Viernes 24 de junio 2022

La novia del chico “lindo”

Redaccion Avances 29/05/2022 - 09.00.hs

En esta nueva entrega literaria, Natalia y la historia contada a través de una fotografía de la adolescencia. La belleza, la mirada del otrx y los encuentros de madrugada.

 

María Evangelina Vázquez *

 

Zambullirse en la página en blanco es mejor si lo hace con él. Como él se zambulló en ella, por primera vez, así se acerca ahora Natalia a su hoja de papel, con el mismo vértigo y la misma incertidumbre. Se había olvidado de que quería llevar un diario de su vida, algo que tenía muy presente a los dieciséis cuando lo conoció a Ramiro. El impulso de escribir le viene por ráfagas, como el del amor.

 

Está en su casa, cebando mate y toma una foto que rescató de un cajón con viejos souvenirs, álbumes y cartas. Mira de cerca la foto: lleva un vestido de lentejuelas al cuerpo, uno que su madre le había ayudado a elegir. Por esa época no le gustaban los escotes; no es que tuviera nada para mostrar, pero simplemente le daba vergüenza. Ramiro fue el primero que le dijo que era linda. Años más tarde, ella leería en un libro la siguiente frase: “la belleza está en los ojos de quien ve”.

 

Natalia se detiene a mirar la barba y los bigotes de Ramiro, esos que la raspaban cuando se besaban. Él tenía ascendencia irlandesa y una piel blanca, algo enrojecida. Le impactó la profundidad de su mirada celeste. Ramiro era lo que muchos consideraban “un chico lindo”, aunque a Natalia los chicos “lindos” del colegio no le gustaban; ellos le decían que era fea.

 

En aquel encuentro que quedó retratado, Natalia estaba festejando su cumpleaños, rodeada de gente grande, los del grupo de estudio al que asistía su mamá y al que se unió por falta de amigos de su edad. En esa foto tiene la boca pintada de rojo; el rouge a veces se le pasaba a sus brackets (acomodar dientes grandes en una boca chica no era tarea sencilla y le habían sacado cuatro muelas). Tiene los ojos marcados con un delineador líquido que se compró en el shopping. La vendedora le había dado una demostración de maquillaje gratis cuando se compró una enorme caja de cosméticos. En el shopping se sentía hermosa.

 

Los brazos de Ramiro, de venas sobresalientes, la sujetaban siempre. Nunca más se cayó mientras la abrazaban. Y ahí están ellos, mirando a la cámara, sin saber que los años se encargarían de distanciar esos cuerpos que supieron estar tan próximos, cuando descubrieron el juego de rozar piel con piel en el sofá de la casa de los padres de Natalia. Ese mismo sofá que se llenaba de las migas de sánguches y masitas que los dos adolescentes compartían con los invitados y que de madrugada usaban para amarse.

 

* Escritora

 

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