Tanatofobia
Jueves 22 de febrero 2024

Tanatofobia

Redaccion Avances 10/12/2023 - 09.00.hs

Vuelve la columna literaria de Caldenia con un relato de Evangelina Corredera, joven música y escritora pampeana. Tanatofobia, el miedo a la muerte, o al proceso de morir.

 

Gisela Colombo *

 

Despertaba y chequeaba si estaba vivo y consciente. Movía sus dedos, reconocía su dormitorio y repasaba las claves de acceso a sus cuentas; a único efecto de corroborar que aún continuaba con vida, un día más.

 

Se levantaba cuidadosamente, buscaba sus pantuflas, para no golpearse los pies con la pata de algún mueble, que luego le ocasionara una hemorragia indetenible, y no tuviera forma de llamar a quien lo asistiera, ya que el único teléfono estaba abajo, en la sala de la casa.

 

En el baño, antes que nada, sacaba su botiquín de medicamentos matinales. En ellos, una cápsula en ayunas que formaba una capa en las paredes del estómago y evitar que se ulcere, y nuevamente, una hemorragia, pudiera desangrarlo por dentro.

 

Lavaba sus dientes, con una mezcla de dentífrico y agua oxigenada, para cicatrizar posibles heridas del cepillado. Se dirigía parsimoniosamente hasta el vestidor, pero antes, ponía una gorra de goma espuma en su cabeza, por temor a golpearse con la puerta del placard y caer desmayado en el piso.

 

Luego de vestirse, tomando cada precaución prevista que no lo llevara a golpearse o herir de muerte; se arrodillaba a agradecerle a Dios, por no haberlo llevado, por la noche y le pedía, encarecidamente, desde lo más profundo de su ser, que le diera un día más sin que la muerte se le presentara.

 

Eliseo, había instalado una silla-ascensor en las escaleras, para no tener que bajar caminando, algo dormido, y rodar por ellas. Abrochaba el cinturón de seguridad, y despaciosamente emprendía su viaje hacia el comedor. Tomaba del perchero un traje anti llamas, y con un Magi-click en una mano, y con la otra en el matafuego, encendía la hornalla más chica de la cocina.

 

Ante la complejidad para calentar agua, para prepararse un café; solía tomar un jugo de naranja.

 

Pero también, incurría en prácticas proteccionistas, al abrir la heladera y evitar quedar electrocutado y recibir un golpe de frío que lo conduzca a una neumonía seguida de muerte. Para eso, antes, cortaba la llave térmica de la corriente y se enrollaba varias veces en el cuello una bufanda de lana. Abría la puerta de la heladera y velozmente sacaba un jugo de naranja en cajita.

 

Ya hacía tiempo, había reemplazado cortar las naranjas y exprimirlas, por el riesgo que eso significaba para él mismo.

 

Llegó a lijar los mangos de los cuchillos para no lastimarse, además, los cubría con goma en la parte del filo. Evitaba agacharse por si acaso, se golpeara con la esquina de la mesada, pero ante algún descuido ya había reemplazado los filosos ángulos de mármol con pelotas de tenis, por supuesto firmemente pegadas, ya que nunca se sabía cuándo podría saltar alguna y pegarle directamente en la cara.

 

Buscaba el celular que lo dejaba enchufado en el patio, previendo que explote el cargador. No hablaba, para evitar que las ondas electromagnéticas le generen una deficiencia cerebral. Usaba guantes para mandar mensajes de texto y antes de presionar send se lo alejaba del cuerpo. Esa mañana, escribió: “Estoy saliendo mi amor”, tomó distancia y presionó send.

 

Era viernes, y feriado, no tenía que trabajar... pero había quedado con su novia, para encontrarse en un café a pocas cuadras de su casa, y luego ir de paseo y hacer algunas compras. Le aterraba caerse, por lo que llegar a destino le demandaba más tiempo de lo normal. Caminaba con un andador y un bastón blanco, analizando los posibles desniveles del camino antes de dar cada paso.

 

Tenía miedo de morir atropellado al cruzar la calle, así que en cada esquina se tomaba un taxi para llegar a la próxima cuadra.

 

Acostumbrado, pero algo incómodo, se desplazaba con una estructura de hierro que calzaba en sus hombros, para evitar que cualquier objeto que pueda caer de improviso desde lo alto, impacte en su cabeza, ocasionándole pérdida de masa encefálica. Mientras caminaba, ejercitaba respiraciones cuadráticas para sostener un pulso cardíaco estable y evitar una aceleración del mismo, debido a la ansiedad que le producía encontrarse con ella. Usaba doble barbijo quirúrgico, guantes de látex y otro de cuero y a los ojos los protegía con un cobertor de plástico transparente, para evitar cualquier contacto con los gérmenes que pululen en el aire. Antes de entrar al café, guardaba sus elementos de protección, sin que ella los viera y nunca sospeche de sus cuidadosas costumbres.

 

Desde la mesa, Temer lo miraba, sonriente y él, en esos ojos, sentía su vida eterna. Temer era para él, un bunker de salvación, donde nada podía pasarle. Y ella, lo sabía. Era en ella, en su cuerpo, donde Eliseo se despojaba de todas sus protecciones y vivía la vida de todas las vidas. Se sentó, la miró y le dijo: Mi amor, con vos, la vida es vida... nada puede pasarme, me siento seguro, no hay miedo, solo hay luz y pasión.

 

Su chica, vestida de encaje negro, con medias de red, y zapatos de taco aguja, lo miraba tiernamente, pero con mucha lujuria. Le dijo que tenía una sorpresa para él... Eliseo, encantado la observaba. Temer metía su mano, delicada y delgada, dentro de la cartera de charol, sin dejar de sonreír.

 

Temer, ofreció darle algo, o más bien todo, mientras el muchacho embrujado la escuchaba.

 

“Puedo darte paz en tu vida”, le dijo con voz convincente y sus ojos fijos en los de él. “Solo dame tu alma, mi amor”. Eliseo, se imaginó vivir siempre en paz y sin miedo a morir junto a ella. Y convencido, por sus dos deseos, la paz y ella; aceptó. Y lleno serenamente, le dijo “Mi alma siempre será tuya”.

 

La mujer, revolvió suavemente dentro de su cartera, sacó algo, y lo escondió entre sus piernas, con sus manos, debajo de la mesa. Sonriente, miraba con ojos de enamorada... mientras él repetía incesante que la amaba. Pero de pronto, la vidriera del café se tiñó de sangre, una explosión, aterrorizó a todos los clientes. Eliseo ya no temía a la muerte, y tampoco a la pistola calibre 6.35 de su novia.

 

Evangelina W. Corredera nació el 23 de julio de 1995 en Colonia Barón y actualmente vive en Santa Rosa.

 

Es profesora de piano, violín, lenguaje musical y estudiante, directora de Orquesta y Coro. Integrante de diversas formaciones musicales, artista solista y sesionista. Trabaja en producción y operación radial. Mamá, amante del lunfardo y el dibujo. Su carrera musical comenzó a los 7 años, incentivada por su familia, y obteniendo el reconocimiento de medios públicos de su provincia.

 

Sus libros de poesía lunfarda “A la Piu Bella” y “No es Morfi pero llena” , obtuvieron reconocimientos, siendo declarados de interés cultural en la Cámara de Diputados de la Provincia de La Pampa, y en el Honorable Senado de la Nación Argentina.

 

* Docente y escritora. Compiladora

 

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