Los trenes en la obra de Vicente Barbieri
Esa infancia campesina y ribereña, junto a quienes lo quisieron como si fuese de su misma sangre y le brindaron amorosa crianza, constituyó una etapa de honda felicidad en su vida y fue, si no la única, la principal fuente nutricia de su Poesía. Pero esa vida fue difícil y breve -ya que apenas superó los 50 años-, signada por la pobreza en su juventud, por un duro batallar de subsistencia siempre y por la enfermedad pulmonar que lo llevó a la muerte. No obstante ello, construyó con talento y vocación una obra vasta y valiosa -14 libros de poesía, cuatro de prosa, una obra de teatro que le estrenó Orestes Caviglia, innúmeros artículos: su bibliografía completa, anotada por Horacio Jorge Becco, en la edición de su "Obra Poética", de editorial Plus Ultra, 1990-, supera los 220 registros.
Y bien: en la vida de Vicente Barbieri hubo una etapa pampeana, o si se quiere de "errancia y trashumancia" pampeanas, a la que tuve ocasión de referirme en detalle en un par de notas publicadas en CALDENIA hace alrededor de treinta años, y más recientemente, en 2009, en una charla auspiciada por la Biblioteca Popular que generosamente lleva mi nombre, dentro de su ciclo "De poetas y poesías".
Barbieri, tras cumplir con el servicio militar, afrontó una etapa de incertidumbre y desazón, de encrucijada e interrogantes, que sumados al afán de aventura propio de la edad, lo impulsó a buscar respuestas en un horizonte cada vez más al poniente: el llamado de las lontananzas, de lo desconocido. Así anduvo al menos cinco años (no descarto cortas reincidencias posteriores), entre 1925 y 1930, desempeñando los más diversos oficios: "catango" ferroviario en las cuadrillas de "Vías y Obras", que construían los terraplenes para extender los rieles de Trenel al Oeste, entre los montes de Caleufú; bolsero en los galpones y en las cosechas; maestro rural en las chacras; tipógrafo, periodista... Pero cabe señalar que también anduvo sin trabajo, o en procura de él, y por períodos fue compañero de "crotos" y "linyeras" en más de una jornada.
Las experiencias vividas en esas duras aventuras están volcadas, en forma breve pero intensa, en su "Cuaderno de memorias" titulado "El aldabón gris" (otras veces aludido como "La aldaba gris", imagen también presente en su poesía), trabajo inédito pero al cual han tenido acceso algunos de su biógrafos, como el poeta puntano César Rosales ("Vicente Barbieri", Ediciones Culturales Argentinas, 1967), quien transcribe y glosa significativos fragmentos de su memoria.
Pero además, tales vivencias dieron origen al relato "Vagos", publicado en el diario "Crítica" de Buenos Aires el 21 de octubre de 1933 -cuando la página o suplemento literario de dicho diario estaba a cargo de Ulyses Petit de Murat y Jorge Luis Borges-, quienes decidieron incluir el texto del desconocido escritor que lo remitía desde Alberti. Es que al retorno de su variado, y dramático en partes, periplo pampeano, Barbieri se había radicado en dicha localidad cabecera del partido, donde conocería el primer amor y daría comienzo a su larga carrera periodística (Nueva Era en Alberti entre 1930 y 1932, luego La Razón en Chivilcoy, y más tarde el periodismo metropolitano y ocasionalmente platense), así como a la creación de su perdurable obra literaria.
El escritor inicial de "Vagos" quizás no permita inferir todavía su dimensión y proyección posteriores, pero el relato constituye un invalorable documento de su "etapa pampeana", así como lo son otras improntas en su obra lírica, acaso más elusivas de identificar. Por la búsqueda y rescate del texto en la Biblioteca del Congreso, se agradece a Federico Etchenique.
Edgar Morisoli
Escritor
UNA HISTORIA DE BARBIERI
"Vagos"
La facha del hombre, compañero accidental en este "campamento" junto a los galpones de la Estación de Pico me recuerda a George Bancroft.
La miseria común nos ha reunido aquí al lado de este fogón improvisado, y sentados encima de los "monos" charlamos como acostumbran a charlar los crotos. El viene, según su propia expresión de "Donde el diablo perdió el poncho". Con esa displicencia peculiar en los veteranos del vagabundeo, simula no enterarse por mi persona, pero me observa como yo le observo las ropas de distintos colores y procedencia, alpargatas descoloridas, deshilachadas, veteranas; por debajo de ellas se habrán deslizado todos los caminos de La Pampa. No concibo a este hombre sino caminando, caminando...
Anochece, viento helado del sur. Pasan trenes. Coches llenos de viajeros. Ventanillas iluminadas. "Olor de trenes" llega hasta nuestro abandono. Yo también alguna vez he sido viajero en esos trenes. Yo también he mirado por esas ventanillas a los miserables acampados junto a los galpones y en las alcantarillas, yo también...
El hombre habla, habla sin mirarme, de la vida de los pobres, siempre amarga, de la vida de los ricos, siempre fácil. Le escucho distraído pensando en mis andanzas a través de la República: Bahía Blanca, Olavarría, Quemú Quemú... Hambre, noches en desamparo, bajo la indiferencia de Dios. Me contemplo con infinita lástima, no puede ser más miserable mi aspecto.
Detengo la mirada en el anillo que brilla en un dedo de la mano derecha. ¿Cómo yo, que he ido dejando todo en jirones por todos los caminos, me permito el lujo de conservar un anillo de oro, en medio de tanta miseria? Instintivamente me llevo la mano a la boca y aprieto contra los labios el anillo de mi madre.
Dije que este movimiento es instintivo en mí: un día en Trenel, agotado por el hambre, pensé en vender este anillo; tendría así, comida, cigarrillos, alpargatas. Me dirigí a un boliche con el propósito de ofrecerlo en canje. Pero quizás un resto de mi "yo" anterior andaba en mi pobre personalidad en derrota. Ya en la puerta del bodegón, una angustia infinita me detuvo, y para evitar los sollozos me tapé la boca, mordiéndome la mano, la mano en que brillaba como una angustia más el anillo de mi madre...
Quien no haya visto alejarse los trenes, desde un miserable camastro de bolsas de arpillera, tiritando de frío y de hambre, no sabe de la desoladora tristeza de quedarse. Otras veces he mirado los trenes de las despedidas inciertas, los trenes de las partidas impacientes y regocijadas, y me han dejado una bendita tristeza de poema. Pero ahora los trenes se van ignorándonos, dejándonos solos con esta congoja vestida de harapos.
Mi accidental compañero, ¿duerme?, él es también como yo, un mundo descentrado de órbita sinuosa.
Pienso en Buenos Aires, en los amigos de allá. Literatos. Revistas. Días de hambre. "Te esperaré", había dicho Paulette. Pobrecita!!!... Dios estaba diciéndote a los gritos lo que yo nunca hubiese podido decirte. Por eso llorabas.
Siento que algo me toca y me vuelvo nerviosamente, "George Bancroft" me dice: ¿Por qué no lo vendés?, es de oro...
Sonríe con intención. Sin contestarle, me cubro la cara con el desdichado poncho que me sirve de todo abrigo. ¿Qué sabe él "¡Por qué no lo vendés!". ¿Acaso lo sabía yo? ¿No había atravesado campos interminables, inhospitalarios, delirante de hambre y soledad? ¿No profiriendo palabras contra todos, contra -perdón- contra Dios? ¿No había vagado por los pueblos chatos y burgueses de todos los ferrocarriles, con los pies llenos de cansancio y la cabeza llena de fiebre? ¿Había podido, acaso vender este anillo a cambio de un pedazo de pan que me matara momentáneamente el hambre?... indudablemente he sido siempre un tipo ridículo.
Una noche cerca de Olavarría, pensé en el suicidio casi con satisfacción. Escribí en un papel estas palabras: "Yo sé porqué hago esto, mi perdón para todos. El perdón de todos para mí". Arrollé el papel y le coloqué el anillo como sujetador, sólo me faltaba el medio de suicidio. Armas, no tenía, ¿El tren?... Estaba resuelto, me tendí en las vías y puse a mi lado el anillo como mi último mensaje a la vida. Hace tiempo ya... No quiero seguir recordando aquello: el anillo de mi madre está otra vez en mi dedo meñique y mi mensaje de suicida, en menudos pedazos, sobre los rieles paralelos interminables...
Sin duda he dormido varias horas. El sol está alto. Ha comenzado otro día incierto para los abandonados de la mano de Dios. Hoy continuaré mi vagabundeo. Semidormido voy trazándome el itinerario: Metileo, Trenel, Arata, Caleufú... Después, Dios y el diablo dirán.
¿Y mi compañero? ¿Qué rumbo tomará? En esta andanza he conocido a muchos "crotos", pero no sé por qué siento cierto temor supersticioso ante este compañero de ahora.
¿Dormirá o estará espiándome desde su cama?... Pasa un tren a pocos metros de nuestro campamento. Algunos pasajeros divertidos saludan con la mano, y yo agito el puño amenazando y contesto con un insulto que me llena la boca y que a mi parecer, me desahoga.
"¡Es preferible ser chancho y no hombre!". Como a pesar de mi iracundia me vencen los sollozos, llevo la mano derecha a la boca instintivamente... Y me quedo -¿cómo se dice- frío. El anillo no está. Todavía estoy moviendo desorientado la mano despojada cuando siento que me tocan en el hombro: George Bancroft está de pie junto a mi "lecho".
-Tomá -me dice-. No me dieron más de tres pesos. Traje yerba, azúcar y un pedazo de churrasco. Tomá. Y, sujeto por los dedos índice y corazón, me alarga un billete, mugriento y desgarrado. Desgarrado y mugriento como nuestras ropas, como nuestras vidas...
Sábado 21 de octubre de 1933, Diario Crítica.
Vicente Barbieri
Escritor y poeta (1903-1956)
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