Miércoles 29 de mayo 2024

Dos libros por venir

Redaccion Avances 20/08/2023 - 09.00.hs

“Haikus que aletean desde un caldén”, de María Rosa Barabaschi y “Señales en el tiempo”, de Marisa Isabel Medrano, se presentarán conjuntamente. Aquí ofrecemos una reseña de ambos libros a modo de anticipación.

 

 

Gisela Colombo *

 

 

Próximamente se presentarán conjuntamente dos libros: Haikus que aletean desde un caldén de María Rosa Barabaschi y Señales en el tiempo de Marisa Isabel Medrano.

 

No es un desafío menor enlazar dos libros de poemas cuando son opuestos en muchos aspectos. No obstante, en ocasiones, las diferencias hacen de dos objetos algo complementario.

 

 

Tapas.

 

Basta con observar los diseños de tapa para descubrir cierta complementariedad entre ambas.

 

En los Haikus de Barabaschi, la portada es una fotografía de la llanura pampeana en el atardecer, con un par de caldenes recortados en la luz que emerge del sol declinando. La tierra y el fuego solar dominan la imagen, todo ello en los marrones, verdes secos y colores ocre que caracterizan nuestro paisaje. Sin las iridiscencias de las pasiones jóvenes de soles estivales, pero con lo reposado de un sol apagándose tras el horizonte, un sol no de mediodía sino de otras edades existenciales. La foto parece haber sido tomada en movimiento desde un vehículo y quizá por eso los límites no son tan tajantes como se suele ver la realidad desde los años juveniles y desde la calma.

 

La tapa de Señales en el tiempo, de Medrano, es también una fotografía. Esta vez, caracterizada por el elemento agua, por unas montañas lejanas y un cielo a través del cual se filtran tibios rayos del sol. En primer plano, una mujer sentada de espaldas, sobre un muelle, observando un paisaje. Su ropa reproduce el mismo azul de las montañas de fondo. En el interregno, un lago celeste. Prevalecen los azules claros y oscuros, agua y aire son los elementos preponderantes. Los rayos filtrados entre las nubes quizá se enlacen intuitivamente con la gracia divina y la inoculación permanente de lo sobrenatural en la vida cotidiana que, sin dudas, documenta el libro.

 

 

Cosmovisiones.

 

Las diferencias se multiplican. Los haikus hacen gala de cierto rigor, propio del género: una poesía muy breve de origen japonés que es inflexible en sus normas de métrica y extensión.

 

Estas producciones de tres versos reducen toda percepción a un punto como el aleph, a un microcosmos que revela todo el universo y su dinámica, pero a escala cuántica. Estos poemas revelan una inmanencia oriental milenaria, que no concibe lo sobrenatural como intromisión o luz milagrosa y evanescente, sino como el elemento invisible que lo enhebra todo silenciosamente. Este poemario no sólo riega de cultura oriental mediante normas estéticas. También se transmite la cultura asiática en lo que tiene de visión de perspectiva comunitaria -y no individualista como la occidental- y un tiempo medido desde las estaciones del año que se renuevan y alternan una y otra vez generando cierta circularidad. Occidente, en cambio, lee el tiempo desde la individualidad de cada hombre en particular que, inexorablemente, camina hacia su final.

 

Hay en estos versos una mística natural que lo inunda todo. Pero jamás se evade la naturaleza, ni se le da la espalda al entorno. Uno de los subtemas que vemos es el robo del río Atuel.

 

 

Arena y sal/beben niños y cabras/río robado”

 

 

Los niños en torno de un caldén, el paso estridente del tren, monte en llamas, ladridos de perros que rompen el silencio del campo, mariposas que se deshojan como flores o se mimetizan con los pétalos heridos de caducidad son algunos de los paisajes que suscitan esta inmanencia animada. Luego, la luna. Una luna de peligro, una luna protagonista que encarna dolores atravesados en un periodo que terminará antes que el libro.

 

Lo que viene no es el amanecer sino el atardecer. Quizá por eso la Luna representa dolores, pero esas penas iluminan: “farolitos de luna”, “ojos que brillan”. “Asoma lenta/ alumbrando la casa/ la Luna llena.” “La luna llena/penetra en el lago/ y lo refleja.” Al alterar los momentos del día tal cual se dan quizá se revele el proceso de retrospección con el que el poemario va expresando el trabajo interior de quien, frente al dolor, re-interpreta su propia vida. Esta vez, desde una sabiduría ancestral que concibe todo desde la Naturaleza. Por eso la religión bebida de origen ya no tiene expectativas de iluminación: “hostia quebrada/sin misa dominguera/ Luna creciente”.

 

Aquí luego de la noche viene el atardecer, luego del invierno viene el otoño como si se recorriera en sentido contrario cada experiencia para recuperar los saberes que nos ofreció y no fuimos capaces de aprender e integrar en su momento.

 

Así continúan las referencias al otoño y las “hojas brincan al suelo”, el viento, la lluvia, los niños, un gato travieso.

 

Hacia el poema 25 irrumpe un pensamiento esperanzado; y paradójicamente deviene del concepto de la muerte. Los cielos, que ya se veían mayores a la tierra en la imagen de tapa, aquí se abren. El amor es otro tema del conjunto. La inmediatez del enamoramiento y su inevitabilidad; el amor como peligro de naufragio; los amores furtivos, y algo mayor, el amor que se expresa mediante el color azul, la flecha al infinito, el amor más allá de esta vida y la irrupción de una combinación de elementos que certifica la evolución interior respecto al principio de la obra: aire y agua: “correr del agua/ aromas en el aire/ paz interior”. Después vendrán, cuando la paz interior lo permita, la empatía ante refugiados, expulsados de sus patrias, y sufrientes sociales de todo tipo.

 

En suma, esta serie de haikus que recorren hacia atrás por momentos, ven su pináculo acaso en un verso: “caballo blanco/ galopa hacia los cielos/ alguien ha muerto”.

 

En Señales del tiempo de Marisa Medrano, en cambio, la cosmovisión apunta a una concepción de realidad espiritual. Quizá el color explica cromáticamente aquello que en el poemario de Barabaschi apenas asoma como “amor azul”. El amor y la permanencia más allá de la muerte.

 

Por eso, aquí toda la atención está puesta en las intervenciones sobrenaturales en la vida cotidiana. Los fenómenos inexplicables desde la ciencia serán el centro mismo del poemario.

 

 

Este conjunto de textos -poemas en prosa y narrativa breve- tienen por objeto primario honrar a una figura añosa: una tía de la autora que ha llegado a los 92 años. Su urgencia se relaciona con el propósito de honrar a alguien cuya edad nos obliga a pensar su partida como más inminente que la de otros. Las señales, que son los poemas, toman todos aquellos hitos que irrumpen en la realidad para recordarnos que el curso temporal previsible no es tan inexorable como creemos. Hay una eternidad que por momentos irrumpe en nuestro “tiempo sucesivo”.

 

Señales del tiempo un libro que puede identificarse como una fuerza conservadora que busca detener el tiempo. Quizá refiera más que otras cuestiones el valor de la memoria. Y lo hace por medio de varios poemarios: “Señales del agua”. Aquí aparece el contrapunto del tiempo sucesivo con el tiempo eterno.

 

Quizá por eso es que las aguas no corren.

 

Históricamente las aguas corrientes, dijera Bachelard, son expresión del tiempo fugitivo. Desde Heráclito en adelante pasando por la poesía del Siglo de Oro español, somos los ríos que van a morir a la mar. Aquí, en cambio, el tiempo es un lago donde la inmovilidad permite mirarse en una especie de espejo. En este sentido, la voz poética se mira en ese espejo que le recuerda todas las ocasiones en que lo sucesivo reveló, en un reflejo, el tiempo eterno que vive en cada uno de los seres cuando el otro tiempo se calla.

 

“Señales del más allá” es el segundo conjunto de poemas. Presenta múltiples situaciones en que prodigios sobrenaturales dan riqueza y apertura a la vida concebida desde el pensamiento empírico. Se nutre nuestro universo físico mediante una especie de “magia” inverosímil y, sin embargo, real.

 

En “Señales de los sueños”, el tercer apartado, se hace visible la guía espiritual que cumplen los sueños cuando son reveladores.

 

Y, por último, “Señales que pintan mi alma de poeta”, el poemario que aborda el tema de la luz y la sombra, trae la reflexión sobre cierta vocación aérea del poeta. Eso justifica la presencia múltiple de la imagen de los pájaros. Allí postula Medrano la poesía como aquello que combate la oscuridad, el mal, la sombra. La mejor respuesta a una naturaleza herida por la imperfección, la caducidad y el dolor que sin dudas supone el vivir. Ser poeta es remontar vuelo para comprender desde una perspectiva eterna aquello que toca sufrir y que nos obliga a aceptar la condición humana.

 

En síntesis, dos imaginarios, dos estéticas y dos cosmovisiones que operan completándose y nos acercan a un concepto de poesía salvadora en la que Barabaschi y Medrano coinciden.

 

 

* Docente y escritora

 

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