Domingo 30 de noviembre 2025

La Travesía de Rubén Arias

Redaccion Avances 30/11/2025 - 15.00.hs

Se trata de un mosaico de relatos donde la Pampa árida -convertida en personaje- revela, entre viento y arena, la memoria íntima de quienes la habitan y resisten.

 

Gisela Colombo *

 

La obra de Rubén Arias llegó a mis manos por intermedio de la querida Natividad Ponce, reconocida intelectual pampeana. El autor, que vive en Quemú Quemú, puso en mis manos esta obra. Se trata de un mosaico de relatos donde la Pampa árida -convertida en personaje- revela, entre viento y arena, la memoria íntima de quienes la habitan y resisten.

 

En La Travesía, el paisaje no es decorado: es personaje, ley y condena. Con una prosa sobria y magnética, el autor compone una cartografía moral de la Pampa árida, ese “lugar de paso” que, por obstinación del viento, termina siendo lugar de destino. La obra alterna crónica, mito y testimonio para narrar un territorio de secretos, donde las distancias se miden en tiempo y la arena sedimenta historias de conquista, despojo y supervivencia.

 

El libro abre con una pieza fundacional: la comarca bautizada “La Travesía”, umbral entre el miedo y la fascinación. Desde allí se despliega un mosaico de relatos que dialogan entre sí: “El último de los Zorros” recupera la voz digna de Gregorio Yancamil y con ella la continuidad de la nación ranquel; “La seca” y “Capataz de arreo” retratan la intemperie económica y afectiva; “El trigal de Ulises” convierte la cosecha en épica mínima; “Cosas del viento” y “El jagüel de Segundo Alfonso” tensan el realismo con lo espectral y el pulso del oficio; “Flores amarillas”, “¡Mande, Patrón!” y “Primera sangre” exploran violencia, lealtades y justicia rústica sin bajar la mirada; “El Juan Bautista y los Crotos” vuelve itinerante la esperanza y humaniza la leyenda.

 

La materia común es el viento -metáfora y motor- que “desentierra lo escondido” y obliga a habitar la memoria. La escritura, limpia y rítmica, usa imágenes de alta precisión (polvo, sal, jarillas, brocales) y una oralidad muy bien modulada: los diálogos son verosímiles, la cadencia rural jamás cae en folklore de postal. El autor evita el panfleto: muestra la violencia histórica -la colonización, el cercenamiento del agua, las campañas- y la traduce en destinos concretos, de carne y culpa. Hay dureza, sí, pero también ternura: un apretón de manos después del arreo; una espiga mordida para medir humedad; unas flores amarillas sobre una tumba anónima.

 

La Travesía dialoga con Rulfo y Güiraldes en el modo de hacer del suelo una conciencia. Es, sobre todo, un libro que restituye voces, honra oficios y recuerda que, incluso en tierra olvidada, siguen oyéndose voces.

 

Sus relatos hacen del territorio una conciencia: Ranquel, arrieros, puesteros, crotos; sequía, ríos cercenados, jagüeles... Prosa precisa, oralidad verosímil y un realismo con un viso mítico al estilo de Pedro Páramo.

 

En tiempos de sequías, migraciones internas y relecturas de la historia, este libro ofrece un relato profundo, situado y humano.

 

* Docente y escritora

 

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