Miércoles 29 de mayo 2024

Junio de 1966 - La última corajeada

Redaccion Avances 15/10/2023 - 09.00.hs

Esta entrega de la columna La Maga trae a Caldenia un relato del escritor porteño Alberto César Pacinotti.

 

Gisela Colombo *

 

Llegó empapado en medio de la tormenta envuelto en un capote negro. Abrió la puerta del viejo bar y saludó con respeto, como siempre. Dio unos pasos vacilantes, se sacó la capa que lo había protegido de la lluvia, la apoyó sobre el respaldo de una silla y se desparramó como pudo en otra. En su pierna derecha tenía clavado un puñal.

 

Sólo tres de la barra estaban esa noche como únicos clientes: Madera, Porky y La Bosta quienes miraban mitad asombrados y mitad preocupados a ese hombre que sólo dejaba escapar, de tanto en tanto, una mueca de dolor. Vestía jean y una camisa blanca rasgada y sin botones, vestigios de un combate que debía haber sido tremendo.

 

El hombre era Juan Bautista Nowak, para todos, el polaco. Un tipo que andaría promediando sus treinta años. Buen porte, blanco de tez y cabellera larga y rubia. Una prematura arruga le surcaba la frente.

 

Su padre era un inmigrante, originario de Varsovia, de los tantos que poblaron nuestra tierra en diferentes oleadas. Anarquista comprometido, le había puesto a su hijo el nombre de Juan Bautista en honor a Bairoletto, célebre bandido rural y para muchos, entre ellos el viejo Nowak, un paladín de la justicia popular. Evidentemente el viejo inmigrante se dejó llevar por su ideología contestataria y no pensó si el nombre que llevaría su hijo combinaba con su apellido.

 

En la barra comentaban por lo bajo que ese nombre era a ese apellido como el chocolate a la cebolla.

 

El polaco aparecía de vez en cuando, andaba de correrías por otros barrios, desafiando a los guapos de cada zona. Había heredado, tal vez, de su viejo, el espíritu de lucha y justicia haciendo honor a su nombre.

 

Se decía que había sabido dirimir hombría con el bravo Milanesa de la hinchada de San Lorenzo y con Pajarito, su par en Argentinos Juniors. También era famoso por haber recorrido los conventillos de La Boca en busca de Quique, el carnicero que manejaba la parcialidad xeneize. Además, se hablaba de que había arreglado cuitas con un guapo que paraba en Espinosa y Tres Arroyos que contaba en su currículum con una hoja de oro para el submundo del hampa: se había tiroteado con el temido comisario Meneses, un ícono de la brava Federal de los sesenta.

 

El Polaco no era pendenciero, todo lo contrario. Siempre estaba dispuesto a defender al que se consideraba más débil y por eso se empeñaba en desafiar a matones de todas las barriadas que solían pavonear su bravura con los más indefensos. Un justiciero.

 

Los tres de la barra le preguntaron si quería que lo acompañaran a un hospital. Evidentemente el polaco no se había sacado el puñal temiendo una hemorragia o el ingreso de oxígeno a la herida.

 

“¿Estás loco pibe? Si caigo al hospital herido a los dos minutos cae la yuta o los amigos de ese famoso gitanito de mierda que hice cagar en plaza Irlanda”.

 

Ya los tres de la barra se expresaban con sus lenguajes corporales. Madera se ponía colorado y le brotaba la alergia en su cara y manos, señal que traicionaba su aparente tranquilidad y que aparecía en momentos de angustia o tensión.

 

La Bosta tartamudeaba y se ponía serio. Porky estiraba, como siempre que sentía miedo, los labios abiertos hacia adelante, como haciendo puchero, ademán éste, que le daba un cierto aire al hocico de un porcino y que, sumado a que era ligeramente gordito, le había sabido ganar el cariñoso mote de un conocido dibujo animado de la época.

 

El Gitano era un malandra, que, junto con una gavilla de indeseables, asolaba los alrededores de plaza Irlanda. De noche era zona prohibida para la gente de bien. Los marginales se apostaban en los bancos cerca de la calesita, y cometían todo tipo de tropelías con los descuidados transeúntes que pasaban. Habían establecido un territorio bajo su mando y los canas de las comisarías 13 y 50 aducían, mutuamente, problemas de jurisdicción para no verse con el temido forajido.

 

Muchas historias y rumores corrían por el barrio acerca del temido gitano. Como siempre algunos aventuraban que era invencible, aduciendo un supuesto pacto con el Príncipe de las Tinieblas y que gozaba de su protección.

 

Los que adherían a esta teoría señalaban que nunca había sido herido de consideración en alguna reyerta callejera, y que más de una vez, un enigmático manto lo protegía desviando las balas que le disparaban o amortiguando golpes o cuchilladas. La imaginación popular es fértil para este tipo de historias.

 

Sin embargo, todos recordaban una épica batalla ocurrida en la kermese del colegio San Pedro Nolasco una noche que nuestro bravo Mochila, secundado por dos más, se enfrentó en las escalinatas del colegio con la barra del gitano.

 

Si bien Mochila y sus laderos eran superados en número, les hicieron frente con valentía y resolución. El gitano fue despedido escaleras abajo por un tremendo piñón de Mochila, que, en dos trancazos, bajó la escalera y saltó atléticamente sobre la cabeza de su oponente que estaba apoyada en el cordón de la vereda, y la impactó con ambos pies. Una maniobra tan atlética como asesina a la vez. Creer o reventar dicen los viejos: el villano de la plaza sobrevivió. Mochila luego declararía que algo se había interpuesto entre las suelas de sus zapatos y la testa del gitano. Algo que hizo que el impacto se amortiguara y se acrecentara la leyenda.

 

La oportuna llegada de la policía dispersó a los contendientes. Uno de los compañeros de Mochila había sufrido la salvaje agresión con un estilete y sangraba profusamente por los múltiples puntazos recibidos.

 

Durante semanas los grupos se buscaron para seguirla. La paliza no le redujo la fama al gitano, es más, la tergiversación de los hechos hizo que creciera y lo motivara a seguir buscando peleas para realzar su figura. Obviamente el polaco conoció la historia en una de sus tantas apariciones por el barrio e incorporó al Gitano en su lista…

 

Y llegó esa noche de junio, más precisamente el 28 y el Polaco enfiló para Plaza Irlanda…

 

Al llegar casi a 20 metros de la calesita, donde los árboles son más frondosos, se le apareció su objetivo detrás de un jacarandá…sólo mediaron pocas palabras: “Vengo de parte del que apuñalaste en la kermese del colegio…y te voy a pagar con la misma moneda…”

 

Al Gitano lo acompañaban dos de sus secuaces. Con un gesto les ordenó que no se metieran…

 

Ahí nomás se armó el duelo a cuchillo en la oscuridad de la noche. Para colmo se largó una tormenta espantosa. Los lances iban y venían de los dos lados.

 

Muy pronto el Polaco se salvó de uno que le rasgó su camisa. Para colmo una sombra daba vueltas entre los dos contendientes y esto, junto con la lluvia, dificultaba la visión del justiciero…Se tiraban con todo pero la sombra interfería cada vez que el rubio atacaba.

 

Fue entonces que el Gitano le acertó el cuchillazo en el muslo y con una mueca tan burlona como asesina se retiró diciéndole: “Te lo dejo de recuerdo, prefiero matarte con mis manos”.

 

El Polaco sacó fuerzas de flaquezas y a ciegas avanzó tirando salvajes hachazos hasta que sintió que el filo de su cuchillo había alcanzado el cuerpo de su enemigo, lo había cortado y luego, con el envión, se había enredado en algo pesado y blando…. Los secuaces salieron corriendo. Por un momento el Polaco perdió el sentido, sólo unos segundos…Al volver estaba a unos metros el Gitano con el pescuezo cortado, sólo unido por un colgajo de piel, y un poco más acá su cuchillo entreverado en un capote…

 

Lo tomó para guarecerse de la lluvia, se calzó su facón en la cintura y emprendió el camino hacia el bar distante a cuatro largas cuadras.

 

Cuando les contaba esta historia a los tres atorrantes de la barra, los truenos y relámpagos volvían más tétrico el relato.

 

En eso la noche se iluminó con una luz cegadora, dejando ver una figura afuera del bar y el Polaco, con todo el porte de un líder que se banca las paradas más bravas les ordenó: “Viene por mí, ustedes tres se me van pa’ el fondo y se esconden atrás del mostrador. Vos Turco: atajame a los pibes”.

 

La Bosta y Madera espiaban detrás de la máquina de café. Porky, asustado, se había tirado cuerpo a tierra y temblaba. Sus labios hacían que fuera más Porky que nunca.

 

El Polaco se arrancó la camisa, se la envolvió en su brazo izquierdo, sacó su cuchillo de la cintura, aún sucio con la sangre reseca del Gitano, y rengueando se dirigió a la puerta con una sonrisa en el rostro. Era una figura mitológica con su melena rubia mojada, con el torso desnudo y en posición de combate. Se paró un segundo. Como Héctor frente a Aquiles, sabedor de su destino fatal y no reculó. Era un príncipe valiente. Abrió la puerta y salió a torearle a lo que viniera. Se escuchó algo parecido a un bufido y una puteada que quedó inconclusa apagada por el ensordecedor ruido de un rayo que hizo temblar los cristales. Luego el silencio…

 

Los amigos y el Turco recuperaron se presencia de ánimo luego de unos instantes de tremenda incertidumbre…Porky seguía temblando.

 

Convirtiendo su miedo en acción, fueron caminando hacia la puerta. Ahí estaba el Polaco tirado con su torso desnudo en mitad del aguacero con sus ojos abiertos, aún conservaba el cuchillo en su mano derecha y la sonrisa en su blanco rostro iluminado por los relámpagos.

 

Un refucilo del cielo dejó ver tres heridas debajo de su tetilla izquierda, medio sesgadas para el centro del pecho. Eran raras. Tenían forma de “V” separadas unos centímetros entre ellas. Nada se podía hacer. Ya era finado.

 

El Turco mandó a los amigos para adentro y desde el teléfono público que había en el bar intentó llamar a la policía… Todo era en vano. La tormenta interfería las comunicaciones y cuando lo lograba nadie atendía. La policía estaba muy ocupada derrocando al Presidente constitucional, un médico de Cruz del Eje, de andar cansino y estirpe noble.

 

De repente, un policía entró al bar.

 

A borbotones los amigos le contaban lo que había pasado señalando hacia afuera donde se suponía yacía el cuerpo sin vida del Polaco. Pero éste había desaparecido.

 

El policía los miraba con un extraño brillo en sus ojos y una sonrisa socarrona. Sacó una libreta de uno de sus bolsillos y dijo: “Déjenme tomar nota de sus declaraciones”. Porky observaba desde atrás, por arriba del hombro del uniformado lo que éste escribía.

 

Arrancó su informe poniendo la fecha: Buenos Aires, 28 de 666… Porky se desmayó, el cana dejó escapar una carcajada siniestra, tomó la capa que estaba en el respaldo de la silla y se marchó.

 

La Bosta y Madera guardaron en silencio lo ocurrido esa noche durante mucho tiempo hasta que años después se animaron a contarlo. Sino fuesen mis amigos, no lo creería.

 

 

Nació el 10 de marzo de 1952 en Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Confiesa tener tres pasiones: la lectura, la historia y el fútbol. Es Contador y Licenciado en Administración de la UBA. Casa en que fue docente también. Incursionó como tipógrafo en la industria de la imprenta. Trabajó para una gran empresa agropecuaria, en la que escaló hasta el Directorio.

 

Tuvo emprendimientos inmobiliarios. En 2020 partió su esposa y decidió, por consejo de su hija, abrir un blog para canalizar la pérdida y abrazarse a un propósito vital. Allí es donde comparte lo que escribe: blog theuglybherald.wordpress.com

 

 

* Escritora y docente. Compiladora

 

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