Te digo la verdad
Jueves 22 de febrero 2024

Te digo la verdad

Redaccion Avances 26/11/2023 - 12.00.hs

En el libro “Te digo la verdad”, de G. Suárez, tres personajes de una familia relatan su controvertida historia. En estas páginas compartimos el inicio del libro.

 

Viviana Rosenzwit *

 

Te digo la verdad es la historia de una familia controvertida relatada por tres de sus personajes, cada uno de ellos con perspectivas propias muy particulares. Asombro, dicha y trágicas contradicciones, llevan al lector por un torbellino de emociones que lo impactarán desde el primer momento.

 

Su autora, G. Suárez, nació en Buenos Aires en los años 60. Comenzó a escribir en su juventud y si bien soñó con seguir una carrera literaria, estudió Profesorado de Inglés en el Instituto del Profesorado Joaquín V. González.

 

Compartimos con ustedes el comienzo del libro.

 

Los Márquez.

 

A cada momento necesito recordarme a mí mismo que he de respirar, que ha de seguir palpitándome el corazón.

 

Dijo Heathcliff en Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, 1847. Mi nombre es Gabriela Márquez y soy, creo, la única heredera de varias familias conservadoras, contradictorias y complejas. Aunque sobrevivir junto a ellas no fue fácil, finalmente llegó a transformarse en costumbre. Es por eso que una noche de esas en las que cuesta dormir, decidí comenzar a contar, entre otras cosas, la historia del devenir de Fausto Márquez, mi padre, y tratar de ver la vida desde sus ojos.

 

Este señor marcó a fuego mi camino. Para bien y para mal.

 

A sus noventa años, cuando ya corría el año 2009, el mismo Fausto resolvió relatarme gran parte de su vida durante mis repetidas visitas de los viernes por la tarde.

 

Creo ser honesta al admitir que lo quise y lo admiré a pesar de las heridas que me provocó ser su hija. Es que fue un hombre controvertido, por más que no lo pareciera. Llevaba puesta una eterna sonrisa y, aunque tenía siempre una broma para contar, no había una alegría genuina en él, ya que ocultaba una sombra difícil de tolerar.

 

Había nacido en noviembre de 1919 y si bien festejamos su cumpleaños todos los veintiocho, nunca se supo con exactitud si ese era su día, duda que todavía conservo. Fue criado con austeridad por mis abuelos, inmigrantes españoles que trataban de salir adelante lo mejor que podían por más arduo que les resultase.

 

Mi abuelo, el señor Ángel Márquez, trabajaba con toda su alma para mantener a su mujer y a sus tres hijos. El mayor era Fausto y le seguían Marga y Jacinta, en ese orden. Crecieron unidos en el amor y en la escasez, con caras sucias de tanto jugar en la tierra y el alma libre de chicos todavía inocentes. Vivían en medio del campo, donde mi abuelo criaba animales de granja para vender en el pueblo.

 

De contextura robusta, estatura acotada y con una incipiente calvicie, Ángel llevaba puesto un nombre que resultó ser una funesta paradoja, considerando que era agresivo y tenía malos modos.

 

Se complicaría entonces la relación con su familia, ya que Juana, mi abuela, no se quedaba atrás: su tozudez y determinación eran tan firmes como su avaricia. Parece mentira que una señora muy suave de palabra y aparentemente débil de carácter, tuviera tanto coraje.

 

Las discusiones continuas eran todo un tema en ese matrimonio. Al menos, eso me contaba Fausto los días en que iba a visitarlo.

 

Mi abuelo ahorraba todo lo que ganaba y guardaba sus billetes prolijamente en una caja con llave, ya que quería invertir en un negocio más rentable. Era honrado y tesonero y al poco tiempo logró alquilar un local en donde instaló un bodegón. Viejo, con olor a humedad pero limpio, el restaurante era parada segura para los trabajadores de la zona. Ángel se levantaba con el sol y mientras Juana cocinaba, él fregaba y regenteaba.

 

Todo esto me contaba papá. Anciano y lúcido, recordaba con una tristeza agridulce a ese Fausto que con ya once años, había tenido que sobrellevar un panorama complicado. Me gustaba escucharlo y reconocer en su relato al chico inteligente y vivaz que tenía claro que lucharía siempre por algo mejor. Ese fue el rasgo de mi padre que tanto admiré y el ejemplo que intenté seguir.

 

La cuestión fue que nuestro niño Fausto empezó a ayudar en el bodegón: servía las mesas y se ganaba la simpatía de los clientes. Caminaba ágil con los platos, recordaba todo lo que le pedían y se mostraba de buen humor. Sonreía por fuera y lloraba por dentro porque al volver a su casa, encontraba una nube oscura de agresividad. Se encerraba en sí mismo para no sufrir al escuchar a sus padres discutir tan seguido: solía oír una catarata de frases desagradables que parecía no tener fin.

 

Aún siendo muy mayor seguía evocando, con ojos caídos, aquellos momentos difíciles.

 

- ¿Cuando el abuelo se enfurecía, ustedes qué hacían?–pregunté.

 

- ¡Llorábamos! ¡Éramos muy chicos! Tus abuelos se encerraban en su cuarto y no veíamos qué pasaba ahí dentro, pero sí escuchábamos las discusiones. Jacinta, la menor de los tres hermanos, se sentaba en mis rodillas y me abrazaba fuerte. Yo trataba de proteger a las dos pequeñas de su propio miedo, pero también me asustaba.

 

- ¿El abuelo Ángel le pegaba a la abuela?- le pregunté con empatía.

 

- No supimos hasta donde llegó su agresión: tu abuela se encargó de ocultarlo. El tema es que la nube negra iba creciendo hasta que una noche, la cosa fue demasiado lejos.

 

Juana vivía rondando la caja del dinero. En secreto, había ido sacando billetes de los grandes y los había escondido. La meta: comprar la casa familiar. Ángel se dio cuenta, se enfureció y gritó enardecido. Granate de rabia.

 

A pesar de ello, Juana no cedió: la plata se acumuló todavía más en su escondite.

 

- ¡Juana! ¿Dónde la metiste? ¡No tengo para comprar mercadería!

 

La abuela aguantó la tormenta y fue boicoteando la vida de su marido hasta que, finalmente, Ángel Márquez se enfermó.

 

Con tristeza, papá recordaba que no sabía cómo encontrar una solución. Las chicas, que siempre se apoyaban en su hermano mayor, estaban desorientadas y Fausto oficiaba de protector: mis abuelos le habían dado ese rol. Entre las discusiones, el trabajo en el bodegón y su padre enfermo, papá sentía la vida como un torbellino.

 

A mis cincuenta años, mientras corría el siglo veintiuno y al escuchar sus eternos relatos, me dí cuenta de que sufrió siempre los efectos de esa turbulencia familiar. Me lo decía su mirada, mezcla de ira y simpatía, que solo mostró a puertas cerradas. La prueba de ese trauma es que, con el correr del tiempo, papá iba a repetir el modelo de pareja de sus padres.

 

Volviendo al matrimonio Márquez, le cuento que la abuela Juana se había casado como se usaba en aquella época: para cubrir las apariencias, tener hijos y vivir “correctamente”.

 

Una noche de 1940, Juana vio la oportunidad perfecta para librarse de un marido a quien no había querido nunca.

 

Su enfermedad ya casi no lo dejaba respirar, pero su mujer no llamó al médico. Tan sencillo como eso. Desde ese día, mi abuelo está en el cementerio, cerca de donde Juana compró al fin la casa familiar.

 

Progreso.

 

Ya no importa cuán estrecho haya sido el camino, ni cuantos castigos lleve mi espalda, soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma. Invictus de William Ernest Henley, 1888.

 

En el barrio de Florida, provincia de Buenos Aires, mi abuela Juana encontró lo que tanto había deseado: una casa sencilla, austera y con suficiente espacio para ella y sus hijos.

 

Cuando vi aquel lugar, siendo aún muy pequeña, me pareció que tenía muy poca luz en su interior. En todo sentido.

 

Papá me contaba que Juana esperó a que los tres hermanos crecieran e hiciesen lo suyo: trabajar y ganar dinero. El egoísmo de esa mujer no tenía límites y su avaricia tampoco.

 

El rostro de mi padre se ensombrecía al contarlo.

 

- Sólo primaria. No hay plata para libros - había declarado Juana.

 

Transcurrió el tiempo y a sus veintidós años, Fausto se sentía perdido. Había pasado la adolescencia extrañando a su padre y vagaba por ahí, solitario.

 

- No podía conmigo mismo y el futuro me parecía demasiado oscuro, Gabita – exclamó triste. Su relato habló, entonces, de la frustración en cuanto al estudio. Por aquellos días, su maestro preferido le había hablado seriamente en sexto grado.

 

- Fausto, me imagino que vas a ser contador. Sos muy bueno en matemática. Pensalo -. Repitió con exactitud las palabras del docente.

 

Ni siquiera habló con su madre al respecto. Soñó con un lugar en la sociedad como profesional, pero no tuvo esperanzas debido a su precaria situación y sintió que el añorado progreso se le escapaba sin poder hacer nada al respecto. Al menos, nada que le hiciese subir los peldaños que se había propuesto ascender.

 

Sus ojos brillaron cuando me contó cómo entró a su primer trabajo, empleado en una tienda pequeña en el barrio de Once, junto a un conocido de Juana…

 

* Directora de Viví Libros

 

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