Miércoles 29 de mayo 2024

Sol de noviembre

Redaccion Avances 23/07/2023 - 12.00.hs

En una nueva entrega de la columna literaria La Maga, selección que presenta a autores y autoras de todo el país, Gisela Colombo trae un texto de la cordobesa Laura Moreno.

 

Gisela Colombo *

 

Son las tres de la tarde y un minuto cuando suena el timbre para salir al recreo. Los chicos corren desesperados al patio.

 

Me toca cuidar el pasillo. Como cada día, Agustín es el último en salir porque guarda los lápices con lentitud y al fin, saca de la mochila un alfajor y una gaseosa. Caminamos juntos hacia la puerta. Antes de llegar me extiende la botellita -es un ritual sin palabras que tenemos- aflojo la tapa y se la devuelvo. Ya en el pasillo, lentifica sus pasos.

 

Suelo salir con cierto apuro a pararme en el extremo para observar incluso las puertas de los baños, pero me detengo. A nuestro alrededor no queda nadie. Aprieto los puños. Me vuelvo y le digo: -Paráte así- le doy el ejemplo: pongo la pierna derecha adelante y la izquierda atrás. Espero. Me mira unos segundos sin saber qué hacer. Lo animo con una sonrisa e imito la posición de un boxeador sobre el ring.

 

Muevo un poco la cabeza. Sonríe apenas. Abre el alfajor, le da un mordisco y después imita la posición de mis piernas.

 

-Balanceá un poco el cuerpo hasta que te sientas cómodo, en equilibrio. Se queda quieto. Parece aburrido. Le pido que deje un minuto la botellita y el alfajor en el borde de la verja. Lo hace a desgano.

 

-Cerrá los puños a la altura de la cara. Cuando estés frente a él, así, lo mirás con este gesto, ¿ves?-pongo cara de “hoy es tu último día”- y le das, ¡uno, dos! ¡Pum! ¡Bam! no va a saber si lo chocó un tren o qué. ¿No te gustaría ir a jugar a la pelota con los chicos?

 

-Me gusta quedarme acá porque hay sombra- dice sin convicción, levantando los hombros como si no le importara.

 

-Vos también tenés derecho a jugar en el patio.

 

Levanta los puños de mala gana. Después parece arrepentirse. Agarra la botella y el alfajor y sigue a paso lento. Lo llamo, se detiene y me mira con cierto fastidio.

 

Estamos en noviembre. Lleva meses sin salir al patio. Camina lento por el pasillo de ida y vuelta, se para en la salida y pareciera que dudara… sospecho que es por un chico de tercer grado. Indagué un par de veces y me topé con sus negativas firmes. Le dije que se defienda pero cuidé las palabras, por las dudas hubiera repercusiones y tuviera que explicarle a alguien con autoridad por qué insinué la alternativa menos indicada para enfrentar ese tipo de situaciones.

 

Agustín observa mis movimientos: sigo dándole piñas al aire: uno, dos, balanceo. Uno, dos y hago la cabeza hacia atrás como para esquivar un puño invisible. Me cubro y luego bajo la guardia para ver su reacción: frunce el ceño. Siento que los papeles se invierten; él es el adulto ahora.

 

Se lleva el pico de la gaseosa de medio litro a la boca y le pega un trago largo. Quién sabe lo que piensa, mientras mira el par que irrumpe en el pasillo al disputarse la pelota. Uno de ellos es David, morocho y bajito, de una sola patada la quita de los pies del rival y la lleva al centro del patio. El otro es Leonardo, rubio, fornido y con cierto brillo de furia en los ojos.

 

Agustín señala a David mientras se lleva a la boca el resto de alfajor: -La descose.

 

-Tenés razón- contesto, y trato de descubrir en sus ojos aunque sea un atisbo del deseo de jugar como los otros. No es conciente de sus posibilidades: tiene buena contextura física, podría defenderse con una patada y un par de puños. También lo imagino con un par de guantes, defendiendo el arco. O pateando un tiro libre.

 

-Capaz vos le podrías ganar a David. ¿O le tenés miedo a…? señalo con la cabeza.

 

-Yo no le tengo miedo al gringo.

 

El gringo es Leonardo de tercero. Grandote como el hermano de sexto, el terror del otro patio, el de los grandes. Cada día suma una nueva hazaña de violencia. Nos enteramos por la ex mujer que el papá de los chicos es policía y los lleva de cacería. El hijo de sexto contó en plena clase que les enseñó a rematar animales de un tiro.

 

Leonardo corre detrás de la pelota. Le da una patada en los testículos al que la domina, harto de la humillación a que lo someten sus gambetas.

 

Silvina, la maestra de tercero que cuida el patio, se acerca a David en el piso que está encogido y llora. Le acaricia la cabeza y le habla bajito. A un par de metros, Leonardo se ríe, con un pie sobre la pelota. Ella se endereza y le señala la puerta del pasillo: -Vas a la Dirección, ya mismo- dice.

 

Leonardo le da la espalda y patea la pelota. Corre por el patio como si fuera el dueño. Suda, está muy colorado. El sol de fines de noviembre castiga duro a esa hora del día y reverbera sobre las superficies curvas de los cuerpos y las líneas rectas del edificio. Los otros chicos que antes corrían, ahora están quietos. No se le acercan al gringo ni le disputan la pelota, sólo observan sus movimientos. Entonces, Leonardo para la pelota y les grita algo que no entiendo pero sé que es un desafío. Silvina queda con el brazo extendido; el índice, inútil. David en el suelo se retuerce. Me acerco y le pregunto si puede levantarse. Lo ayudo sosteniéndolo de un brazo. Algunos chicos me rodean.

 

Levanto la cabeza para mirar alrededor y que Agustín tiene los pies apoyados en la línea divisoria entre los mosaicos rojos del pasillo y la superficie áspera de cemento que cubre el patio. Vuelve a llevarse la gaseosa a la boca para tomar el último trago. Desde mi lugar, lo invito a venir hacia mí. Le pone la tapita a la botella. Insisto haciendo señas con la mano izquierda y digo en voz baja, como si en realidad hablara para mí: “vení a practicar”. Vuelvo a hacer los movimientos: pierna derecha adelante, izquierda atrás. Uno, dos, uno, dos. Azoto el aire con mis puños.

 

Los chicos del patio ven mis movimientos y siguen expectantes, quietos. Leonardo deja la pelota y se acerca a mí. Imita mi posición y levanta los puños, como si me desafiara. Entonces, los chicos que hasta entonces parecían congelados, se mueven hacia él, muy rápido. Le llueven los golpes, cae al suelo con gesto de incredulidad. Por primera vez veo miedo en sus ojos. Lo patean. Con Silvina nos miramos unos segundos, los suficientes para saber que ninguna de las dos hará nada por impedirlo.

 

 

Laura Moreno. Córdoba, 1962. Maestra primaria jubilada y escritora. Ha publicado los libros Bisagras y escenas finales (2016, Lago Editora), Paquidermo (2019, Lago Editora) y Licor de mandarinas (2022, Editorial Municipal). Ha ganado diversos premios, siendo los últimos: 1º premio Certamen de poesía “Luis de Tejeda” (2021) y 2º premio certamen provincial de cuentos policiales “Eduardo Fernández” (2022).

 

* Docente y escritora. Compiladora

 

'
'

¿Querés recibir notificaciones de alertas?