Y es cierto -me contestó-, aquí se puede cazar libremente, buenas piezas. En los campos pastosos hay exceso de animales, vacas, caballos y cosas así.
-Pero yo busco tierras para vacas y caballos...
-Me lo hubiera dicho antes. Para mí los mejores campos son aquellos donde el hombre se encuentra libre. ¿Para qué quiere tantas vacas y caballos? Solamente le hacen perder el tiempo, el tiempo de cazar y vivir antes que envejecer. ¿Quiere ser el hombre más rico del cementerio?
Newbery y su baqueano indio volvieron grupas despidiéndose del gaucho, que los miraba "con una sonrisa que expresaba más de lástima que desdén". De Italó al este encontrarían campos donde poblar y en los que levantaron "La media Luna", que fue posiblemente la primera estancia de la zona. Pero esa, claro, es otra historia.

 

*ESCRITOR y geógrafo

 

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