Domingo 30 de noviembre 2025

La peña “El Encuentro”

Redaccion Avances 30/11/2025 - 09.00.hs

Haciendo memoria de aquellos tiempos, el autor de este artículo recuerda la existencia de la peña El Encuentro, perteneciente al querido artista Fernando Dagué, quien le abría las puertas a todo tipo de artistas, de La Pampa y el mundo entero.

 

Juan Aldo Umazano *

 

A media cuadra de la esquina de Cervantes y Roca, (hoy Avenida San Martín), yendo hacia la laguna estaba la Peña “El Encuentro”. Perteneció a Fernando Dagué, cuyo verdadero apellido era Inchaussandague, y como sonaba muy extenso para nombre artístico, él mismo lo sintetizó poniéndose Dagué.

 

Fernando había pertenecido al cuerpo de baile de Canal 7, primer canal de televisión argentino. En ese lugar, según sus palabras, aprendió a bailar todo tipo de danza. Ya grande participó en un espectáculo que se llamaba Argentina Canta y Baila.

 

En los últimos años de la dictadura se radicó en Santa Rosa, y montó lo que llamó La Pampa Canta y Baila. ¿Pensaría que esas dos disciplinas, representarían bien a La Pampa?

 

En 1973, participó de un curso de títeres que dictó Héctor Di Mauro. Tendría en ese entonces cerca de cuarenta años. Lo hizo porque siempre quiso aprender cualquier disciplina artística.

 

Quizás por eso fundó la peña El Encuentro. En ese lugar aprovechaba para festejar las fechas patrias y convocar a todos sus clientes, que además eran amigos.

 

El local estaba lleno de cosas antiguas. Nunca supe de dónde las había sacado.

 

Recuerdo una vitrola donde se escuchaban discos de pasta. Había de Carlos Gardel, Los Hermanos Ábalos, Antonio Tormo, y otros.

 

Una tardecita con algunos amigos, le dimos cuerda y pusimos uno del Zorzal Criollo. Entonces corroboramos lo dicho por Cortázar. “A Gardel se lo debe escuchar con ese sonido de fritura que hace la púa en el disco de pasta”.

 

De las paredes de esa peña, colgaban fotos de una Santa Rosa que se había ido, de cantores famosos y de personas que en el presente concurrían al local. Esto, formaba una muestra fotográfica, que los que entraban por primera vez, miraban detenidamente.

 

Una noche, no sé si comprado o prestado, apareció un piano cubierto con una tela marrón. En ese piano tocaba Juancito. Nunca supe su apellido. Hasta que un día alguien que pasó lo escuchó y le ofreció trabajo para que le grabe la música funcional en su Hotel de Bariloche. Juancito aceptó y se fue con él.

 

Después supimos que una tarde, cuando seleccionaba temas que iba grabando, pasó Demis Roussos que se alojaba en el hotel, escuchó que estaban tocando “Morir al lado de mi amor”, que él interpretaba y se puso a cantar. Juancito siguió como si se conocieran de años.

 

Roussos, fue un cantante conocido internacionalmente. Había nacido en Alejandría, Egipto, en 1946, y falleció en el año 2015. Tenía un estilo vocal único. Vestía túnica y lucía pelo largo y barba, que le daba una figura mística. Hoy se lo puede escuchar por Internet; ha dejado muchas canciones grabadas.

 

Desde ese día, Roussos bajaba todas las tardes para que Juancito lo acompañara.

 

Mientras el gran cantante permaneció en el hotel, lo hizo todos los días. Eso daba la dimensión musical, y la gran humildad que tenía Juancito, que había estado preso por golpear a su mujer que lo había engañado. Cuando lo soltaron no tenía para alquilar, y apareció en la peña El Encuentro, donde se quedó a trabajar como músico. En ese negocio, dejó su motoneta Siam-breta, con la que se movía por Santa Rosa, y nunca volvió a buscarla.

 

Volviendo a la peña, una noche que estaba llena, alguien habló de Charly García (ese gran músico argentino) que había hecho una interpretación del Himno Nacional generando en el momento diferentes opiniones. El primero que no estuvo de acuerdo fue Fernando, diciendo con firmeza que al Himno debía cantarse como en los actos patrios. Muchos le dieron la razón. Otros, que Charly García había hecho una versión original del Himno, que cuando lo interpretó por televisión y termina rompiendo la guitarra contra el piso, no canta “Al gran pueblo argentino salud”. Y el público, que sabe la letra, tampoco la dice reemplazándola con aplausos. Es decir, termina y llega de una manera, que nadie había imaginado hasta ese momento. Todos opinaban a la vez. Fernando, al darse cuenta que discutía con amigos que además eran sus clientes, se fue a dar una vuelta para zafar de esa discusión. En ese comportamiento apareció su descendencia vasca, que pudo manejar recordándole que primero estaba el negocio.

 

Se fue convencido que él tenía razón. En el salón, terminada la discusión, los cantores volvieron a los instrumentos y siguieron disfrutando.

 

A esa peña solía ir Don Gómez, encargado del puesto caminero que estaba a la salida de Santa Rosa, donde la ruta 5 se encuentra con la vía. Don Gómez estacionaba su chatita Ford A, y dejaba a su señora esperando hasta el amanecer.

 

Recuerdo una de sus canciones que decía: “Pa ser macachín sin flor, prefiero ser cina cina”. Una vez le pregunté a Edgar Morisoli si la conocía. Como no podía ser de otra manera, no sólo me citó esos versos, sino que después me dijo el poema completo.

 

Hoy me sigo preguntando, qué pensaría esa mujer esperando arriba de la chatita con la cartera sobre la falda, mientras Don Muñoz disfrutaba de la noche. Otro personaje era el que estaba en la cocina haciendo las empanadas y los sánguches de chorizo. En ocasiones, solía servir también las mesas. Había salido en libertad y como no tenía donde ir, apareció en la peña y se ofreció para trabajar por la estadía. Después de unas semanas conocía a todos y sabía la vida de cada uno. Fernando lo ubicó en una piecita que había en el fondo. Un día desapareció y no se supo más de él.

 

Me llega a la memoria, cuando el conflicto con Chile, los soldados se bañaban en la pileta de la laguna, y como además Fernando había ganado la licitación para tener la cantina, cuando hacía las compras para ambos negocios en su vieja camioneta destartalada llevando el pan, se lo sacaron porque lo necesitaban para los soldados que en una de esas irían a la guerra. Después que le sacaron el pan descubrieron que tenía por tanque de nafta un bidón de plástico colgando del parabrisa. Entonces le advirtieron: -Y usted, no me anda más con esto.

 

Creo que esa fue la única vez que no dijo nada. En el patio de la peña había otro cascajo que desaparecía de a poco, porque le iba vendiendo las piezas.

 

Otro hecho que recuerdo y nunca supe quiénes eran, pero cuando llegué casi al amanecer, dos ciegos cantaban. Eran de Córdoba, según decían integraban como actores una compañía teatral de no videntes. Andaban programando una gira. Participaron como todos. Esa noche durmieron ahí. Al otro día, Fernando enseñaba a bailar folklore que lo hacía de manera gratuita, los ciegos le ayudaban para que no pusiera música con cassette porque debía interrumpir la clase. Terminada la lección los alumnos cansados consumían alguna gaseosa y eso era lo que les cobraba. No creo que esa peña alguna vez haya estado cerrada. Tenía una especie de tranquera en la entrada que nadie supo si funcionaba.

 

En aquellos años, se hizo el primer encuentro de payadores en Intendente Alvear, y había repercutido en toda la provincia. Quien escribe estas palabras, tenía las payadas completas en un viejo grabador a cinta que el tiempo enmudeció. Entonces Fernando, con ese don de percibir qué tenía para convocar a la gente, hizo un encuentro con aquellos que querían aprender a payar. Y cómo nadie sabía rimar en décima, hablaban entre ellos recordando las viejas milongas y las tomaban de ejemplo. Por momentos, no encontraban la palabra que rimara, se quedaban repitiendo el verso, hasta que alguien como un apuntador de teatro decía alguna. Esto por supuesto, causaba risa. Es decir, Fernando sin ser profesor en esa disciplina, los convocaba para que aprendieran solo. Quizás en el fondo de esta invitación, estaba la venta de algunos vinos, algunas cervezas y algunas empanadas o sanguches.

 

Después, noche arriba, el clima de la peña motivaba a los presentes que cantaban hasta que se apagaban las estrellas.

 

Sintetizando: La Peña El Encuentro, se diferenciaba de El Camaruco y de El Temple el Diablo, porque el salón era más grande y se podía bailar.

 

De esta peña recuerdo lo que acabo de escribir. Seguramente mañana aparecerán otros momentos. Pero el relato, por un problema de espacio, debe terminar.

 

* Escritor, dramaturgo, actor y titiritero

 

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