“Ojos mutantes”

Redaccion Avances 09/01/2022 - 18.30.hs
Josefina Bravo con su segundo libro en sus manos. Antes, había editado “Escalofriante de mí”.

La poeta Josefina Bravo publicó recientemente un nuevo libro, junto a la ayuda de la editorial Voces, de la CPE. “Ojos mutantes” está formado por cuatro poemarios diferentes, reseñados en el artículo que sigue. 

 

 

Gisela Colombo *

 

 

Hace unos meses Voces, de la Cooperativa Popular de Electricidad pampeana, editó una nueva obra poética de Josefina Bravo. En 2014 había publicado su ópera prima llamada “Escalofriante de mí”, un título de gran originalidad. En esta oportunidad será “Ojos mutantes”.

 

Desde la perspectiva del lector de mediana edad la palabra “mutante” remite a la ciencia ficción. A la distopía que trajo, trae o traerá la nueva tecnología y los nuevos estilos de vida.

 

Aquí, en cambio, nada hay de futurismo. Por el contrario, la autora conserva esa voz que anima desde la infancia a un lenguaje tomado como prístino, sensorial y desprovisto de máscaras, nunca vulnerado por discursos maquinales de la razón. Se compromete por medio de un lenguaje que tiende a ubicarnos frente al momento en que el hombre comenzó a apropiarse del mundo para hacerlo vivir dentro de su conciencia por medio de sonidos.

 

El texto tiene cuatro poemarios diferentes. El primero está caracterizado por poemas cuya temática se relaciona con la labor escritural. Con las fuerzas que, como “Vaivenes de luz” intervienen desde la edad temprana. Allí se revela su conexión con el mundo natural como un síntoma de su condición de poeta, que no se circunscribe a la habilidad de componer poemas sino a una mirada esencial que llega un día como “el viento/naciente de su vaivén” y que la hermana con otros seres: “la niña no está sola:/ árboles/ custodios/ y mamíferos de luz/ merodean/ un verde luminoso”.

 

En boca de Graciela Maturo, el ejercicio poético “trata de despertar aquella porción de vida desinteresada de la inmediatez, de los intereses concretos de la subsistencia, e incluso del conocimiento científico, admirable y deseable. El poeta frecuenta otras escalas que atañen a la simbólica del mundo dado y a su relación personal con lo físico y metafísico. Habitante del cosmos alienta la vocación de leer en él y de interpretarse a sí mismo”. (Maturo, Graciela. La poesía. Un pensamiento auroral).

 

Las permanentes referencias a la obra de Lewis Carroll por medio de siete poemas llamados “Las Alicias” (numerados del I al VII) son, de algún modo, manifiestos de la postura que tiene la autora sobre el arte. Lewis Carroll, el autor inglés, juega con canciones folclóricas, con metáforas difundidas y utilizadas popularmente, con cantilenas infantiles, con cuestionamientos que bien podrían considerarse preguntas ingenuas o cuestiones centrales de la filosofía, dependiendo de cómo se miren. Porque, más allá del lenguaje infantil, “Las Alicias” sondea las ideas desde una perspectiva que punza la cultura de la sociedad del momento, en busca de respuestas más profundas incluso que aquellas que proponen la psicología social o la antropología, con el mayor rigor. En el fondo ni la Alicia original ni la obra de Bravo escapan de la realidad, sino se enraizan más en ella. La indagación de Las Alicias reproduce este mecanismo y busca, como en el libro inglés, desentrañar especialmente el enigma de la creación poética.

 

 

Sensibilidad poética.

 

También allí, en el jardín de la hamaca, cuando se descubre la sensibilidad especial, se cuela la noche y “la niña se maravilla de estrellas”. La conexión entre los flujos interiores del ser y la dinámica regular del universo es una evidencia más de la sensibilidad poética que opera en ella. El misterio del devenir, los virajes del viento y de la suerte, también la fascinan e inquieren: “¿sospechará la ferocidad/ de lo que no se anuncia?” Mediante la referencia a las estrellas se alude al destino, un vínculo afianzado y naturalizado en la cultura occidental.

 

Los remolinos toman fuerza como una expresión de la vitalidad difícil de ordenar y comprender. “Se des-prende una hoja./ Y cuando muerta creía haber cumplido quien nadie ve, de un soplo/ la paseó/ –para con otras– en remolino danzar de la tarde”. En esta imagen se anticipa una concepción sobre la muerte que recuerda al modo en que lo concebía Rulfo, una permanencia en el mundo real de quienes se han ido. Esa permanencia no sólo es espiritual, sino que quedan presentes, de algún modo, en el árbol familiar. “Y el árbol muerto sigue de pie”.

 

Este primer apartado cierra con un poema brevísimo llamado “Cometa” donde se plantea el deseo de conocer el inquietante futuro. Como si hablara del mito de Kairós (la ocasión), un personaje joven, con alas podales, calvo pero con sólo un mechón de pelo largo de donde el hombre atento y rápido puede agarrarlo. Atrapar la ocasión es una manifestación tanto de la suerte cuanto de la habilidad humana para sacarle provecho. Josefina Bravo lo dice así: “Si pudiera/ entre índice y pulgar/ asirle la cola al viento”.

 

 

Segundos.

 

En el segundo conjunto, que comienza con “Vértigo incoloro” asistimos al momento de la mutación de los ojos. Pronto empiezan a ganar protagonismo los colores. El blanco identifica en más oportunidades el sentir de la poeta.

 

“[…] si me voy al blanco, no sé si vuelvo entonces tengo miedo de dejar la prosa y que me trague el vacío de palabras el blanco que vos no ves pero yo sí veo o creo ver o simplemente no veo nada y la nada que en definitiva podría sentirse como ausencia de algo parece ser de color blanco de hecho el blanco es la ausencia absoluta de oscuridad o con otras palabras la máxima luminosidad entonces cuando une está en blanco está lejos de las sombras está en la claridad absoluta y esta claridad el blanco es la combinación de múltiples colores a decir verdad de todos los colores del arcoíris y en definitiva terminás en una unidad formada por otras partes pero ojo no hay que olvidarse el blanco también es rendición y yo a veces no quiero rendirme”.

 

El blanco es, en este poemario, lo inefable, la apertura a otro sitio hecho especialmente de lo invisible a lo que se accede por medio de la actividad escritural. “Porque el blanco aunque lleno también está vacío como un desierto infinito y silencio/ donde caigo/ eternamente/ sin sonido/ Y sin/ colores”.

 

La imagen de lo blanco se completa con otros elementos como el aura, los ecos de luz, los fantasmas… “Eco de luz/ Y un asomo de aura/ despierta fantasmas/ ¿se abrirá en mi mano la puerta?/ ¿iré otra vez de palma/ a ese-este otro lugar?”.

 

Lo inefable llega por la luz oblicua del atardecer. En una serie de poemas a los que llama “oblicuos”, el horizonte de madurez despunta; se nace a otro paisaje. Por el sol que pierde fuerza comienza a expandirse la poesía en el elemento aire. Entonces, también en “Oblicuos”, “un pájaro cruza el cielo”. Se alza vuelo para suspenderse fuera del tiempo.

 

Éste es el modo en que se suscita el pasaje de lo vegetal –en su tendencia ascensional– a lo etéreo. “No veo el pico más alto:/ allí la montaña se levanta/ para hacerse nube”. Así es como gana el elemento aire. Pronto llegará también el fuego.

 

 

Tercer poemario.

 

En el tercer poemario aparece la angustia nocturna, mientras vemos los efectos del cambio de mirada. Una ruptura que, como diría Cortázar, “clausura la genealogía”.

 

“Al vientre/ la luna aprieta/ de tanta ausencia”, dice en “Umbilical”. En “Preñado”, “Cables de luz/ dejan/ el cielo en cintas”. Hay aquí un juego de palabras con la expresión “en cintas”, un firmamento cortado en tiritas, un recurso muy visual; y “encinta”, fecundada. Ahora ya no de un hombre, sino de cielo. El azul, un color tan propio del infinito y la ilusión, en la tradición poética se relaciona con lo aéreo que tiende a la perfección, a lo inalcanzable.

 

En “Vientre azul” se plantea la maternidad como utopía “tal vez/ el pájaro azul del ocaso/ torne blanco/ su aletear/ y sean sus destellos/ reminiscencia/ de lejanos/ o antiguos celestes”.

 

El ejercicio poético, ya en este punto identificado con lo blanco, se convierte en un modo de procesar los deseos irrealizables, una vía de aceptación para la imposibilidad de lo perfecto. 

 

En este punto hay una evolución del ejercicio artístico: se abre hacia nuevas dimensiones, hacia lo que no es posible en el mundo, pero quizá sí en otros mundos. La naturaleza del elemento aire se plenifica aquí. “[…] para transitar así/ tu dulce umbral/ hasta ser fulgor/ de un aleteo”.

 

En ese pender sin raíces, los vuelos se multiplican. Es cuando nos habla de “vuelo huérfano y de los “Peter Pan” numerados. El alzarse a navegar el aire se cristaliza también en la imagen de los pies y su ausencia: “cómo saber/ quién se levanta/ estos días/ y se pone mis pantuflas”. La ausencia de la poeta en un sitio antes cotidiano es imagen de las raíces saliéndose de la tierra y lo endeble de andar por el aire: “Ir como autómata, tropezar y ver de-rr-e-t-irse/ el color y desdibujarse las formas/ y quedar entonces sin techo y sin suelo y sin horizonte/ Un estar/ sus-pendida/ al blanco”.

 

En este tercer conjunto también se expresa la necesidad de comprender ciertas experiencias: Así la poesía consigna peleas en los que parecen los últimos estertores de una relación amorosa. “[…] y te inventaste sobre arenas/ torpes versiones del derrumbe/ ¿dónde hilaba mi ilusión?”. En “Furia Fuera”, “voy bien yegua a coceo y relincho/ y no me pidan sonrisita ni mesura […] no disimulo/ y escupo / tu decir vacío”.

 

En la crisis el yo poético se aferra a la poesía como única raíz firme. Entonces, como si se tratara de una separación de amantes alternan el dolor por estar ausente en una vida anterior y las riñas siempre vivas.

 

Es el momento en que “Peter Pan”, el inmaduro, el incapaz de volverse adulto, revela su ovillo y sus palabras, que son como de “cartón pintado”, muestran su “sabor a nada”. Luego, descubierta la mentira, irrumpe la convulsión interior del sujeto lírico metaforizada en “las olas y su estallido en las piedras”. Y el temor permanente de andar por caminos resbaladizos, de caer despeñada en cualquier momento, se expresa parafraseando un cartel que se ubica ante los baños públicos durante la limpieza: “Cuidado, piso mojado”.

 

Los poemas titulados “Peter Pan”, otra referencia directa a la literatura inglesa e infantil, van describiendo etapas de la decepción, como si fuera un desenrollarse de un misterio que no era tal. Que ahora, aceptación mediante, parece obvio.

 

Quizá la serie de poemas que recuperan la figura de “Peter Pan” nos acerque alguna respuesta. Para cierta escuela psicológica existe el síndrome “Peter Pan” que refleja a quien nunca abandona la infancia. Ha sido un modo de clasificar un cuadro común entre adultos acuñado por Dan Kiley, quien describe una inmadurez emocional sumada a cierto narcisismo y tendencias a la evasión y los mundos de fantasía.

 

 

Cuarto conjunto.

 

En el cuarto poemario entran en escena la luna y las mareas, lo cual es un modo de procesar la experiencia en su condición de ciclo. Es la concepción de un tiempo forjado por periodos que se suceden cíclicamente. Estos operan tanto en la naturaleza como en el hombre. Al menos eso aseveran las estrellas si por ello entendemos la astrología. Lo que explica y desnuda un orden y la explicación de una alternancia permanente de momentos de sufrimiento –“y la playa extensa al horizonte/ me dejó entre/ los médanos/ y el mar// entonces/ rocas negras/ milenarias/ desnudaban/ al retirarse la marea/ su eternidad”– otros de reconstrucción y dicha. Solo en la sucesión que se repite una y otra vez es posible esa eternidad, como ocurre con las estaciones de la naturaleza. En ”Luciérnaga” se ofrece quizá una clave sobre las penas que motivan el cambio de perspectiva “titila como la lenta/ agonía/ del amor”.

 

En una clara decepción se pierden los colores, la intensidad, pero también se refiere la irrealidad de objetos que parecían ser otra cosa: “En mano, la remolacha me recuerda al corazón: más o menos ese tamaño, más o menos ese peso”. 

 

“Lo que sigue es sangriento/ todo lo que toco se tiñe de morado”. La sangre, la remolacha y el corazón corresponden al elemento fuego. Como tales pueden ser identificados con la furia, con el amor, y con el motor de una transformación. Pero mientras el corazón es el sitio en que se aloja el amor; el jugo de remolacha, su tinta, es una falsa sangre y su cuerpo, un falso corazón. Un amor que finalmente muestra la falsedad de origen.

 

Los colores cobran mayor protagonismo incluso y la poeta explicita qué refiere cada uno:

 

“Si el amarillo risueña/ Verde te lluvia o te calma./ Si azul te ciela/ azul te vuela./Rojo te furia/ y desea./Naranja carnavalea.// Noche es sombra/ y es portal tu blanco/ blanco tu portal/ si blanca/ si blanca/ si luz”.

 

Lo deseado para la poeta es el blanco en su mirada. La transparencia que convoca la poesía, desapega de las emociones estridentes y permite el ingreso de la sabiduría. Sólo en ese desapego los misterios se dejan penetrar por la conciencia sabia del poeta.

 

“Entonces, mi ojo es blanco, es decir, multicolor. Luz linterna. Y mis palabras, blanquecinas traslúcidas, prisma acuoso, casi aire”.

 

Esta lucha interior, los sentimientos desbordantes retratados por sangre y fuego van cediendo ante el aire, la transparencia de la inteligencia más pura, como el destino poético ideal. Un destino capaz de manifestar, por medio del ejercicio poético, la verdad, más allá de toda pasión.

 

Esa paz ociosa, despojada de segundas intenciones y de emociones intensas, es la atmósfera perfecta de la poesía en la perspectiva de Josefina Bravo.

 

 

París París.

 

Una última serie de poemas numerados se titula “París París” y constituye una especie de nueva apuesta al amor cuyo escenario parece ser París, la ciudad. “… y en mi piel llevé tu abrazo hacia el otro borde del mapa”.

 

Con la diferencia de que ya no será desbocado, ni arrasador el vínculo. Será, en cambio, un encuentro entre dos seres adultos, un lazo menos invasivo, menos adolescente, diferente al que pudiera ofrecer un “Peter Pan”.

 

Pero lo que acaba la obra es la promesa de que toda pena tiene su reverso y enseña a quien desea aprender. Así cierra “Cielo Cielo”: “Al otro lado del giro/ quizás madure en noche el fruto/ inesperadamente dulce/ inesperadamente”.

 

 

* Docente y escritora

 

 

 

 

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